KORCYNSKI Y LA GWARDIA LUDOWA

En la muy católica Polonia no faltaron tampoco los fanáticos del comunismo, y eso a pesar de la invasión frustrada del país por parte del Ejército Rojo en 1920.
Así, tras la ilegalización definitiva de los comunistas polacos en 1929, muchos se fueron al exilio a la URSS donde, como era habitual en el inicuo régimen estalinista, millares de ellos pasaron de héroes a villanos en un santiamén, siendo ejecutados en la llamada “Operación Polaca” durante 1937-1938 a fin de purgar las filas comunistas del país vecino de elementos refractarios a las directrices de la Komintern.
Luego, tras el Pacto Ribbentropp-Molotov, la invasión conjunta germano-soviética de Polonia y la posterior ruptura de dicho pacto por Hitler, el NKVD soviético formará con lo que quedaba de dichos exiliados la Gwardia Ludowa, una especie de milicia partisana dependiente de Moscú que operaría contra los ocupantes alemanes, si bien la mayoría de los actos de sabotaje perpetrados por esta organización cuasi terrorista se dirigieron contra la otra guerrilla polaca antialemana: la Gwardia Krajowa, en este caso dirigida desde Londres.
Su principal comandante era un ex miembro de las hoy loadas Brigadas Internacionales que ya se había “distinguido” en nuestra Guerra Civil como hombre de absoluta confianza de Stalin en la purga de toda disidencia trotskista: hablamos de Grzegorz Korcynski (alias “Hiszpan”, “español”), un sujeto harto cruel según casi todos los que tuvieron la desgracia de cruzárselo en el camino.
De hecho, está absolutamente probado que él y los suyos asesinaron a centenares de judíos refugiados en los bosques polacos ante el incontenible avance de los soldados de la Wehrmacht, caso de la poco conocida matanza de Ludmilówka (a la sazón cometida con pistolas de fabricación alemana Walther, en una burda manera de “cargarle el muerto” al enemigo teutón).
Finalizada la contienda mundial y a pesar de los intentos de juzgarle, Korcynski supo colocarse, cómo no, dentro del aparato represivo del nuevo régimen comunista polaco erigido a imagen y semejanza del soviético, yéndose a la postre de rositas por sus innumerables fechorías (entre las que figuraban saqueos a poblaciones enteras y violaciones de mujeres) entre 1941-1945, fundamentalmente porque ya se encargó él de ir eliminando a aquéllos (incluso de entre sus propios secuaces) que pudieran haber sido testigos de las mismas.
Empero, el interfecto acabaría sus días suicidándose (según versión oficial) en la capital de Argelia, adonde le habían enviado con el cargo de embajador como “castigo” por la brutalidad de sus métodos en la represión de las manifestaciones antigubernamentales de entonces.
En la actualidad sus restos reposan en un importante cementerio militar de Varsovia, para más inri cerca de donde también se encuentran enterradas algunas de las muchas víctimas que jalonaron la sanguinaria trayectoria de tan infame matarife.
NO NOS ROBARÁN LA HISTORIA NI LA MEMORIA.
Cachús
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