LA BATALLA DE GEMBLOUX

En la zona norte de los Países Bajos había comenzado una rebelión de carácter religioso contra Felipe II, pero tras la muerte del gobernador Luis de Requesens, el 5 de marzo de 1576, se produjo una desobediencia general y el motín de las tropas.

El nuevo gobernador designado por Felipe II fue Don Juan de Austria. Al poco tiempo de su llegada, para recuperar la fidelidad de los nobles moderados y bajo las instrucciones del Rey de España, en abril de 1577, D. Juan retiró a los Tercios españoles destacados en Flandes y firmó el Edicto Perpetuo (documento que eliminaba la Inquisición y reconocía las libertades flamencas a cambio del reconocimiento de la soberanía de la Corona española y la restauración de la fe católica en el país).
Guillermo de Orange, alias “El Taciturno”, sin respetar lo pactado, comenzó a extender rumores y publicar pasquines en los que afirmaba que Don Juan no cumplía el Tratado, que iba a establecer la Inquisición, que las tropas españolas no se habían ido y permanecían escondidas en las cercanías de Flandes, etc., lo que predispuso a todas las provincias en contra de «los extranjeros».

Cuando los Tercios se fueron, el de Austria, viéndose solo y desprotegido y sabiendo que los Estados de Orange intentaban eliminarle, con una veintena de soldados abandonó Bruselas y se refugió por sorpresa en la fortaleza de Namur (capital de la región belga de Valonia), desde donde pidió sin éxito ayuda a Felipe II.

La marcha de sus queridos Tercios había descorazonado a Don Juan de Austria, que escribiría a su amigo Rodrigo de Mendoza: «Los españoles están marchándose y se llevan mi alma consigo, pues preferiría estar encantado de que esto no suceda. Ellos (la nobleza local) me tienen y me consideran una persona colérica y yo los aborrezco y los tengo por bravísimos bribones».

Después de suplicar nuevamente el envío de tropas, Felipe II autorizó, por fin, que los soldados volvieran a Flandes y ordenó al marqués de Ayamonte, gobernador de Milán, reunir al ejército español y enviarlo a los Países Bajos… y fue Alejandro Farnesio, el “Rayo de la Guerra”, el encargado de guiarles de regreso a Flandes.

Don Juan, sabedor de que por fin le enviaban a los Tercios, se dirigió por carta a cada uno de ellos así: «A los magníficos Señores, amados y amigos míos, los capitanes de la mi infantería que salió de los Estados de Flandes. […] A todos ruego vengáis con la menor ropa y bagaje que pudiereis, que llegados acá no os faltará de vuestros enemigos».

Los Estados de Orange, sabiendo que Don Juan había dirigido una carta a los soldados españoles que se fueron a Italia pidiéndoles que regresaran para seguir luchando, lo declararon enemigo de la patria.

Los españoles estaban indignados porque se les había hecho salir como criminales de Flandes, en el vano intento del Rey Felipe II de pacificar los ánimos, por lo que a la llamada de D. Juan de Austria, el héroe, volaron en su ayuda… Los Tercios recorrieron el conocido como “Camino español” en poco más de un mes, el Tercio de Lope de Figueroa dejó instaurado un record de velocidad, al recorrer los 1.000 Km en 30 días.
La celeridad para acudir en ayuda de Don Juan de Austria, quedó empañada por la muerte de un monumento del ejército español: el maestre de campo Julián Romero, que falleció de repente cerca de la ciudad de Cremona (tenía 59 años, llevaba combatiendo desde los 16 años y le faltaban un brazo, un ojo y una pierna).

El 25 de enero 1578 Don Juan lanzaba, desde Namur, en un intento de evitar la contienda, una proclama diciendo que él y sus tropas no estaban en los Países Bajos para dominarlos sino para protegerlos, restablecer la autoridad real y la religión católica… pero, De Goignie al mando de 25.000 hombres había ya abandonado Bruselas con intención de apoderarse de Namur.
D. Juan contaba solo con 17.000 hombres, pero a su frente estaban algunos de los generales más temidos de Europa: Alejandro Farnesio (Duque de Parma), Cristóbal de Mondragón, Fernando de Toledo (hijo ilegítimo del Gran Duque de Alba), Mansfeld, Martinengo, Bernardino de Mendoza (que sería nombrado posteriormente embajador en Inglaterra), Octavio Gonzaga, Juan Bautista de Monte y Enrique Vienni, entre otros.

En Namur comienza la reconquista de Flandes. Allí tuvo lugar la batalla, el 31 de enero de 1578.

La noche previa al combate, Don Juan de Austria añadió al estandarte real que portó en la batalla de Lepanto, la frase: «Con esta señal vencí a los turcos, con esta venceré a los herejes».

El ejército de los Estados era vulnerable por su retaguardia y Don Juan empleó la caballería, para fijarles, sin esperar a que la infantería llegara, atacando por los costados.
La confrontación comenzó con una refriega encabezada por Octavio Gonzaga, a la cabeza de 2.000 soldados con el fin de entretener al grueso del ejército enemigo, pero yendo más lejos de sus instrucciones, las tropas de Gonzaga empezaron a hacer retroceder la línea enemiga.
Temiéndose que el enemigo se abalanzara de golpe como respuesta, Don Juan de Austria ordenó al capitán Perote, cuya compañía se situaba en la vanguardia y seguía avanzando, que retrocediera. Indignado, pues pensó que le trataban por un cobarde, Perote contestó, sin retroceder un palmo, «que él nunca había vuelto las espaldas al enemigo, y aunque quisiera no podía».

Alejandro Farnesio advirtió que las tropas enemigas flaqueaban ya en las primeras escaramuzas y, aunque Don Juan de Austria le había pedido que no se alejara de su lado, arrebatándole a un paje de lanza la que llevaba, montó en el primer caballo que encontró libre para dirigir en persona una carga de caballería, diciendo: «Id a Juan de Austria y decidle que Alejandro, acordándose del antiguo romano, se arroja en un hoyo para sacar de él, con el favor de Dios y con la fortuna de la Casa de Austria, una cierta y grande victoria hoy», y se lanzó a atacar a la caballería enemiga, arriesgando su vida, pues no era costumbre que se expusieran al combate directo los generales en enfrentamientos de miles de hombres, donde acciones de ese tipo podían dejar descabezado al Ejército. Don Juan le reprende: «No os he traído para que muráis como soldado sino para que me auxiliéis como general», (aunque, según el relato de Alonso Vázquez, el mismo Juan de Austria comenta que comprende que un caballero de su edad no podía haber hecho otra cosa), Farnesio replicó al de Austria que «él había pensado que no podía llenar el cargo de capitán quien valerosamente no hubiera hecho primero el oficio de soldado» (un incidente que, sin embargo, no afectó a la amistad entre ambos, quienes enviaron a Felipe II, al acabar la batalla, dos cartas por separado atribuyéndole enteramente la victoria el uno al otro).

Tras la brillante acometida, el enemigo quedó maltrecho y desarticulado en ese primer choque y la caballería continuó sus enérgicas cargas cada vez más cerca de Gembloux (Bélgica) a medida que el enemigo seguía replegándose.

Entretanto apareció la infantería española… a paso largo, llega, se arrodilla, reza a la Virgen Santísima, se levanta y al grito de “¡Santiago y Cierra España!”, cierra sobre el centro del enemigo y lo destroza, lanzándose a la lucha “con tal empeño que acabaron de desbaratar al enemigo que solo pensaba en huir”.

En poco tiempo aniquilaron a más de 9.000 soldados, tomando 4 estandartes, 34 banderas y todo el bagaje. La caballería enemiga se desmoronó rápidamente y en su huida chocó y desorganizó a su propia infantería, que permanecía encajonada a su espalda. En una hora y media el ejército de los Estados Generales fue completamente aniquilado. Los rebeldes corrieron hasta las puertas de Gembloux. Sólo se salvaron los que consiguieron esconderse en la ciudad o los que huían.

El ejército de los Países Bajos fue completamente aniquilado, tuvo 10.000 bajas entre muertos, heridos y capturados, el ejército español 20 bajas entre muertos y heridos… “pues rara vez sucedió que tan pocos, y a tan poca costa, en tan breve tiempo derramasen tanta sangre y diesen fin a la batalla”.

ROSA M. CASTRO

 

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