LA “BATALLA DEL BATÁN”

A finales del siglo XVI los Países Bajos se habían sublevado contra España y el ataque naval a Gran Canaria, era clave en los planes de Holanda de cara a sus futuros establecimientos en las Indias Occidentales y Orientales. Gran Canaria podía ser el punto de apoyo transcendental para garantizar la travesía a ambos continentes.Antes de llegar a la isla canaria, la escuadra holandesa hizo una primera escala en Plymouth y dos frustrados amagos de ataque a La Coruña y Sanlúcar de Barrameda.

El esquema de ATAQUE de Van der Does tenía 4 objetivos básicos: Apoderarse de la ciudad de Las Palmas como represalia a los supuestos abusos y daños provocados por las autoridades españolas en los Países Bajos; exigir un importante rescate a cambio de liberar a la población del saqueo y la destrucción; apresar a las autoridades y organismos de la isla para asegurar el dominio político de Gran Canaria y, después utilizar este territorio como plataforma para extender la soberanía holandesa sobre todo el Archipiélago.

El plan de DEFENSA del Gobernador y Capitán General de la isla, Alonso de Alvarado, consistía en evitar el desembarco a toda costa; vigilar los flancos para evitar el cerco, y si esto no daba frutos, resistir en la línea defensiva de la muralla hasta “la extenuación”. Las fortificaciones, como la muralla que la rodeaba o el Castillo de Las Isletas, eran escasamente válidas y Alvarado conocía bien la situación de las fortalezas de la ciudad, que defendió con su vida.
La población de la ciudad de Las Palmas era de apenas 5.000 habitantes y toda la isla no superaba los 15.000. La defensa de la isla contaba con los tercios de milicias de Canarias, creados veinte años antes por el rey Felipe II.

Al amanecer del 26 de junio de 1599, la armada holandesa del almirante Pieter van der Does con 74 embarcaciones y 12.000 hombres lograron poner pie en la bahía del puerto de las Isletas (hoy llamado de Las Palmas o La Luz), en lo que pretendía ser el principio de la invasión de la isla de Gran Canaria y, a partir de ella, de las 6 islas restantes.

A las 9 de la mañana se inició la batalla artillera con un intenso bombardeo al Castillo principal y a los navíos de la flota. Dos horas de lluvia de balas que se saldaron con numerosos destrozos en los barcos.
En el primer ataque, Van der Does vio frustrados sus intentos de entrar por La Isleta y Las Alcaravaneras. El gran espíritu combativo de la defensa isleña bajo las órdenes del Capitán General Alonso Alvarado evitó hasta en 4 ocasiones que la escuadra enemiga tomase su objetivo, pero finalmente la inferioridad numérica y de armamento de los canarios no pudo evitar que en un quinto intento los hombres de Van der Does alcanzaran tierra en la Isla.

Después de reiterados intentos y reñidos combates contra las fuerzas holandesas, el desembarco comenzó cuando el Almirante dirigió sus cañones a tierra. Perdieron la vida 1.000 soldados, hubo cerca de un centenar de bajas españolas y el Gobernador Alvarado resultó herido de muerte (fallecería el 20 de agosto), quedando al mando Antonio de Pamochamoso.

Desembarcada la infantería de marina holandesa, se inició el asedio, con el teniente Pamochamoso como nuevo gobernador. El capitán Ciprián de Torres se enfrentó al almirante holandés, al que hirió, y gracias a ello ralentizó la invasión.
Durante varios días los grancanarios, muy inferiores en número y en su mayoría civiles, lucharon desde las murallas hasta que consiguieron que los holandeses se retiraran a posiciones más seguras.

Sin embargo, al día siguiente del desembarco, en medio del desconcierto que produjo la invasión, Van der Does optó por enviar cartas a los gobernantes de la isla por medio de un correo con bandera blanca. Su objetivo principal era obtener los 400.000 ducados de oro que exigió a cambio de acabar con la contienda, pero los isleños se negaron, pidió además un pago anual de 10.000 ducados en reconocimiento a la soberanía, “mientras los dichos señores Estados poseyeran las otras seis islas de Canaria o cualquiera de ellas”. No hubo respuesta. Finalmente, recibió esta contestación: “Que hiciere lo que quisiere, que la gente de la isla se defendería”.
El almirante quedó sorprendido por la decisión de los canarios, que rehuían el diálogo con el invasor. No acertaba a comprender la eficacia del sistema de guerra empleado por los nativos, daba gritos de indignación y exigía a sus subordinados la captura de parlamentarios.

Tras varias escaramuzas frustradas en distintas áreas de la ciudad, las autoridades españolas ordenaron la evacuación inmediata. Con Las Palmas tomada y en estado de saqueo, tras la muerte del capitán Cipriano de Torres por disparos de los holandeses, el obispo organizó la evacuación de ancianos, mujeres y niños hacia la Villa de Santa Brígida, en el interior de la isla, llevándose consigo, a lomos de camellos, los archivos y los objetos de más valor. Hasta allí también se replegaron las autoridades.
Tal es así, que cuando Van der Does logró adentrarse en la capital por el fuerte de Santa Ana, encontró una ciudad fantasma.

En Santa Brígida, que durante 9 días fue capital de la Isla y de Canarias, se organizó la defensa, en la que participaron los militares supervivientes y milicianos civiles llegados de toda la isla, aunque entre todos apenas llegaban a los 1.000 efectivos, con Antonio Pamochamoso al mando.

Van der Does, consciente del intrincado y desconocido terreno que iba a pisar, en la mañana del 3 de julio mandó una columna de soldados a arrasar Santa Brígida, dada la resistencia a negociar el rescate. Suponía, además, que habían trasladado y escondido allí las riquezas de Las Palmas.
Cuando se internaron en el frondoso bosque de Monte Lentiscal, a las puertas de Santa Brígida, una pequeña guerrilla isleña, formada en su mayoría por milicianos canarios, les tendieron una emboscada y cayeron sobre la compañía holandesa bajando por peñas y riscos, cortando en seco su avance en el cerrillo del Batán. El conocimiento de los terrenos de la zona del Batán jugó a favor de los isleños, que consiguieron batir en retirada a los holandeses, entre los que cundió el pánico. Los que quedaron vivos se replegaron y huyeron hacia la costa, “la retirada de los holandeses sin orden ni concierto, tuvo como precio un reguero de muertos”.
En ese enfrentamiento armado, el 3 de julio de 1599, y en el lugar que hoy se conoce como la Cruz del Inglés, murieron decenas de milicianos grancanarios y se cree que más de 1.000 soldados holandeses. Otros quedaron malheridos y fallecieron en las semanas siguientes, entre ellos el propio Van der Does.

En su huida los holandeses arrasaron con todo, esa misma tarde los piratas saquearon la Catedral de Santa Ana, el Cabildo, el Palacio Episcopal, y se llevaron 32 cañones, 17 del Castillo de La Luz.
Van der Does ordenó la salida de Las Palmas, no sin antes prender fuego a conventos, hospitales, ermitas, iglesias, edificios públicos, casas nobles de la ciudad, la fortaleza de La Luz, perdiéndose numerosas obras de arte, entre ellas los retablos, altares e imaginería de la Catedral. Sin embargo, no se pudo destruir el templo catedralicio gracias a la solidez de su construcción. Fue la mayor invasión en la historia de la ciudad… y el 4 de julio los holandeses regresaron a sus navíos entre columnas de humo (la reconstrucción de la ciudad costó 30 años).

La escuadra holandesa fue derrotada en la conocida como “Batalla del Batán”. La ciudad desierta había sido decisiva para la liberación de Las Palmas, esta fue “la victoria vencida”, en palabras del poeta Cairasco.
El extremeño Alonso Alvarado, gobernador militar de la época, junto a su fiel ayudante el teniente Antonio Pamochamoso, repelió hábilmente el ataque pirata de los holandeses, probablemente el más potente y trascendental que ha padecido Canarias en su historia, muy superior a los desencadenados por Drake o Nelson, y gracias a su espíritu combativo, los grancanarios consiguieron escapar de la potente flota holandesa, que con 74 navíos, 4.000 marinos y 8.000 soldados creyeron en una conquista rápida tras la victoria en la capital y la toma del Castillo de Luz.

Desde entonces, en el escudo de Santa Brígida reza la leyenda: “Por España y por la fe, vencimos al holandés”.

ROSA M. CASTRO

 

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