LA BATALLA DE NUESTRO TIEMPO

La batalla de nuestro tiempo ya no es -nunca lo fue- una pugna entre izquierdas y derechas. Ese es un enfrentamiento tan artificial como el resto de conflictos inventados en laboratorios de ingeniería social con olor a logia, a sinagoga y a consejo de administración.
En la charlotada siniestra que llaman actualidad política, el discurso de los mercachifles de la derecha -incluso de la más patriotera- es frecuentemente intercambiable con el de los mercachifles de la izquierda -incluso de la más demagógica-.

Ambos rezuman la misma mojigatería hipócrita, el mismo lenguaje pusilánime y eufemístico, el mismo calculado histrionismo. Ambos fingen escándalo ante anecdóticas mezquindades mientras callan ante las grandes vilezas que componen la farsa que les da de comer.
Ambos asumen el dogma inquisitorial que identifica como anatemas imperdonables -sinónimos del mal absoluto- las palabras-tabú (machista, racista, nazi, hetero…) que les sirven para descalificar a cualquiera que cuestione sus tópicos, sus mantras y sus embustes.
Ambos obedecen al mismo amo y representan obedientemente sus papeles (poli bueno, poli malo, poli hijoputa…) para distraer a la masa de esclavos felices que votan, consumen, trabajan y pagan impuestos.
Que votan las listas de desconocidos parásitos que aposentarán su inutilidad en escaños y poltronas.
Que consumen banalidad, vulgaridad y vanidades inútiles.
Que trabajan en cada vez más precarias condiciones, encadenados por el miedo.
Que pagan impuestos rapaces para alimentar el monipodio parlamentario.

La verdadera batalla de nuestro tiempo no es ese teatrillo bufo de los partidos políticos ni la pantomima fofa que disputa mezquinos repartos de escaños e influencias.
En la batalla de nuestro tiempo se dirimen cosas más serias. La Patria. La Dignidad. La Libertad.
Y sólo hay dos bandos.
El de los que defienden el modelo gregario, multicultural y alienante del globalismo y la sumisión al capital financiero. Ese modelo neoliberal de grandes masas de mestizos sin identidad, sin Patria ni raíces, trabajando para unos pocos millonarios. Ese modelo que se alimenta de inmigración masiva y de aberraciones conceptuales (feminismo, ideología de género, aborto…) para destruir cualquier arraigo familiar y social. El modelo que destruye los negocios familiares en beneficio de las multinacionales. El modelo que, desde Bilderbergs y Trilaterales, aspira a convertirnos en un gris y sumiso rebaño de afeminados pacifistas y de marimachos hirsutas.
Y, enfrente, está el otro bando. El bando de los malditos. El de los que no renunciamos a nuestra identidad, a nuestra Patria y a nuestra Raza. El de los que nos resistimos a emplear neolenguas blandengues y absurdas. El de los que estamos más cómodos empuñando un fusil que una estilográfica. El de los que nos reímos de los escandalizados y farisaicos mohínes de los políticamente cabestros ante nuestras banderas, estandartes y canciones. El de los que creemos que el trabajo no debe ser una esclavitud para que se forren unos cuantos con el esfuerzo de los demás, sino una comunión de esfuerzo y dignidad al servicio de una comunidad justa y alegre con un destino común.

Porque eso es el Estado Nacional.
En la batalla de nuestro tiempo no hay lugar para la neutralidad.
Si hoy no luchas, mañana no llores.

J.L. ANTONAYA

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