LA BERREA DEMOCRÁTICA

 

El período electoral es para los políticos lo que la época de celo para otros animales. De igual forma que la habitual parsimonia de las grandes manadas de rumiantes se ve de pronto alterada por la hiperactividad agresiva de los machos, ansiosos por llamar la atención del rebaño de hembras, los políticos tienden a exacerbar su habitual falta de pudor y a desarrollar toda suerte de comportamientos llamativos y extravagantes para captar la atención del rebaño de votantes.  Esto, aunque grotesco, puede resultar chusco y entretenido, aunque la mayoría de las veces no pasa de bochornoso y produce en el observador un sentimiento de vergüenza ajena.
Sobre todo cuando, como en el caso de las municipales, vota también la abigarrada comunidad inmigrante que, como es sabido, nos enriquece con su diversidad y sus exóticas costumbres.

Igual que los grandes depredadores adaptan su comportamiento a la naturaleza de sus presas, ese superdepredador que es el político en campaña, adapta sus técnicas electorales para conseguir el voto de esta fauna multiforme.
Básicamente, la técnica de caza en este ecosistema consiste en el tradicional timo de la promesa, reforzado con una dosis extra de lameculismo multicultural.

Así, si lo que se pretende es el voto panchito, no es raro ver al candidato de turno disfrazado con poncho y gorrito andino visitando un locutorio y prometiendo aún más subvenciones para el colectivo payoponi. Esperanza Aguirre es una de las pioneras en esta técnica que podría denominarse mamipanchita y que, en general, suele dar buenos resultados: Los destinatarios de la representación le ríen educadamente la gracia al político de turno y la foto suele quedar muy vistosa.
Aunque luego no le voten, no importa demasiado, ya que el objetivo no es tanto el voto del inmigrante como el del papanatas progre y canónicamente endófobo que sabrá apreciar el bonito gesto del candidato en favor de la multiculturalidad.

Algo más complicada es la búsqueda del voto sarraceno. Las peculiares modas y usos en la vestimenta de este colectivo hace que resulte algo peliaguda la tarea de ataviarse a la usanza moruna sin provocar el general pitorreo incluso en las filas propias. Además, algunas prendas habituales en la morisma dificultarían seriamente la identificación del candidato y, sobre todo, de las candidatas. Si, por ejemplo, Rita Barberá decidiese comparecer ante la comunidad musulmana ataviada con burka para subrayar su amistad con la morería, siempre quedaría en el ambiente la duda de si efectivamente se trataba de la candidata pepera o si, por el contrario, era Falete de incógnito.
A pesar de esto, ya hay algún candidato, como Carmona el del Pesoe, que no ha dudado en descalzarse en la Mezquita de Madrid y hacer los consabidos alardes de sumisión ante los tolerantes agarenos. Claro que, quizá por su bisoñez en los usos lameculistas, no ha estado demasiado fino porque, a la hora de prometer cosas a los discípulos de Mahoma no se le ha ocurrido nada mejor que compromerse a construirles un cementerio, lo que ha podido ser interpretado por algunos imanes especialmente susceptibles como una indirecta de muy mal gusto.
Imaginamos que sus asesores le han alertado sobre este desliz y han revisado sus discursos para que, cuando tenga que visitar Chueca para dirigirse a la ejemplar comunidad monflorita, no les brinde la gracieta de mandarlos a tomar por culo, por muy atractivo que pudiera parecer este destino a los votantes arcoiris.

J.L. Antonaya

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