LA BRECHA Y LA ESTAFA

 

Una de las consecuencias más evidentes del liberalismo económico es la brecha creciente entre pobres y ricos. Al desaparecer o minimizarse la mediación del Estado en la economía, las relaciones económicas se convierten en una ley de la selva en la que los peces grandes se comen a los chicos, las multinacionales se comen al pequeño negocio familiar y los derechos sociales desaparecen por arte del birlibirloque leguleyo. Esto no por archisabido es menos grave.
Pero, aunque sea la más evidente, no es ésta la peor brecha de la tramoya capitalista.

Como sabe cualquier trilero, ilusionista, timador o político profesional, para que una estafa funcione hacen falta básicamente dos ingredientes: una puesta en escena creíble por parte del timador y un egoísmo estúpido por parte de la víctima.
Cualquier timo -sea el de la estampita, el del tocomocho o el del libre mercado- se basa en la expectativa de un lucro inesperado a costa de un presunto imbécil.

El “listo” que compra el sobre con estampitas al falso tontito, el “avispado” que adquiere el billete de lotería ful, o el “emprendedor” que abusa de su empleado con salarios de miseria, contratos en prácticas, falsos autónomos y demás argucias, responden al mismo tipo humano. Y todos sufren parecidas decepciones.
Cuando el “listo” abre el sobre lleno de recortes de periódico; cuando el “avispado”comprueba la falsedad del billete de lotería o cuando el “emprendedor” ve que, a pesar de su racanería, su negocio no puede competir con el entramado chino o la gran superficie multinacional, ya es demasiado tarde.
Y es que el otro ingrediente de la estafa, la puesta en escena, es cada vez más creíble. Y no porque esté especialmente bien elaborada, sino porque el nivel de credulidad de los “primos” es cada vez mayor.
Porque la auténtica brecha es la que se agranda entre unos tontos cada vez más tontos y unos listos cada vez más sinvergüenzas.

Los timadores han ido modificando sus historias y le han ido cambiando el disfraz al gancho. El tontito de la estampita ya no babea, el paleto del tocomocho ya no lleva boina y el empleado explotado ya no se queja.
Una propaganda omnipresente en medios de difusión, espectáculos y planes de estudio, hace que esté más preocupado por el calentamiento global, el orgullo de los monfloritas o el lenguaje machista que por su derecho a un empleo digno.
Incluso, en la mejor tradición orwelliana, defiende fenómenos como la inmigración masiva, la libertad de horarios o la subvención a los foráneos que contribuyen a precarizar aún más sus condiciones laborales.

Porque, a diferencia de los ganchos de las otras estafas, en la del libre mercado, el trabajador es tan víctima como el empresario y además, sale mucho peor parado que éste.
Ambos, empleado y empresario sufren al peor de los trileros: el que, sin arriesgar, dicta las reglas del juego y alquila el tablero.

El usurero que ha hecho creer al mundo que su estafa es un negocio como cualquier otro.

J.L. Antonaya

 

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