LA CAMISETA

En ese momento indefinido de la transición entre el sueño y la vigilia, cuando uno no está ni dormido ni despierto, tienen lugar a veces alucinaciones o ensoñaciones lúcidas que nos confunden y aturden. En estos casos, no distinguimos entre esas visiones y la realidad, con el sobresalto y susto consecuentes.

Algo así me ha pasado hace poco. Me quedé dormido mientras leía en mi tablet las noticias más comentadas. Nunca lo hiciera. El maremágnum de Facebook, con sus trillones de frases ñoñas de Paulo Coelho, fotos de gatitos, chistes viejos, tópicos cursis y vídeos presuntamente cómicos, giraba ante mis ojos aturdiéndome con sus imágenes estridentes, sus peticiones de compartir en ese espanglis que tanto gusta a los panchitos (“dale a like si estás de acuerdo”) y sus comentarios sobre falsas noticias de hace siete años.

En este caleidoscopio enloquecido destacaba una fotografía que se repetía en muros y páginas de toda índole. Era la de un joven futbolista de un equipo de tercera división en su presentación ante los periodistas.
Me di cuenta de que la omnipresencia de la foto no obedecía a razones deportivas sino al retrato que adornaba su camiseta.
Bajo una gran estrella roja, la cara porcina del Che Guevara destacaba entre los flashes y los focos de las cámaras. Miles de comentarios expresaban su indignación ante el hecho de que se mostrase tan desvergonzadamente la efigie de un asesino así.
Eran innumerables las muestras de indignación. Cientos de mensajes recordaban los asesinatos que el mercenario argentino cometió en La Cabaña durante la revolución castrista. Se sucedían las peticiones de firmas contra el fichaje del desvergonzado futbolista o pidiendo que se expulsase de la Liga de Fútbol al modesto club que lo fichaba.
Había numerosos enlaces a los editoriales de los periódicos más importantes que hablaban sobre los millones de inocentes asesinados por el comunismo a lo largo de la Historia, sobre la sanguinaria biografía del sicópata de la barba y sobre su correspondencia privada reconociendo que le gustaba asesinar.

Todos los medios coincidían en lo insólito de que se utilizase la cara de un personaje tan siniestro para adornar camisetas y eran numerosas las reflexiones sobre la salud moral de una sociedad que convertía en icono de la modernidad el rostro de un notorio criminal. Esteban Ibarra y el Fiscal General del Estado se habían reunido con urgencia para valorar la posible imputación del futbolista por un delito de apología del odio.

Al final, el futbolista, para evitar su expulsión del territorio nacional como persona non grata, había pedido públicas disculpas diciendo que ignoraba quién era el Che Guevara y que la camiseta se la había comprado en un mercadillo pensando que era un retrato de Camarón de la Isla. Esto había calmado algo a los medios, aunque muchos tertulianos, todólogos y líderes de opinión, exigían que la Administración tomase medidas para evitar que se pudiera repetir un hecho tan bochornoso.

Entonces me desperté y comprobé con alivio que todo había sido una pesadilla. Por un momento llegué a creer que vivía en una sociedad fanatizada y borreguil.

J.L. Antonaya

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