LA CONQUISTA ANGLOSAJONA EN AMÉRICA DEL NORTE Y OCEANÍA: CRÓNICA DE UN GENOCIDIO

Los conquistadores anglosajones hicieron realidad eso que siglos más tarde no pudieron muchos tachados de genocidas, exterminar razas enteras.

Si en el siglo XVI los grabados de Theodore de Bry sirvieron para condenar como criminales de guerra a los descubridores y conquistadores españoles, en el siglo XX una nueva técnica de comunicación, el cine, sirvió para darles el título de héroes a los anglosajones que exterminaron a las poblaciones indias de América del Norte.

Cualquier paralelismo que se proponga, o cualquier alusión al recurso fácil de que “todos fueron iguales” no es más que un prejuicio que se encuentra completamente al margen de lo que fue la verdad.

Los conquistadores anglosajones lucharon con una ventaja de 2 a 1 para ocupar América del Norte en 200 años. Los conquistadores españoles sometieron el triple de territorio en cuatro veces menos de tiempo y con una inferioridad numérica de 300 a 1, lo que hubiera hecho imposible la conquista de no ser por las alianzas de los españoles con los pueblos indígenas que eran oprimidos, esclavizados e incluso utilizados como comida por Aztecas, Incas, etc.

Los conquistadores anglosajones no crearon nada, simplemente aniquilaron a los indios y sus culturas, para más tarde recuperar sus territorios, a los cuales trasladaron sus formas europeas de vida. Los conquistadores españoles crearon un nuevo mundo mediante la fusión de las culturas europea e indígenas, algo que no se producía (ni se ha vuelto a producir) desde los tiempos del Imperio romano. Los conquistadores anglosajones usaron sus armas para destruir una forma de vida. Los conquistadores españoles no necesitaron armas para crear una nueva cultura.

Los únicos indios en territorio de los actuales EEUU que no han sido exterminados ni deportados y que incluso conservan sus mismas tierras desde hace miles de años son los indios pueblas. La razón de este milagro se encuentra en que sus tierras están en Nuevo México, que fue territorio de la Monarquía española, y por tanto estos indios y sus propiedades estuvieron protegidos por las Leyes de Indias que promulgaron los reyes de España. Cuando Nuevo México pasó a formar parte de los EEUU, se hizo con la condición de respetar necesariamente los derechos y libertades de sus habitantes. No es de extrañar que los indios pueblas, en pleno siglo XXI, gusten de lucir en sus fiestas populares la bandera española, y hasta que presuman de pertenecer al linaje de nuestro pueblo.

Las diferencias abismales que hubo entre los conquistadores españoles y sus colegas anglosajones no fueron diferencias causales, o meramente circunstanciales. La diferencia entre las conquistas llevadas a cabo por España y las de Inglaterra son conceptuales, ya que aunque ambos fueron imperios conquistadores, las intenciones que llevaron cada uno marcaron los modos y usos de la misma.

Mientras que los españoles buscaban la expansión de unos principios religiosos y culturales, los anglosajones se centraron en la consecución de sus proyectos mercantiles, en los cuales quedaron reflejados los principios filosóficos y teológicos del protestantismo, sobre todo en su versión puritana. La colonización anglosajona, formada para expatriados protestantes que no eran tolerados por los anglicanos en Gran Bretaña, no pretendió formar una cultura mixta en América. Estos colonos del norte trajeron sus costumbres y sus mujeres, por lo que marcaron sus posesiones para diferenciarlas de las de los nativos, a quienes luego expulsarían de sus territorios. Por el contrario, los españoles no formaron una sociedad diferenciada por la raza, puesto que desde España apenas viajaban mujeres hacia América en los primeros tiempos. Por eso, desde un primer momento, los españoles se unieron a las indias (después de bautizarlas) y engendraron un mueblo mestizo.

Para los colonos protestantes, los indios no eran unas almas esperando recibir la Fe, sino unos ingratos pecadores que no habían sabido rentabilizar las tierras y talentos que Dios les había dado. Así Dios, dolorido por tan ingrata actitud, había decidido readjudicarlas a sus fieles hijos anglosajones. En esta línea de pensamiento el mismo Theodore Roosevelt afirmaba: “Si se hubieran dejado a los indios, por humanitarismo, sus terrenos de caza, ello hubiera significado abandonar amplios contingentes de tierras a disposición de los salvajes; cosa inconcebible. No quedaba otra alternativa; había que desplazarlos…” Por su parte, Sheridan se ahorró tantas explicaciones y lacónicamente sentenció: “Los únicos indios buenos son los que están muertos.”

Estas creencias se vieron más tarde reforzadas con las teorías científicas de Darwin. En todo el reino animal existían especies superiores y otras inferiores, estando las primeras destinadas por la ley natural a dominar sobre las segundas, y teniendo en cuenta que la ley natural la había creado Dios. Ello equivalía a afirmar que los WASP tenían la divina responsabilizar de gobernar sobre especies inferiores y paganas. Estas creencias son la única razón por la que hasta mediados del siglo XX no les han sido reconocidos los derechos civiles a los indígenas de las antiguas colonias anglosajonas de América, Sudáfrica, Australia, etc., e incluso hoy día se les sigue sin reconocer el derecho a sus antiguas propiedades.

Los conquistadores anglosajones consiguieron hacer realidad lo que siglos más tarde cínicamente le achacaron a Adolf Hitler: exterminar razas enteras, como ocurrió con los indios de América del Norte, o con los de Oceanía, caso este último, bastante más desconocido.

En Australia había una población de unos 3 millones de indígenas, cuando llegaron los primeros ingleses con James Cook. Un siglo después, su población apenas llegaba a los 60.000. El asesinato del aborigen se convirtió en un deporte de cacería que se podía practicar con fusil, con espada y al galope, o bien abriendo cráneos a golpe de estribo. Estos crímenes no deben entenderse como algo exclusivo de un pasado lejano, pues hasta 1960 en diversos territorios del continente de Oceanía era legal y estaba bien visto apartar de sus padres a los niños indígenas para llevarlos a trabajar en tareas domésticas, si eran hembras, o dedicarlos a las labores del campo, si eran varones. Sólo en Australia, en la primera mitad del siglo XX, unos 150.000 niños indígenas “tuvieron la suerte de ser trasladados de la barbarie a la cultura”, y según justificaba un político anglosajón, porque “los aborígenes no tienes sentimientos como nosotros. Aunque hacen aspavientos, gritan y lloran, cuando nos llevamos a los niños, enseguida se olvidan y hacen una vida normal”.

Capítulo aparte merece la llamada “Guerra Negra” de Tasmania, la cual no alude a ninguna guerra, sino a la agresión cometida en Tasmania desde comienzos del siglo XIX por los invasores británicos para adueñarse del territorio de los nativos. Este genocidio fue promovido y recompensado económicamente por el gobierno de Su Graciosa Majestad. Ya en 1772, con el arribo de los primeros colonos ingleses, los tasmanos fueron perseguidos, convertidos en esclavos, tomados como fuente de placer sexual, torturados, mutilados y cazados a cambio de una recompensa otorgada por el gobierno británico. Los hombres eran asesinados; a las mujeres se las dejaba marchar con las cabezas de sus esposos atadas alrededor del cuello. Los hombres que no morían de esa manera eran castrados, los niños morían golpeados y apaleados. En 1803, cuando los colonos británicos fundan una colonia penal en la isla, el genocidio se recrudece. Para muestra, en diciembre de 1826 aparece en el diario Colonial Times un artículo intitulado “Tasmanian advertiser” donde se leía: “Lo decimos inequivocadamente LA DEFENSA PROPIA ES LA PRIMERA LEY DE LA NATURALEZA. EL GOBIERNO TIENE QUE RETIRAR A LOS NATIVOS — SI NO, ¡SERÁN CAZADOS COMO ANIMALES SALVAJES Y DESTRUIDOS!”.

En 1830, el Gobernador Arthur convocó a todos los “colonos” adultos y capaces, convictos o libres, para que formaran una cadena humana -que posteriormente se la conoció como la “línea negra”- para batir la isla. Al igual que en una partida de caza, los colonos registraron cada palmo de terreno dirigiéndose al sur y hacia el este durante varias semanas, intentando acorralar a los aborígenes en la península de Tasman, cerrando Eaglehawk Neck, el istmo que conectaba dicha península con el resto de la isla. Se pretendía con ello que los tasmanos permanecieran separados de los colonos. Con estas medidas su número se había reducido de unos 5.000 a tan sólo 220. Los sobrevivientes a este exterminio, fueron instalados por los invasores ingleses, a viva fuerza, en las islas del Estrecho de Basss, a un campamento de la isla Flinders. En el año 1847 los últimos 47 sobrevivientes de Wybalenna fueron trasladados a Oyster Cove, al sur de Hobart, en el sur-ese de la isla de Tasmania. El último sobreviviente nativo de este exterminio fue una mujer: se llamaba Truganini o Trugernanner, y murió en 1876. Entonces el genocidio, como señala John N. Gray, se dio por concluido.

El gobierno inglés jamás ha pedido perdón por este criminal proceder. En cuanto a los invasores ingleses, no solamente nunca fueron castigados por sus fechorías sino que se establecieron, hasta hoy, como dueños absolutos del territorio usurpado a sus víctimas tanto en América del Norte como en Oceanía.

Asimismo, la Organización de las Naciones Unidas sigue mostrándose indiferente ante este genocidio histórico.

Fraternalmente en Cristo desde Misiones,

Fernando Javier Liébanes

 

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