LA CONSTITUCIÓN Y OTRAS MALAS HIERBAS

Alfonso Guerra, tras beberse 5.000 litros de Jerez, pronunció la frase cumbre de su ideología:
“Lo más repugnante que se puede hacer en política es romper una Constitución”

Corromperse o endeudarse, hacer el vago y despilfarrar, mentir o fumarse un porro para gestar alguna ley inútil, todo eso son nimiedades. Lo importante es no romper una Constitución.
Lo curioso no es que eso lo declare un Alfonso Guerra, en plena orgía etílica, sino que lo mismo lo están planteando fachosos y derechistas sobrios.
Debido al ‘separatismo’ ha aparecido una afición desmesurada y un cariño bien poco merecido por ese papel escatológico llamado Constitución de 1978.
Todos gritan que tal cosa es ‘anti Constitucional’ como si eso fuera algo pecaminoso en sí mismo. E incluso algún vendido ha llegado a recordar que esa Constitución avala al Rey como ‘garante de la unidad de España’, como si la unidad de España dependiera realmente de ese ‘Borbón’.

La Constitución no es más que el reflejo en papel de la hipocresía del sistema capitalista-progresista establecido en toda Europa, es su concreción en España. Es pues una herramienta jurídica de defensa del Sistema, no un Evangelio ni nada respetable.
Si alguien lee la Constitución de la URSS bajo Stalin verá que todo es una maravilla de derechos y de libertades, de igualdades y felicidad.
Por supuesto la democracia sigue su camino de hipocresía al redactar ese documento, asegurando todo tipo de felicidad y de derechos, que luego, si se lee con cuidado, resulta que, o bien son solo declaraciones de intenciones sin valor ejecutivo alguno, o bien están matizadas por ‘la ley’ que limitará convenientemente esos derechos.
Además nos regala una monarquía lamentable y una sistemas de autonomías de lo más infame, al sustituir la realidad de las identidades de los pueblos que realmente constituyen España por unas descentralizaciones administrativas masivas basadas en ‘café para todos’, cuya primera misión es dividir al pueblo castellano, y complicar absolutamente todo.
Por supuesto la Constitución podemos ‘usarla’ como herramienta si nos favorece en algún punto, de la misma forma que la nitroglicerina se puede usar en casos de problemas de corazón, aunque sea un explosivo peligrosísimo.

Como la democracia quiere ocultar sus verdaderas intenciones con un dechado de palabrería liberal, a veces es posible librarse de alguna condena o persecución gracias a algún texto constitucional, aunque normalmente luego arreglan la ley para sortear ese problema y lograr prohibir lo que se desea (hay varios casos bien conocidos).
Los textos constitucionales se votan en referéndum global, o sea no por partes, ni se puede decidir si alguna parte no gusta, de forma que en realidad es un truco muy hábil para colar allí cualquier cosa los poderes políticos que lo promocionan.
Un ejemplo: La actual Constitución se vota como ‘alternativa al franquismo’, o sea la gente vota algo puesto que tras la muerte de Franco era evidente que no se podía seguir con Franco. No había tres o cuatro propuestas diferentes para elegir, de forma que el voto no tenía valor alguno.

El voto en Referéndum solo tiene cierto (relativo) valor si se cumplen tres condiciones:
1- Votar un tema bien claro y conocido, un asunto concreto que la gente entienda. Por eso nunca han querido votar la monarquía o la inmigración masiva, temas así de concretos.
2- Poder elegir entre una serie de propuestas distintas de forma que no se vota un documento único y complicado con muchos temas a la vez. Nunca se hace, se pone un solo documento a voto.
3- No haya intervención unilateral de los poderes económicos y los medios de difusión en manos del dinero. Imparcialidad de los medios y de la propaganda.

La Constitución española no cumplió ninguna de esas condiciones y fue, como casi todas las Constituciones, una imposición política sin más justificación.
En vez de tanta palabrería constitucional sería mucho más útil que las promesas electorales fueran obligatorias y que su incumplimiento fuera castigable (así dejarían de prometer mentiras que ellos mismos saben que lo son), que el endeudamiento estuviera prohibido por encima de un tope razonable, que los medios de difusión no fueran propiedad del dinero, etc.

Sería pues una muestra de inteligencia que los fachas no vayan por ahí alabando esa Constitución o considerándola la ‘salvación’ frente al separatismo, y mucho menos eso tan risible de la Monarquía como garante de nada.

BAU

 

 

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