LA CONTRIBUCIÓN CARLISTA A LA CRUZADA

La participación del llamado “elemento civil” resultará enormemente decisiva en el triunfo nacional durante nuestra Cruzada de Liberación de 1936-1939, pues sin tal concurso (mayormente de elementos provinientes de las filas carlistas y falangistas) la facción del ejército que se sublevó contra el Frente Popular (que no contra la República, hay que insistir en este punto una y otra vez) nunca habría vencido en aquella contienda fratricida donde nos debatimos entre civilización o barbarie.

En lo que se refiere al Requeté, hablamos de la formación de hasta 42 Tercios en los casi tres años de guerra (10 navarros, 8 vascos, 8 castellanos, 7 andaluces, 6 aragoneses, 2 asturianos y 1 catalán) y de unos 60.000 hombres en armas, de los cuáles algo más de 6.000 murieron y unos 30.000 fueron heridos en el frente de batalla, lo que da idea de su altísima implicación en los combates sobre el terreno.

Una implicación que será fundamental ya desde el primer instante, en episodios claves como la consolidación del Alzamiento en Álava, Navarra y Rioja, el rescate de Zaragoza o la ayuda prestada a Queipo de Llano para reducir a las columnas revolucionarias en territorio andaluz, sin los que el pronunciamiento del 18 julio a buen seguro hubiera quedado en agua de borrajas.

Posteriormente, su papel en el frente Norte, en las operaciones a lo largo y ancho de Aragón, en la sangrienta batalla del Ebro, en la victoriosa ofensiva sobre Valencia y Cataluña…les valdrían merecidas condecoraciones, colectivas (caso de la Laureada al Tercio de Nuestra Señora de Begoña por la heróica defensa de Oviedo o al Tercio de Nuestra Señora de Montserrat por la misma en Belchite) e individuales.

Sin embargo, una serie de hechos acaecidos a lo largo de 1936-1937 (caso de la muerte del pretendiente carlista al trono Alfonso Carlos I tras ser accidentalmente atropellado por un camión, la defenestración del gran reorganizador del Requeté Manuel Fal Conde, el Decreto de Unificación y la muerte en accidente aéreo del general Mola) irán diluyendo la influencia política de un Carlismo que pronto comprobaría (como también haría, en otro sentido, Falange) que, a pesar de estar en el bando ganador de la guerra, estaba a su vez abocado a perder la paz.

Con todo, su presencia obligó a los sublevados a recuperar la enseña rojigualda (cosa que ocurrió el 20 de agosto de 1936) y a impregnar de un espíritu místico-religioso lo que en principio sólo tenía visos de ser una asonada cuartelera similar a las que se habían producido aquí con profusión desde mediados del siglo XIX.

Asimismo, el Régimen salido de la contienda adoptó parte de su ideario (en especial, el reconocimiento del catolicismo como preponderante en el orden social), lenguaje (he ahí la aprobación del Fuero del Trabajo, el Fuero de los Españoles o el Fuero de la Familia) y estética (la característica boina roja, junto con la camisa azul mahón, será prenda oficial del Movimiento).

En resumen, que sin el Carlismo (como sin la Falange), el golpe militar únicamente hubiera ralentizado el fatídico proceso revolucionario liberal que se venía desarrollando en España desde 1833, mientras que gracias a su generoso sacrificio en sangre, dicho proceso disolvente logró postergarse durante cuatro décadas (justo hasta la nefasta Segunda Restauración de la rama ilegítima de la dinastía borbónica acaecida en 1978), sin lugar a dudas las más fructíferas y provechosas para el conjunto del país en los dos últimos siglos.

CACHÚS 

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