LA DEMOCRÁTICA HEGEMONÍA DE LOS MEDIOCRES

 

Pocas cosas hay más bochornosas que el intento de un ignorante o de un cretino por querer parecer culto e inteligente. El asaltatumbas ocupante de la Moncloa quizá sea el ejemplo más claro de mediocre con ínfulas que, para su desgracia, cada vez que pretende camuflar su indigencia intelectual consigue justo lo contrario.

Hace poco, los feladores en nómina del régimen celebraban con grandes alharacas el hecho de que el adicto a los viajes en Falcon había sido capaz – ¡oh, maravilla!- de escribir un libro.
El aplauso al libro presidencial en los publirreportajes de telediarios, tertulias y demás mentideros de la telebasura, recordaba inevitablemente a esas embarazosas situaciones en las que la cortesía nos obliga a elogiar el torpe garabato -o el chirriante concierto de violín- de un niño medio lelo cuando su madre, orgullosa, los exhibe como ejemplo del talento de su estúpido retoño.
En la madre del niño imbécil y en los palmeros profesionales del Presidente escritor subyace el mismo impulso inconsciente y desesperado de demostrar que el sujeto en cuestión no es tan tonto como parece.

Como era de esperar, a medida que se va conociendo el contenido del famoso libro, el sentimiento de vergüenza ajena aumenta hasta límites de Récord Guinnes.
Y no sólo por lo infumable, cursi y pretencioso del texto, porque el autor confunda a San Juan de la Cruz con Fray Luis de León o porque considere una cuestión de Estado el cambiar las cortinas de la alcoba presidencial. Estas ridiculeces nos harían reír si no nos hicieran caer en la cuenta de que semejante paleto acomplejado es el Presidente del Gobierno.

Es la misma sensación de tristeza y decadencia que cuando escuchamos rebuznar en el Congreso a Rufián; que cuando sufrimos a la Carmena y la Colau exhibiendo en las principales alcaldías de España su sectarismo, su rencor y su incultura o cuando alucinamos oyendo decir al Jefe del Estado que tenemos que estar agradecidos a Marruecos por su contribución al desarrollo de España.
Y es que lo que caracteriza al régimen del 78 no es solamente la corrupción generalizada, las privatizaciones desvergonzadas, la rapiña bancaria, la desmembración territorial, la pérdida de soberanía y derechos, la endofobia o la sectaria tergiversación de nuestra Historia.

La verdadera nota definitoria de este sistema y la que mejor muestra nuestra decadencia cultural es el hecho de que, en España, los máximos cargos políticos están en manos de sujetos que parecen sacados del reparto de una película de Torrente.

J.L. ANTONAYA

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