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LA ETERNA MULTICOPISTA DE MI VIDA

Quienes no sean de nuestra generación no tendrán ni idea de lo que les hablo, pero esta obrilla no está escrita para los ajenos a ella.

En uno de mis primeros campamentos de la OJE, se realizaba un “diario campamental”, pidieron voluntarios para la redacción y como siempre me ha gustado escribir me apunté rápidamente. Además, se daba la oportunidad de obtener el proel “periodista” y servidor siempre ha tenido predilección por los parches, medallas y emblemas.

Tras una previa reunión con los mandos y tras distribución de cargos (redactores, dibujantes, impresores, maquetación, repartidores, etc) nos llevaron a la “redacción”, a saber: una máquina de escribir bastante destartalada, una mesa, papel carbón, punzones y allá estaba ella, “la máquina”, la multicopista, allí la vi por primera vez, era negra, brillante, rechoncha, con una aire muy “modernista” y orlada de una marca de reminiscencias masónicas en letras damasquinadas doradas “Rex Rotary”.

Lo reconozco fue un amor a primera vista, su chasis, las letras, el olor a tinta de imprenta, los “clichés”… Ya no quise ser periodista, ahora quería ser impresor, aprender cómo coño funcionaba aquella máquina que se me antojaba el no va más de la tecnología reprográfica. Los mandos, conocedores de nuestras “habilidades motrices infantiles”, es decir, nuestra torpedad, nos prohibieron ponernos el uniforme para trabajar con ella, pues los chafarrinones de tinta eran indelebles. Un mando,  estudiante de periodismo era el director y otro el encargado de impresión, como sea que no me despegaba de la máquina y me vio absorto en ella, me dijo: “Hala camarada, te explico cómo funciona”. El proceso era ciertamente complejo para un chaval, los clichés picados con los artículos escritos a máquina se enganchaban en un fleje y se pegaban a una tela porosa . La tinta se ponía como dentífrico negro en una pletina, se colocaban los folios en blanco y empezaba la magia, la magia de darle a la manivela… A medida que le dabas vueltas iban saliendo los folios (paradójicamente marca “Guarro” de nombre) ya impresos y bien colocaditos para su posterior grapado, encuadernación y distribución. Fue un encuentro mágico, algo premonitorio de un amor eterno, como la misma máquina,  que debía ser de los años veinte y que llevaba ya baqueteados muchos campamentos y a saber de dónde salió originariamente, aunque aseguraría que Napoleón ya imprimía sus diarios de campaña con ella.

Todos sabemos cómo eran aquellos diarios campamentales: consignas, algún chiste, el menú, mucho cachondeo, mucha guasa, alguna noticia, acampados destacados, clasificación de las escuadras, dibujos elaboradísimos a base de punzón perforando el cliché y muchas huellas digitales de los elaboradores ornando las hojas. En otros campamentos el diario campamental se hacía tipo “mural” y llegó el día que se hacía “radiofónico” a través de la megafonía del campamento. Desapareció el “cicloestilado” que se reservaba para manuales de cursos o impresión de canciones, así como para nuestro boletín provincial de la OJE: “Maroma”.

Años después, democracia transicional en marcha, ya militando en Círculos Doctrinales José Antonio, y en nuestro viejo local de siempre, se decidió que había que hacer una campaña de propaganda intensa por las calles y los pueblos de nuestra región dando a conocer nuestro verbo limpio y claro de falangistas irredentos. Ya existían las fotocopias, pero eran caras, un camarada solucionó nuestro problema de pobreza de medios impresores, como conservaba la llave del último local de la “nueva OJE” un sucedáneo,  que existía en nuestra ciudad, compartido con con varias organizaciones, se personó un domingo, abrió el local desierto y recuperó para la revolución pendiente (nadie ose decir que fue un robo) una hermosa… sí lo han adivinado, multicopista. ¡¡Esta vez, era eléctrica!! Una Roneo 350 creo recordar, hecha en Vascongadas bajo patente extranjera, gris, enorme, líneas setenteras, con algunas abolladuras pues al camarada le costó un huevo bajarla por la escalera y cargarla en una “mobilette” hasta nuestro local, que por suerte estaba cerca. Con aquella multicopista de lujo, volví otra vez a escribir, imprimir y difundir en tinta nuestra propuesta al pueblo español que , seamos sinceros no estaba mucho por la labor de leernos, máxime si se manchaba los dedos de tinta, seguirnos y, mucho menos, votarnos. Aún así, volaron muchas octavillas lanzadas desde el asiento trasero de una Vespa color naranja Butano, una Babieca cabalgada por dos camisas azules adolescentes, para gran jodienda de los barrenderos y fastidio de la gente que nos miraba incrédula.

Ya llegados los ochenta, la década no mi edad, entré a trabajar de administrativo en una empresa de “ofimática”, empecé en el taller como administrativo y atención al cliente y, ya lo habrán adivinado, mi mesa de trabajo estaba junto al almacén de las máquinas arrumbadas por “obsoletas”, entre las que había varias multicopistas… El dueño de la empresa, aunque un señor muy majo, era el típico “camarada” que votaba a Alianza Popular, recibió mi petición de llevarme una multicopista del almacén con cierta cara de estupefacción: “Eduardo, yo se la regalo porque sé que será para un buen fin, pero es que nosotros vendemos fotocopiadoras, ¿no ha pensado usted y sus camaradas en compranos una?, yo les doy todas las facilidades imaginables”, “Gracias, Don Jaime (así se llamaba) pero es una cuestión de nostalgia y autonomía” (pensábamos hacer octavillas muy radicales e ilegales y no queríamos se nos identificara en una casa de fotocopias abundantes en la época e informadoras de la policía comprobadas). Como el dueño estaba acostumbrado a que cada 20 de Noviembre pidiera salir antes para ir a la misa, me compraba lotería nacional y en alguna ocasión a que llegara tarde por haber sido detenido, no insistió y me regaló la máquina, no en vano era de sus mejores empleados, puntual, trabajador, buen vendedor, de confianza y falangista, además, qué coño, nos caíamos bien. Descanse en paz Don Jaime por cierto.

Pasó más tiempo, estudié magisterio y en mis primeras prácticas, en la primera escuela que pisé, había una madre que se dedicaba en exclusiva a la elaboración de las pruebas y circulares, un puesto de confianza no remunerado y me pidieron la ayudara, y… otra vez había una multicopista… La cosa ya empezó a suscitarme cierto mosqueo y manía persecutoria…

Por suerte no he vuelto a ver una, hasta hace unos meses, que fui a un chatarrero y había una hecha pedazos, chorreando tinta entre un montón de trastos olvidados y superados por la modernidad, como nosotros mismos y nuestras aspiraciones de Patria, Pan, Justicia y Revolución.

Por cierto, al final nunca me saqué el proel “periodista”…

EL CENIZO

Libro inédito “Nostalgia de la OJE”

 

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