LA GRAN FERIA DEL DISPARATE

 

Las elecciones en Cataluña y, sobre todo, los comentarios y análisis posteriores, me han recordado aquel añejo concurso infantil en el que salía Torrebruno cantando de lo “Tigres, tigres, leones, leones, todos quieren ser los campeones”. El aquelarre electoral ha sido como una versión gore y siniestra de aquel programa.

En vez de entre tigres y leones, aquí la cosa estaba entre criminales y traidores. Criminales que, por su propia naturaleza, odian a España y llevan cuarenta años lavando el cerebro a la gente con sus mitos antiespañoles, y traidores que, estando en teoría obligados a oponerse al desvarío separatista, no sólo no lo impiden, sino que lo aplauden y financian. Así durante décadas.
Resultado: la erradicación de cualquier sentimiento patriótico no sólo entre los catalanes, sino entre los españoles en general.

Por eso el discurso de los partidos que, en teoría, se oponen al separatismo, al no poder invocar el sentimiento patriota, ha recurrido a torpes, tibios y miserables argumentos mercantilistas para contrarrestar el mensaje rabioso, visceral y emotivo de los que invocan esa pasión aldeana que los garrulos confunden con “sentimiento nacional catalán”. Y claro, no hay color.
Mientras los separatas montan un circo de tres pistas con obscenas monjas argentinas, marimachos perroflautas, moros y negros con barretina, payasos tontilocos, travelos, putillas y bufones de todo pelaje, los que dicen oponerse a la secesión, arguyen como máximo argumento el recurso a la inane, chapucera y apolillada Constitución de 1978, origen, precisamente, de este putiferio desmadrado.

Por mucho que se empeñen, no es igual de divertido proclamar que Santa Teresa, Cervantes y el Cid eran catalanes, que aburrir al respetable hablando del PIB y de las cuentas de resultados.
Al final, las cosas siguen enredadas, sucias y malolientes cual rasta de perroflauta. Los separatas han ganado pero, como no tienen la mayoría absoluta, los melindrosos “constitucionalistas” sacan pecho y nos venden la idea de que, en realidad, han ganado ellos.

Lo único positivo de este resultado va a ser el exilio voluntario, según prometió él mismo, del plastautor Lluís Llach a Senegal. Al final, siempre son los países del Tercer Mundo los que tienen que sufrir las horribles consecuencias de nuestras mongoladas y disparates.

J.L. Antonaya

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