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LA GUERRA DE LOS SEXOS

 

Digan los grandes expertos lo que quieran, toda la literatura universal demuestra que todo varón y toda mujer tiene, de alguna forma, una imagen ideal del otro; aunque también es cierto que la eterna diferencia entre lo ideal y lo real no ha dejado de causar más de un conflicto desde que Adán aceptó esa maldita manzana de manos de Eva. Dicho sea de paso: siempre me pregunté ¿por qué la leyenda habla de una manzana? En el Génesis lo de la manzana no aparece por ningún lado. Ahí se habla del fruto del árbol prohibido. Nada de manzanas. Además ¿por qué no una pera, o un durazno, o un higo? ¿Qué tiene de especialmente malo la pobre manzana?

Pero, en fin, dejemos de lado la cuestión cuasi metafísica de la misteriosa manzanita de Eva. La digresión nos llevaría demasiado lejos. En todo caso el hecho objetivo es que varones y mujeres no se anulan sino que se complementan. Y la razón por la cual muchas veces no se entienden es porque los dos quieren cosas completamente diferentes: los varones quieren una mujer y las mujeres quieren un varón.

O bien, dicho de otro modo: entre varones y mujeres existe normalmente una fuerza de atracción natural que, a causa de un gran abanico de complejas causas biológicas, psíquicas y sociales, les hace constituir parejas, luego parejas estables y finalmente familias. Porque si se consigue que la atracción mutua se convierta en armonía y en mutuo compromiso, pues entonces tarde o temprano los dos se convierten en tres y, con un poco de suerte y posibilidades a favor, los tres terminan convirtiéndose en cuatro y quizás en otros más.

Pero la decadencia actual no lo ve así. Es más: a muchos hasta los irrita. La nueva moda que se extiende como una peste exige que tanto varones como mujeres no asuman compromisos mutuos; que mantengan a rajatabla su autonomía individual; que no se asocien ni familiar ni económicamente, ni siquiera si conviven. Tratándose de varones y mujeres, la nueva moda desdeña cualquier cosa tan solo parecida a un matrimonio; especialmente al entendido como sacramento. La teoría vigente afirma que, al fin y al cabo, es “solo un contrato”, “solo un papel” cuya utilidad no va más allá de la ventaja que significa tenerlo en caso de divorcio y separación de bienes. Y las cuatro gotas de agua bendita del cura son algo “anacrónico” que ya ni le sirve a las mujeres como una especie de seguro de casamiento para que el varón no pueda volver a casarse nunca más con otra. Al menos por la Iglesia.

Esos tiempos han pasado. Ahora nadie es “dueño” de nadie. Ahora nadie “depende” de alguien. Cada uno tiene su propio empleo, su propio dinero, su propia caja y la cuenta del restaurante se paga de a dos. Y ¡guay de que el varón gane menos dinero que la mujer! O que se quede sin trabajo. ¿Y los hijos? Muchas veces son más un estorbo que una bendición y, en todo caso, primero está el apartamento, el coche, las vacaciones en Cancún, y hasta la heladera, la licuadora o la hidrolavadora (para lavar el auto, se entiende). Después veremos.

La imposición de la decadencia manda que toda persona quede limitada a su condición de individuo. Preferentemente un individuo lo más aislado posible, con todos los derechos y la menor cantidad posible de obligaciones. Por eso es que está terminantemente prohibido, no ya criticar, sino hasta simplemente opinar sobre el comportamiento, la moral, las costumbres o la ideología de los demás.

La decadencia no acepta, no puede aceptar, que la familia como institución ha resistido la prueba de milenios enteros de evolución de la especie. Y ha superado la prueba del tiempo porque vivir en una familia armónica y estable es una de las mejores cosas que le pueden pasar a un ser humano, sea varón o mujer. Porque es bueno. Porque enriquece. Porque brinda incontables momentos de felicidad (y, sí, ya sé, de peloteras también). Porque un bebé recién nacido, o de apenas unos meses, es una de las cosa más maravillosas y adorables que hay en el mundo. Cuando se paran ante la cuna de su primer bebé, tanto al varón como a la mujer de pronto se les hacen meridianamente claros los conceptos de abnegación, responsabilidad, adaptación, tolerancia.

Pero también seamos justos a la hora de establecer responsabilidades. Reprobar livianamente a la juventud actual considerándola irremisiblemente perdida e irrecuperable no solo es muy injusto; no solo es la eterna, gastada, crítica que las generaciones anteriores siempre tuvieron a flor de labios cuando se trató de juzgar a la última generación. Además de todo eso, es una crítica que no solo no soluciona nada sino que hasta le echa leña al fuego. Los jóvenes actuales no instituyeron la moda enfermiza de admitir y justificar todas las desviaciones patológicas en materia de conductas sexuales. Los jóvenes actuales no inventaron la moda de la negación del sexo y su sustitución por la degradada nebulosa intelectual de la “Teoría de Género”. No. Toda esa perversión intelectual y moral la han heredado de las generaciones anteriores. De todos aquellos que hoy tenemos más de 45 años. Fuimos nosotros los que no conseguimos parar la pelota a tiempo. Asumamos la parte que nos toca.

La consecuencia de eso es que la estupidez se ha vuelto normal. El “ideal” de mujer y de varón que cultiva la incultura de la decadencia es directamente algo idiota. Se supone que las mujeres deben ser muy decorativas pero simultáneamente decididas, independientes, agresivas, dominantes y superiores al varón en múltiples aspectos. Ése es el comportamiento elucubrado por los intelectuales del permisivismo y el abolicionismo que después resulta aplaudido y promocionado por los medios masivos de difusión.

Éstas son las mujeres que se salieron de la pantalla del televisor y ahora, como clones o fotocopias de modelos implantados, aparecen y se manifiestan de a miles por la calle exigiendo a grito pelado el derecho de matar a su propio embrión en gestación. No es ningún milagro que la mayoría de estas mujeres levante carteles con leyendas como la de “Muerte al Macho”. Esa consigna no es una propuesta. Es una venganza por la indiferencia de los varones. Y es comprensible: ¿qué varón normal quisiera convivir con Miss Soberbia?

Pero del otro lado las cosas tampoco son mucho mejores. Entre “varoncitos” flacos, débiles, paliduchos, delicadamente afeminados o directamente homosexuales una mujer de verdad no tiene mucho para elegir.

Y después están los hombres “ideales” realmente machistas; los productos fabricados por el gimnasio con sonrisa tipo Tom Cruise, lomo tipo Arnold Schwarzenegger y actitud a la Clint Eastwood cuando rescata a la mujer que la mafia había obligado a prostituirse.

Y seamos claros: no se trata de proponer que hay que conformarse con menos. De lo que se trata es de comprender que una mujer de verdad no es ni puede ser una acróbata del Kamasutra dispuesta al sexo tántrico a cualquier hora del día o de la noche mientras que, simultáneamente, se desempeña como una cocinera gourmet, una madre amorosa y una máquina de limpieza eficiente. Tampoco el varón de verdad tiene que ser el tipo famoso, rico, musculoso, y divertido que llega todas las noches a casa con un ramo de flores en la mano.

La mujer ideal y el varón ideal es la persona que amamos porque es como es y porque queremos compartir nuestra vida con ella. Los estereotipos mediáticos debidamente maquillados, operados, siliconados y producidos, pueden ser una tentación del momento. Solo la hipocresía burguesa puede negarlo. Pero a la hora de tomar la decisión de convivir y de fundar una familia con alguien, las potras y los potros de la televisión no son los que más tenemos en mente. Y por supuesto, tampoco consideramos como compañía ideal a las ménades ostentadoras de carteles en las que quieren ver muertos a todos los que no comparten su patología ni a los faunos degradados de la bandera multicolor que desfilan semidesnudos durante las marchas del “orgullo” gay.

¿El mundo se ha vuelto loco de repente? No. Para nada.

En primer lugar no ha sido de repente sino a través de un largo proceso y, en segundo lugar, no se ha vuelto loco; lo enloquecieron. Y enloquecieron sobre todo al Mundo Occidental atacando en forma especial a la mente, a la cosmovisión y a la cultura de cualquier persona blanca, cristiana, defensora de valores tales como el honor, el deber, la verdad, la lealtad, la disciplina, la perseverancia, el trabajo, la valentía, la libertad, la prudencia, la justicia, la fortaleza, la templanza, la fe, la esperanza, la caridad.…

Así han desorientado y enloquecido a las mujeres a quienes han forzado a soportar una presión inaudita que las obliga a ser profesionales competentes, esposas amantes, madres extraordinarias y empleadas domésticas, todo junto y simultáneamente. Y han forzado también a los hombres a trabajar por salarios que no permiten mantener a una familia en forma decorosa, y encima sometidos a la presión del despido sin ningún aviso previo y a los vaivenes de una política y de una economía que en cualquier momento les cambia por completo las reglas de juego.

No. El mundo no se volvió loco. Lo enloquecieron. Lo enloquecieron quienes se dieron cuenta hace ya mucho tiempo que gobernar un hato de ovejas ignorantes encerradas en el corral de un manicomio es mucho más fácil que conducir a millones de personas cultas, esclarecidas, libres y claramente conscientes de qué es el Poder y a qué fines debe servir. Al mundo lo volvieron loco los que — en su idolatría a la eficiencia y a la eficacia, impulsados por una codicia enfermiza y la convicción de que el dinero es Poder — automatizaron e informatizaron la producción a tal punto que ahora se dan cuenta de que sobra gente a la que no saben darle trabajo. Lo volvieron loco los que impusieron el criterio de la prioridad indiscutible del dinero que ha llevado a la primacía del aparato financiero y de sus agentes por sobre toda la economía real. Los que establecieron la dictadura de los plutócratas y de la democracia financiada precisamente por esos mismo plutócratas.

No tenemos que dejar que se salgan con la suya. El mundo occidental perdió la batalla militar en las dos grandes guerras mundiales que le impusieron durante la primera mitad del Siglo XX. Las secuelas de esa derrota son las que estamos padeciendo hoy. Pero la guerra actual es diferente. No es que carezca de operaciones militares, pero el territorio en el que se está librando la batalla principal hoy en día es el territorio cultural. Después del colapso de la Unión Soviética y el fracaso del comunismo en todas partes, el Poder constituido se ha apropiado de la recomendación de Gramsci y se ha convencido de que, para lograr la hegemonía y consolidarse, primero debe poder dirigir a la sociedad civil y solo luego podrá tener completamente asegurado y consolidado el poder sobre el Estado y sobre la sociedad que el Estado gobierna. La toma del poder estatal es una cuestión política pero la dirección de la sociedad civil – que es la condición para que el asalto al poder político sea exitoso y sustentable – es una cuestión cultural.

Por eso es que la victoria en la batalla cultural es la condición previa y necesaria para la victoria en la batalla política.

Por ahora -no hay forma de negarlo- a la batalla cultural la está ganando el Poder real constituido detrás del Poder formal al cual digita y manipula. Pero ese Poder real no tiene garantizada su victoria. Por un lado los medios tecnológicos y las redes informáticas son una herramienta que, bien usada, puede llegar a ser muy eficiente y hasta decisiva en el conflicto cultural. En este ambiente no está dicha la última palabra ni mucho menos. No por nada es obvia y evidente la desesperada intención de los grandes operadores de controlar, acotar y hasta censurar los contenidos que circulan por Internet. No lo pueden lograr porque, al menos así como está ahora, Internet es incontrolable.

Pero también hay otra razón por la cual los promotores de la ofensiva cultural de la decadencia no llegarán a triunfar del todo a pesar de sus victorias parciales. Esa otra razón es que no les va a resultar tan fácil convencer a la próxima generación y a las generaciones venideras de las bondades de la “Teoría de Género”, el aborto, el desvío sexual, el permisivismo y el abolicionismo jurídico y otras idioteces actuales. Y no les va a resultar nada fácil porque las próximas generaciones ya no tendrán más remedio que darse cuenta del desastre que producen y seguirán produciendo estos desvaríos. Y cuando eso suceda, también se darán cuenta de algo que hoy, a pesar de todo, todavía muchos sabemos: que ser varón y ser mujer conviviendo en una familia equilibrada y armónica es una de las cosas más maravillosas que nos pueden pasar.

Las próximas generaciones se darán cuenta de que un montón de traumas, complejos, angustias y conflictos simplemente desaparecen cuando se puede ser mujer y se puede ser varón sin tener que adoptar las actitudes y los comportamientos que las modas, las ideologías o los intelectualismos artificiales imponen. Que se puede ser varón y se puede ser mujer en la forma natural y normal en que Madre Natura nos ha ayudado a serlo a lo largo de miles y miles de años de existencia de la especie Homo Sapiens sobre el planeta.

Y será mejor que no olvidemos algo que no me voy a cansar de señalar. Madre Natura es una dama muy paciente, muy tolerante, que soporta muchas cosas, pero es la encargada de imponer y de mantener en vigencia las leyes que rigen la Creación. Y a quienes no respetan esas leyes, a la corta o a la larga Madre Natura sencillamente los elimina.

DENES MARTOS

 

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