LA GUERRA POR LA BANDERA

Corría el año de 1978 cuando separados por pocos días se dieron dos hechos que a la postre determinarían el futuro de España.
El 31 de octubre el Parlamento votaba y aprobaba la Constitución, y fijaba la fecha del 6 de diciembre para someterla a referéndum.
Tan solo 19 días despues y convocados por la Hermandad Nacional de Excombatientes, más de medio millón de personas llegadas de todos los rincones de la nación teñían de rojigualda las calles de la capital en una exhibición de fuerza y capacidad de movilización sin parangón en aquellos momentos.
Blas Piñar, con uno de sus más memorables discursos arengaba a los españoles a enfrentar la Constitución, denunciando que abría las puertas a la desmembración de España, y apelando al honor y al deber de los soldados por encima de la obediencia debida.
El día siguiente de aquel 19 de noviembre el Gabinete del Presidente Suarez se colapsó: había una honda preocupación en todo el arco político por las reacciones favorables que en los acuartelamientos se estaban dando tras aquel 20-N radiante y esperanzador.
La prensa lo llamó “ruido de sables”.
El Gobierno ya había mandado días atrás a Gutiérrez Mellado de bolos por las regiones militares anunciando las bonanzas de la futura ley de leyes, aunque lo que el ministro se encontró por cualquier Sala de Armas fueron críticas, cuando no directamente desdén e incluso insultos.
En Cartagena y rodeado de mandos, el general de la Guardia Civil Juan Atarés lo acusó de “embustero y traidor” siendo obligado a abandonar la sala, cosa que hizo entre algunos aplausos. Eso es lo que informó la prensa de la época…
Pero lo cierto es que el asunto fue mucho más grave: antes de la intervención de Atarés, el capitán de corbeta Gonzalo Casado había leido un documento enumerando los asesinados por ETA, y preguntándose el motivo por el que tenían que apoyar “una constitución atea”. En ese momento el ministro le retira la palabra y es cuando el general Atarés interviene: “¡La Constitución es una gran mentira, Arriba España y Viva Franco!”. Gutiérrez Mellado le ordena abandonar la reunión pero el guardia civil se mantiene firme recibiendo una gran ovación. Finalmente el general Jaime Milans del Bosch lo acompaña fuera de la sala, pero antes de retirarse Atarés se vuelve y le escupe en la cara: “masón, traidor, cerdo, cobarde, espía”.
En este punto cabría añadir que salvo la referencia al animal de granja, el resto de calificativos definían cabalmente al ministro.
Pero volvamos al día despues del 20-N que es lo que nos ocupa.
El Gobierno decide perseguir a la extrema derecha. En realidad lo venían haciendo aunque timidamente desde el comienzo de la Transición, pero a partir de aquel día se aplicaría con tesón, pensando y con razón que ahí y solo se ahí se encuentra el principal obstáculo para la consolidación del nuevo regimen.
La primera medida que toma el Presidente Suárez en el Consejo de Ministros del 23 de noviembre es la prohibición del uso de la bandera nacional “con fines partidistas” mediante un decreto-ley vergonzante que usurpaba el derecho de los españoles a exhibir publicamente su enseña, relegando el uso a los actos oficiales. Literalmente: “se pretende que la bandera de España, que es patrimonio y símbolo para todos los españoles, no pueda ser apropiada indebidamente para fines partidistas”.
Francamente: yo estaba entonces allí, y no recuerdo haber arrebatado la bandera de España a nadie. Sí recuerdo vagamente haber tomado otras: pendones de colores variados o monocromos, pero jamás la de la patria.
Con aquella medida se abría una senda sinuosa: distanciar a los españoles de su símbolo más representativo para sustituirlo por algunos garabatos condenados con el tiempo a quedar obsoletos.
Le llamaron “Constitución” y hoy en día es el becerro de oro de la derecha, y la mancebía de la izquierda.
La bandera no es un harapo, como tampoco representa, ¡qué barbaridad!, a las clases privilegiadas.
De hecho, nada más lejos de la realidad: cobijo y legado de los pobres, la insignia nacional iguala a todos sus hijos, a los nacidos, a los que se fueron, y a los que vendrán. “De símbolos está hecha la historia” escribió Bardeche, y en verdad no existió empresa universal como la nuestra, regada con la sangre de reyes y también de soldados, de monjes y de artesanos, de campesinos y de aventureros, de soñadores o de creyentes.
Una tarea de siglos, transitada de padres a nietos.
Consecuencia de la usurpación de la bandera al pueblo se arrebató también el orgullo de sentirse español, y el siguiente paso lógico era la lengua.
Es sabido que el mayor exponente cultural de pertenecer a un lugar común, es el idioma.
Durante décadas el español ha sido relegado, menospreciado e incluso perseguido en gran parte de España, con la pretensión de sustituirlo por lenguas vernáculas que no alcanzan ni para cruzar la calle del villorrio habitado.
600 millones de personas hablan español en todo el orbe, mientras aquí se discute si debe ser “lengua vehicular”.
Malditos paletos.
Estos días pandémicos y para sorpresa de propios y extraños Sánchez y alguno de sus energúmenos favoritos se exhiben con bozal “empoderado” de rojigualda.
No se los crean, puro marketing.
Resulta que, a pesar de todo el barro que nos ha caído encima, el frutero, el albañil, el jardinero, el camionero, el empleado y hasta el jubilado se la pusieron cuando fueron informados de que la muerte les rondaba.
Y es que, digan lo que digan, el pueblo ama la bandera de sus padres, y se cobija con ella tal que si de un acto religioso se tratara, adivinando que no hay mejor mortaja cuando vienen mal dadas.
La última noche del año el Gobierno socialista puso unas macetas como hiciera Suarez en 1978, con la estúpida pretensión de hurtar al pueblo su bandera.
No han entendido nada de la historia…
España es inmortal, porque vive en el corazón de sus hijos.
LARREA  ENERO/21

 

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