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LA I GUERRA MUNDIAL NO FUE PROVOCADA POR EL NACIONALISMO

En el Centenario del fin de la Primera Guerra Mundial hemos asistido a un discurso de los dirigentes europeos encabezados por Macron y que se resume en los titulares de todos los medios de comunicación sistémicos: el nacionalismo fue el detonante que hizo posible la terrible matanza que sacudió a Europa y el nacionalismo está resurgiendo como una amenaza que puede romper la actual Unión Europea y traer un nuevo baño de sangre.

La elites del sistema y sus medios lacayos, asustados como están por el auge de partidos que tanto en el Este como en el Oeste de Europa pueden provocar un auténtico terremoto político en las próximas elecciones europeas del próximo de mes de mayo, han aprovechado de forma ignominiosa este aniversario para asustar a los votantes con profecías apocalípticas y, como todas las profecías apocalípticas, falsas. Si ganan las fuerzas que ellos llaman nacionalistas no habrá ninguna guerra en Europa, salvo que ellos la vuelvan a provocar.

La Primera Guerra Mundial no fue provocada por el nacionalismo. La desencadenó el imperialismo, la primera forma de mundialismo (que unos años más tarde, después de la Segunda Guerra Mundial, sería sustituida por la actual). Fueron las naciones que dominaban el comercio mundial y querían seguir dominándolo las que hicieron posible el conflicto.

Francia y Gran Bretaña eran los beneficiarios máximos del “statu quo” imperialista a principios de siglo y veían con pánico el auge de Alemania, como unos duopolistas que han llegado a una “entente” y están decididos a eliminar como sea a cualquier posible nuevo competidor.

Los Estados Unidos de América, desde comienzos del siglo XX, catapultados por su guerra contra España, aspiraban también a participar de las riquezas del comercio a nivel planetario. La Doctrina Monroe de “América para los americanos” se le iba quedando pequeña al pujante capitalismo judeocalvinista de Nueva Inglaterra.

Para los plutócratas de la costa Este que dirigían los Estados Unidos ya no bastaba con mantener a los europeos fuera del hemisferio americano, se hacía preciso obligar a los europeos a compartir con sus consorcios industriales y financieros los mercados del resto del mundo.

Fueron las oligarquías de familias judías y calvinistas las que vislumbraron antes que nadie un mundo abierto al libre tráfico de capital y mercancías, algo que en teoría puede sonar muy bonito pero que en la práctica se traduce en el expolio sistemático de todos los rincones del planeta a manos de las grandes corporaciones multinacionales bajo su control. Para estos sujetos el imperialismo europeo liderado por el Reino Unido y Francia era un rival, de la misma forma que lo era el expansionismo alemán para franceses y británicos. Pero el imperialismo europeo no era solo un rival, era contemplado por los visionarios del nuevo capitalismo planetario como algo obsoleto que impedía la implantación del nuevo orden mundial, en que no habría fronteras para el capital, ni para el comercio, ni para la explotación de las riquezas del mundo. Eso que George Soros y sus compañeros llaman “la sociedad abierta”, siguiendo a Karl Popper.

Dos diferentes maneras de enfocar el control de la riqueza del mundo fueron las responsables del estallido de la Primera Guerra Mundial.

Los Estados Unidos, que tenían a su frente a Woodrow Wilson, el primer presidente abiertamente comprometido con la expansión planetaria del capitalismo americano, deseaban la destrucción de todos los imperios, pero el problema era que los imperios luchaban en bandos distintos y los dos más poderosos, el francés y el británico, eran los únicos a los que el capitalismo americano podía vender armas y pertrechos al ser los que controlaban los mares.

La lucha por la destrucción del modelo vetero-imperialista y la implantación del modelo neo-imperialista necesitó una nueva guerra mundial en la que los imperios vencedores y supervivientes de la Gran Guerra, el británico y el francés, finalmente cayesen rendidos, no a los pies de Alemania o de Japón, sino a los de los Estados Unidos, que finalmente se habían salido con la suya.

Para ello, entre 1914 y 1945, fueron destruidos ocho imperios (alemán, ruso, otomano, austro-húngaro, británico, francés, holandés y japonés) y sometidos todos sus súbditos a las reglas del nuevo orden, el que fue diseñado en 1910 en la reunión secreta del Jekyll Island Club.

Así pues, dos diferentes maneras de enfocar el control de la riqueza del mundo fueron las responsables del estallido de la Primera Guerra Mundial (y de la Segunda).

La Guerra Civil Europea de 1914-1945 no fue un conflicto nacionalista, como dicen ahora los herederos de los que la provocaron. Fue una matanza causada por el internacionalismo.

Y en mayo espero que se lleven el susto que intentan desesperadamente evitar manipulando de forma grosera la trágica historia que ellos desencadenaron.

JORGE ÁLVAREZ

 

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