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LA INSOPORTABLE NECEDAD DEL PROGRE

Debe ser cosa de la edad, pero añoro cada vez más aquellos tiempos en los que la izquierda, en lugar de ser la carne de cañón del globalismo, defendía los intereses de la clase trabajadora.
Supongo que a los analfabetos funcionales, “millenials”, víctimas de la LOGSE, espectadores de Telecinco y demócratas en general les costará creer que, hace no tantos años, un tío de izquierdas no era necesariamente un tarado endófobo con un resentimiento patológico hacia la Historia de su nación.
O que una feminista no siempre era una histérica con odio obsesivo hacia cualquier varón.
O que un ecologista era alguien preocupado por el medio ambiente en lugar de un demagogo sensiblero disfrazando de amor a los animales su sociopatía y sus complejos.
Sé que a los espectadores habituales de telediarios y tertulias de telebasura les costará creer que hubo un tiempo en que a los programas de debate asistía a veces gente con opiniones distintas.
Y que, en lugar de anatemizar a los disidentes con los habituales vocablos descalificadores (machista, fascista, nazi, franquista, hetero…) había veces en las que se discutían conceptos e ideas.

Y es que, parafraseando uno de los textos más sublimes de la Historia del Cine, yo he visto cosas que vosotros no creeríais.
He visto las obras de García Lorca y de Miguel Hernández en los escaparates de la Casa del Libro en una época en que se supone que había en España una malvada e intolerante dictadura militar de derechas.
He visto manifestaciones multitudinarias para recibir al Caudillo en Barcelona con pancartas de bienvenida escritas en catalán.
He visto gobiernos de izquierda con mayoría absoluta que no pretendían profanar el Valle de los Caídos ni tenían como objetivo prioritario falsificar la Historia y talibanizar callejeros.
He visto alcaldes de izquierdas que no se dedicaban a subvencionar cuadrillas de perroflautas y mafias de manteros.

Todos esos momentos se perderán como orines de borracho en un callejón lleno de vómitos.

J.L. ANTONAYA

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