LA NARANJA DEMOCRÁTICA

 

Hay quien todavía se sorprende al ver cada día el nivel de borreguismo, inanidad, cobardía y estupidez que, como un magma omnipresente, inunda cada purulento rincón de la vida pública.
Como en un carnaval permanente, los personajes más repulsivos, grotescos, malévolos y ridículos prosperan y se multiplican en el ecosistema perverso y aberrante de la democracia parlamentaria.

El Congreso de los Diputados es cada vez más indistinguible de un circo de payasos sin gracia o de un mercadillo de trileros.
Las ministras de cuota escriben sus torpes consignas con faltas de ortografía.
En el clero son cada vez más raras- y hasta heroicas- las excepciones a una general connivencia garbancera con el monipodio político incluso en sus facetas más viles como la complicidad con la escoria separatista o la talibanesca profanación de tumbas.
En la milicia, décadas de selección natural inversa han hecho que el prototipo de militar patriota y con sentido del honor haya quedado reducido a niveles de extinción inminente. Prolifera el otro modelo, el de los uniformados castrati, complacientes con la partitocracia, ansiosos de ascensos de despacho, expertos en mirar hacia otro lado ante la artificial, demente e hijoputesca chulería separatista o ante la cada vez más servil sumisión a potencias extranjeras. Hace mucho tiempo que el Ejército español dejó de ser la salvaguarda de nuestra soberanía para convertirse en una tropa cipaya del Gran Hermano Globalizador. Soldados españoles mueren en las guerras patrocinadas por las petroleras yanquisionistas pero nadie tiene huevos para organizar un Desfile de las Fuerzas Armadas en Barcelona o en San Sebastián.
Aunque es evidente e innegable que la democracia liberal fomenta, por su propia dinámica partitocrática, el ascenso hasta el mando político de los individuos más sinvergüenzas, mentirosos y ladrones, no es menos cierto que la banda de vividores aclimatados en escaños, sillones ministeriales, judiciales, administrativos y televisivos es un reflejo de la sociedad que parasita. Y la sociedad española consiente, y hasta aplaude, este estado de cosas.

Nada de esto es casual. El proceso de envilecimiento sistemático no empezó con el mediocre asaltatumbas que hoy ocupa La Moncloa, ni con su antecesor, el estólido trotón pontevedrés, ni siquiera con el zapatonto tarado que reabrió las heridas de la guerra civil. La cosa viene de antes.
Una sociedad dinámica, alegre y trabajadora como era la española de los años cuarenta y cincuenta, capaz de sacar a España del atraso y el aislamiento a base de esfuerzo, ingenio y pundonor no se degrada por casualidad.
Hacen falta décadas de Planes de Enseñanza cada vez más mediocres y sectarios. De vulgaridad institucionalizada en televisiones cada vez más ramplonas. De subvención de películas en base a su sectarismo ideológico. De castración mental de nuestros escolares por parte de feministas histéricas y de buenistas perroflautas con título de maestro. Hacen falta toneladas de basura pacifista en películas, libros, púlpitos y aulas.
Hace falta, como hizo el nefasto aznarín, cargarse el Servicio Militar terminando con el último reducto de formación comunitaria y viril que le quedaba a la juventud española.

Varias generaciones de españoles han sido sometidas a un proceso similar al que mostraba Kubrik en La Naranja Mecánica.
Al español medio – cada vez menos medio y más ínfimo en su esencia- se le ha adoctrinado para que se odie a sí mismo.

J.L. ANTONAYA

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    1 thought on “LA NARANJA DEMOCRÁTICA

    1. Hay que ser prácticos y de cara a estas elecciones generales, plantear una especie de frente amplio de abstencionismo con otras organizaciones del tipo MCRC, Demos Radio, RLC, etcétera

      Lo que más le duele al r78 es no ir a votar, precisamente, deslegitimar éste chiringuito

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