LA OFENSIVA DE VILLARREAL Y LA DEBACLE “GUDARI”

A lo largo del verano de 1936 el Gobierno del Frente Popular concede al fin el muy debatido Estatuto Vasco, siendo nombrado “lehendakari” el dirigente peneuvista José Antonio Aguirre y Lecube.

Hacia el mes de septiembre Euskadi se reducía ya prácticamente a la provincia de Vizcaya, después de que la de Álava (junto con Navarra) se hubiera unido a los sublevados el mismo 18 de julio y Guipúzcoa fuera tomada por los Tercios de Requetés en agosto.

Para entonces las autoridades “abertzales” habían organizado el Ejército de Euskadi, cuyos “gudaris” (reclutados en buena medida de entre la militancia del PNV, aunque también de entre otras formaciones frentepopulistas) formaban un total de 40 batallones.

Un “Euzko Gudarostea” que, en teoría, debía coordinarse con el Ejército Republicano del Norte, pero que en la práctica se resentía de los recelos y/o rencillas existentes entre “Napoleontxu” Aguirre y los oficiales republicanos que operaban en las Vascongadas, caso del procomunista capitán Miguel Ciutat.

Precisamente a iniciativa de este último se llevará a cabo una gran ofensiva (para la que se dispuso de 18.000 soldados amén de abundante artillería y carros de combate) aprovechando la precariedad del enemigo en la vecina Álava (apenas 3.000 hombres), cuyo plan era irrumpir en Burgos atacando por Villarreal (sólo defendida por 639 efectivos y 5 piezas de artillería) con el objetivo de desahogar el cerco de Franco sobre Madrid.

Convencidos del éxito, el 1 de diciembre 5.000 “gudaris” bien apoyados por 25 piezas de artillería y 8 blindados se plantaron ante Villarreal prestos a tomar la localidad en un santiamén; sin embargo, lo que parecía iba a ser un paseo militar por mor de la abrumadora superioridad euskalduna pronto se tornó en fracaso debido a la heroica actitud de los defensores, en su mayoría Requetés alaveses que, comandados por el teniente coronel Ricardo Iglesias, decidieron “luchar hasta el final y resistir hasta morir, salvando a España”.

Tan brava resistencia hizo posible que el general Mola dispusiera del tiempo necesario para improvisar una columna de socorro dirigida por el coronel Camilo Alonso Vega, quien liberó a los sitiados el día 5, si bien los combates se prolongarán todavía hasta fines de diciembre.

Las bajas nacionalistas en aquella fallida ofensiva fueron cuantiosas: reconocidos en sus propios partes de guerra, cerca de 1.000 muertos, 3.500 heridos y 100 desaparecidos; mientras, en lo que se refiere a las bajas Nacionales las cifras varían entre los 31 muertos y 224 heridos reconocidos por el Estado Mayor y los 400 muertos y 2.000 heridos que algunos apuntan ahora de manera un tanto exagerada.

En cualquier caso, lo ocurrido en la villa alavesa constituyó un fiasco total -del cual Aguirre intentará culpar a Llano de la Encomienda, general en jefe del Ejército Republicano del Norte, cuando en realidad éste no había participado en la planificación de la ofensiva- que, per se, echa por tierra el mito de los “aguerridos gudaris”.

No en vano aún hoy se trata de un episodio deliberadamente ocultado (cuando no tergiversado) por los pseudohistoriadores a sueldo de los supremacistas que tras cuatro décadas continúan dirigiendo los destinos de la Comunidad Autónoma del País Vasco.

NO NOS ROBARÁN LA HISTORIA NI LA MEMORIA.

CACHÚS 

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