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LA OJE: LOS HIJOS DE SATURNO

Yo fui instructor de rastreo. Esto, que puede parecer baladí, a mis 17 años no lo era, ni mucho menos. Quizá haya sido de alguna manera una de las herramientas más útiles que he tenido en mi vida. Aprendías dos cosas muy importantes: a interpretar y gestionar las señales que vas encontrando, a fin que te conduzcan a la siguiente hasta culminar el recorrido; y a estar atento y precavido ante todo lo que te rodea. Gracias a este aprendizaje pude, a la temprana edad de los 18 años recién cumplidos, realizar en solitario un viaje maravilloso que me llevó a cruzar literalmente toda España. Periplo hoy día impensable para toda una generación de “niños mochila”, cuyos padres llevan de la mano incluso para cruzar la calle.

Hubo un tiempo en el que el término “espabilar”  formaba parte de nuestro vocabulario, de nuestra evolución de adolescente a adulto. También existían otros como fracaso, decepción, frustración, disciplina, esfuerzo, sacrificio, etc hoy día totalmente borrados del vocabulario de los docentes. Todos estos y algunos más nos iban construyendo como adultos o, como se decía antes, “en hombres”.

Allí estaba yo aquella tarde de un 22 de marzo de 1975, en un aeropuerto de Palma semi vacío, para tomar mi vuelo de Iberia 435 destino Madrid. El avión despegó puntual a las 16’20, llegando a la capital de España (sigue siéndolo a pesar de algunos incrédulos) a eso de las 17’40. Solo, uniformado reglamentariamente de la OJE, con mi mochila a la espalda y una carpeta con toda la documentación necesaria para trasladarme, a costa del Estado eso sí, desde mi Palma natal hasta la lejana y desconocida Cáceres.

¿Por qué, o para qué iba a esa ciudad extremeña? Oficialmente iba a un Rolde Laboral (para víctimas de la LOGSE decir que rolde es una rueda o corro de personas), aunque en realidad más bien iba a un intento desesperado y agónico de salvar los muebles de una casa que se estaba cayendo a pedazos. Me explico. Durante cuarenta años, y de forma lenta pero sin pausa, se había transformado el sustento ideológico del Régimen, es decir a la Falange, en un producto totalmente BIO. Se la había ido descafeinando, eliminando las grasas saturadas y el gluten, sustituyendo el azúcar por edulcorantes y dejándolo bajo en sal y sin calorías. Es decir un producto presumiblemente sano, pero que en realidad ya no aportaba nada de nada. Sin sabor, ni cualidades nutricionales había quedado en algo inocuo, vacío, inútil. Eso sí, con un envase y un envoltorio lleno de colorines y frases atrayentes, que te hacían creer que seguía formando parte de tu dieta mediterránea. Pero na de na.

Se habían cargado aquella gran iniciativa que había sido el Auxilio Social, mucho más profunda y revolucionaria de lo que la gente sabe; se habían cepillado de un plumazo la estructura sindical universitaria, es decir al SEU, dejando la universidad, en lo que a la política se refiere, totalmente a la deriva; vaciaron completamente de contenido y de expectativas a aquella gran organización juvenil, que debía haber sido cantera de líderes, llamada Frente de Juventudes, transformándola en una simple y llana colonia de veraneo llamada OJE, en la que se permitía a algunos dinosaurios lanzar esporádicos y controlados gritos de dolor; se habían cerrado las academias de mandos José Antonio, para que la Iglesia pudiera regentar exclusividad y hegemonía docente; y en definitiva se implosionó toda la estructura política de Falange, relegándola a una cabeza sin cuerpo llamada Falange Oficial, y a unos marginales Círculos Doctrinales cuyos franquistas hasta la médula querían jugar al antifranquismo.

Y claro, pasó lo que pasó, que el tiempo y la historia no se detienen, y que todo hueco abandonado fue cubriéndose paulatinamente por quienes llevaban décadas esperando su oportunidad. Por aquellos a los que precisamente “El Régimen” había dado por desaparecidos, neutralizados, eliminados de los campos de batalla. En su soberbia, o más bien en una ceguera patológica, hombres como Luis Carrero Blanco, que odiaba hasta extremos babeantes a la Falange, habían conseguido literalmente cortarse las piernas. Y ahora había que llamar a los bomberos de camisa azul Mahón para apagar el fuego.

Y ahí estaba yo, aterrizando en Madrid por segunda vez en mi vida. Con un billete de tren y muchos consejos e indicaciones. Me trasladé al centro en autobús, cuya última parada era la Plaza Colón. De allí, a base de preguntar y seguir las señales de rastreo, conseguí llegar a la estación de Tren de Chamartín. De esa estación partía la línea Madrid-Lisboa, en un nocturno llamado “Lusitania Expreso”. Todo un lujo de tren pues contaba con vagones cama, de primera y de segunda. A mí, como correspondía a los valores castrenses de mi organización juvenil, me tocó ir en pasillo, es decir, de pie en los huecos que se podía.

Recuerdo perfectamente que ya de madrugada y en cualquiera de las muchísimas (y no exagero) paradas que iba efectuando aquel convoy, presa de agotamiento y sueño me tumbé en el suelo a dormir. Debía andar ya por el tercer o cuarto nivel de descenso cuando un empujón y un vozarrón me despertaron. Ante mí tenía a una pareja de la Guardia Civil, de aquellos con benemérito tricornio y capote que me increparon: “un falangista no anda tirado por los suelos, venga conmigo”. Os juro que en menos de un minuto tuve un asiento en el que descansar por fin. Quiero pensar que debajo de aquel capote verde, aún perduraba aquel joven idealista que en su juventud tomó las armas para combatir al comunismo en Rusia, y al que le había dolido ver a un muchacho de la edad de sus camaradas caídos en las trincheras, tener que dormir en el suelo como un perro.

Llegamos muy temprano a Cáceres, al bajar del tren nos reagrupamos unos pocos que llevábamos el mismo destino y habíamos compartido, pero en vagones diferentes, aquel infernal y eterno viaje. A fin de descansar algo más y esperar una hora más prudente para presentarnos, se nos ocurrió ir a dormir a la sala de espera de un hospital. Allí mismo tomaríamos nuestro primer desayuno cacereño.

Fueron nueve días de auténtica “comida de tarro”. Jóvenes llegados de toda España, compartimos tediosas charlas sobre como neutralizar asambleas comunistas, detectar propaganda, enfrentarnos a sus manifestaciones, etc. Aquellos instructores de presidencia del gobierno, llegados cómodamente en coches oficiales, con instrucciones directas de su jefe Carrero Blanco, ahora venían camuflados como mandos de la OJE para intentar que, de prisa y corriendo, nosotros les salváramos el culo. No dudo que los habría de buena fe, que quizá creyeran en lo que hacían, en lo que intentaban. Pero en los que yo sí creía, los que para mí aún hoy recuerdo con cariño y nostalgia, son aquellos jóvenes que como yo nos habíamos machacado el cuerpo en un tren, dormido en un pasillo de hospital y compartido nuestro primer desayuno.

Las charlas eran un auténtico tostón, cargadas de instrucciones y normas para desarrollar “en la calle”, en una España de fantasía que, en parte gracias a ellos mismos, ya no existía.

Habían creado un Régimen que, como Saturno, acabó devorando a sus propios hijos para que no le discutieran el poder.

Por contra nosotros pasamos nueve días de auténtica alegría juvenil. Nos contábamos nuestras experiencias en nuestros Hogares de la OJE (yo, como la mayoría de ellos, era Jefe de Círculo), de las carencias que padecíamos y, sobre todo, del paulatino arrinconamiento que llevábamos padeciendo. Hicimos excursiones por la provincia, recuerdo especialmente el poder observar las tripas de la Presa de Álcantara en su interior.

Desfilamos orgullosos y dignos en uno de los pasos de la Semana Santa cacereña. Conocimos chicas de las que tomamos direcciones que nunca llegaron a contestar. Recorrimos calles y callejones, disfrutamos del buen mosto y la sabrosa tapa, y, sobre todo, de unas eternas tertulias sobre nuestro futuro, sobre la angustia de lo que nos esperaba pero, sobre todo, de la tristeza de lo que podría haber sido y no fue, de promesas rotas, de ilusiones manipuladas, de tanto esfuerzo y sacrificio real, literal, para nada.

Era inevitable, no se podía esperar otra cosa, que al acabar nuestras tertulias de taberna o cafetería, mientras regresábamos al colegio mayor donde residíamos lo hiciéramos cantado, a viva voz prematuramente ronca y rota, aquellos versos maravillosos que describían a la perfección lo que nuestros corazones sentían, lo que aquella alma juvenil de rutas imperiales y montañas nevadas lloraba más que celebraba, y que el poeta y falangista Ángel María Pascual supo plasmar tan bien en su poema Envío, transformado en himno. Este poeta, como nuestro mundo, murió aún siendo joven, a la temprana edad de 35 años, todo un presagio.

Recuerdo perfectamente el ritual que seguíamos, al salir a la calle todos nos quitábamos la boina roja y en fila de a dos, mientras iniciábamos la marcha de regreso, serios y marciales empezábamos a cantar:

A ti, fiel camarada, que padeces

el cerco del olvido atormentado;

a ti que gimes sin oír al lado

aquella voz segura de otras veces:  

Te envío mi dolor. Si desfalleces

del acoso de todos, y cansado  

ves tu afán como un verso malogrado:

bebamos juntos en las mismas heces.  

En tu propio solar, quedaste fuera,

del orbe de tus sueños hacen criba.

Pero, allí donde estés, cree y espera.  

El cielo es limpio y en sus bordes liba

claros vinos del alba, primavera.

Pon arriba tus ojos, siempre arriba.  

 

(Del inédito libro: Nostalgia de la OJE)

EL CENIZO

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