LA REAL EXPEDICIÓN FILANTRÓPICA DE LA VACUNA

Hubo una época en que la viruela, bautizada como “el peor ministro de la muerte”, era el enemigo a batir más terrible de todos. El virus se cebaba fundamentalmente en niños menores de 10 años, aunque atacaba a cualquier edad. Muchos de los que sobrevivían quedaban ciegos.

Era tan letal que mataba al 90% de los infectados. Algunos especialistas dicen que a lo largo de los siglos, la viruela, enfermedad eruptiva, infecciosa, contagiosa y epidémica, mató a más personas que todas las otras enfermedades infecciosas juntas.

La vacuna antivariólica, la primera vacuna de la historia, fue descubierta en julio de 1796 por el médico rural inglés Edward Jenner, basado en los estudios realizados en el campo. Jenner había observado que las vaqueras quedaban protegidas del mal al desarrollar en sus manos unas pústulas benignas cuando ordeñaban a las vacas infectadas por las viruelas bovinas, constatando que las personas que estaban en contacto con vacas contagiadas de viruela bovina adquirían inmunidad respecto a la viruela humana, y extrayendo de las ubres de las vacas una pústula, útil para formar un virus que previene la viruela, comprobó el hecho en el niño James Phipps (de 8 años).

Tras las primeras pruebas, en poco tiempo se vacunaron 100.000 niños de Inglaterra. La vacuna se extendió como un arma preventiva por Francia, España e Italia. La vacuna llegó a España en 1800 y el médico gerundense Francisco Piguillem y Verdacer, con linfa procedente de París, vacunó a 4 niños en Barcelona.
Sin embargo, centenares de miles de personas morían en las colonias españolas del Nuevo Mundo y otros muchos lugares, pues aunque se había intentado enviar la vacuna a América con suero desecado entre dos cristales y sellado con parafina, siempre había llegado inservible. Tampoco se habían encontrado en las colonias vacas enfermas con su viruela.

En Navidades de 1802, la Corte tuvo noticias de que una epidemia de viruela afectaba a Nueva Granada, y Carlos IV, preocupado por los niños de la América española y Filipinas, tras consultar a sus cirujanos de la Real Cámara, emitió un edicto el 1 de septiembre de 1803 por el cual ordenaba la organización de una Real Expedición con el objetivo de llevar la vacuna contra la enfermedad por todos los territorios de ultramar, demostrando su responsabilidad con la salud no solo de los españoles de la metrópoli sino de todas sus colonias, incluso las más alejadas.

Carlos IV ordenó a su médico, el cirujano honorario de Cámara, Francisco Javier Balmis y Berenguer, liderar la aventura.
Balmis era un médico militar, nacido en 1753 en Alicante, que había vivido 10 años en América y presenciado en México los estragos de la epidemia de viruela de 1779 entre los nativos, conocía las técnicas de la inoculación y la vacunación, y a sus amplios conocimientos científicos se unían sus cualidades humanas, convirtiéndose en el candidato perfecto para encabezar el proyecto, completamente financiado por la Corona española.

Además se aprobó un cuerpo de leyes que posibilitaba tal fin. Los objetivos de la expedición sanitaria eran la vacunación de la mayor población infantil, la enseñanza a los médicos locales de la técnica antivariólica, la organización de Juntas de vacunaciones y el mantenimiento del suero para continuar las inmunizaciones.

Uno de los principales problemas que se presentaron a la hora de idear la expedición fue el método para conservar la vacuna en perfectas condiciones durante todo el trayecto, en una época donde no existía dispositivo para su refrigeración o congelación. El transporte de un fluido tan delicado como la vacuna de un continente a otro, en penosas travesías marinas que duraban meses, sin electricidad para mantener la cadena del frío, parecía insuperable. Se pensó incluso en embarcar a vacas enfermas.

Balmis propuso una ingeniosa solución: utilizar a un determinado número de niños como porteadores de la vacuna. No servía cualquiera, pues la vacuna solo era efectiva si los niños no habían sufrido antes la enfermedad, además debían ser de corta edad ya que la vacuna prendía en ellos con más facilidad.
El método de transmisión consistía en realizar una incisión superficial en el hombro, con una lanceta impregnada del virus bovino, unos días después surgían unos granos (los granos vacuníferos) que desprendían el valioso fluido antes de secarse definitivamente, en ese momento se traspasaba la vacuna a otro niño mediante el contacto de las heridas.

El rey dio su beneplácito y la corona española se comprometió a hacerse cargo de los niños que partieran de España hasta que fueran mayores de edad o pudieran valerse por sí mismos, con lo que la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna se puso en marcha.

Balmis contrató los servicios de 10 médicos, entre los que se encontraban algunos cirujanos recién graduados por el Real Colegio de San Carlos de Madrid, como el toledano Manuel Julián Grajales, el madrileño Antonio Gutiérrez Robredo, Rafael Lozano Pérez, Basilio Bolaños. También contó con la participación de sus sobrinos Francisco y Antonio Pastor Balmis, Pedro Ortega (enfermero de la expedición) y el cirujano militar catalán José Salvany Lleopart.

El médico obtuvo 4 niños de la Casa de los Desamparados de Madrid y 18 de la Casa de Expósitos de Coruña (que estaba bajo la tutela del Hospicio de Santiago de Compostela). La Rectora del Hospicio era Isabel Zendal Gómez, una mujer gallega de origen muy humilde, nacida en febrero de 1773.
Balmis, consciente de que con los 22 niños (de entre los 3 y 9 años) que conformaban el convoy sanitario, tendría que viajar alguien que los cuidara y protegiera para garantizar el éxito del proyecto, y habiendo llegado a sus oídos la buena fama de Isabel como gestora del centro y el cariño con que trataba a los huérfanos, la propuso incorporarse a la expedición. Así fue como Isabel Zendal, la única mujer, se unió a la aventura con su hijo Benito, de 4 años.

La Real Expedición salió de La Coruña, el 30 de noviembre de 1803, en la corbeta militar “María Pita” con el teniente de fragata Pedro del Barco y España como capitán de la misma, y un sueño: viajar alrededor del mundo para hacer llegar la vacuna contra la viruela, la enfermedad que más seres humanos ha matado a lo largo de la historia, a las colonias españolas del Nuevo Mundo, cruzando después el Pacífico hasta el continente asiático.

En aquella corbeta iban un grupo de hombres valientes y una mujer, con 2.000 pares de vidrios y 22 niños a los que fueron transmitiendo la vacuna, brazo a brazo.
La primera escala se realizó en Tenerife, donde vacunaron a cientos de niños.
Desembarcaron en San Juan de Puerto Rico el 9 de febrero de 1804 (en el viaje de Coruña hasta Puerto Rico murieron 2 niños, Tomás Melitón y Juan Antonio, de 3 y 5 años).

Vacunaba 2 niños cada vez para asegurarse de que esta cadena humana no se rompiera y que el fluido llegara en óptimas condiciones al otro lado del mundo. Los niños, una vez vacunados, ya no podían emplearse de nuevo en la cadena de transmisión, por lo que, en cada nueva etapa, Balmis se veía obligado a reclutar más en las casas de huérfanos. Una vez cubierta la etapa correspondiente, los niños eran devueltos a su lugar de origen (Balmis lo consiguió en casi todas las etapas excepto en la primera, y en 1810 todavía pedía a las autoridades que los niños de la península que estaban en México, volvieran a España).

La labor efectuada por esta expedición contó con la colaboración de las autoridades sanitarias, políticas y eclesiásticas locales de cada región para fundar las Juntas de Vacuna (instituciones formadas para perpetuar la vacuna contra la viruela, mantenerla fresca cuando la expedición continuase su itinerario y propagar su medicación).

Pero se encontraron con grandes dificultades, pues eran tiempos de guerra con Inglaterra y Balmis y sus hombres tuvieron que hacer frente a los peligros de los piratas, los naufragios, los temporales, y las agotadoras travesías por tierra, pues la expedición no solo surcó los mares, atravesó llanuras y montañas para proporcionar la vacuna a cuantas personas pudiesen.

Al llegar a Puerto Cabello el 8 de mayo de 1804, en la Capitanía General de Venezuela, y ante las noticias de nuevos brotes de la enfermedad, Balmis para llegar más rápido a todos los puntos, decide dividir la expedición en dos grandes grupos: un grupo de médicos y niños dirigido por él y el otro por el doctor Salvany.

—El grupo de Balmis se dirigió a Cuba, continuó al Virreinato de Nueva España, teniendo que atravesar el territorio desde Veracruz hasta Acapulco, para embarcar hacia Filipinas, donde vacunaron en Manila el 14 de septiembre y desde allí propagaron la vacuna por Asia.
Ya en China, el barco portugués de alquiler que le condujo hasta aquella penúltima etapa de su largo viaje había sido destruido por un tifón, llevándose la vida de 20 hombres, y el 16 de septiembre de 1805, Balmis, con una voluntad de hierro, logró llegar a las costas de Macao en una frágil canoa llevando en brazos a 3 niños que contenían en sus cuerpos la valiosa vacuna.
Desde allí el grupo expeditivo regresó a España, en dirección oeste atravesando los océanos Índico y Atlántico. En el Atlántico central, pasó cerca de la isla de Santa Elena (posesión británica), y pidió y consiguió el permiso para desembarcar y vacunar a sus habitantes.
Llegó a la península el 14 de agosto de 1806, siendo recibido con honores y felicitado por el Rey Carlos IV, en La Granja, el 7 de septiembre.

—La sub-expedición dirigida por José Salvany, prosiguió las labores de vacunación en el continente suramericano durante 7 años, recorriendo toda la cornisa occidental de Suramérica y encargándose de vacunar en el Virreinato de Nueva Granada, empezando por Caracas, luego Margarita, Cumaná, Maracaibo, Cartagena y Bogotá, continuó por el Virreinato del Perú (allí Salvany enfermó de tuberculosis) hasta Bolivia donde, el 21 de julio de 1810, Salvany murió a los 33 años de edad, cumpliendo la noble misión.
A la muerte del médico había que añadir la aparición de los enfrentamientos bélicos, connato de los primeros procesos de emancipación americanos. Ante estos problemas, el grupo suspendió la labor que estaba realizando y, doblando el estrecho de Magallanes, puso rumbo a Cádiz.

A principios del siglo XIX el mundo fue testigo del transporte, por orden del rey de España, de un antídoto que viajaba, vivo y activo, mediante las inoculaciones de brazo a brazo que posibilitaban los niños de la Expedición española, expedición que cambiaría el rumbo de la historia médica, desterrando del planeta Tierra la epidemia que más muertes ha causado en la historia de la Humanidad.

La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna inoculó a más de medio millón de personas en los dos hemisferios, desde América hasta Asia, desde los 40º de latitud norte hasta los 48º de latitud sur.
Como consecuencia de esta gesta sanitaria, se articuló una ley preventiva de la salud pública.

El propio descubridor de la vacuna de la viruela, Edward Jenner, escribió sobre la expedición española:
“No puedo imaginar que en los anales de la Historia se proporcione un ejemplo de filantropía más noble y más amplio que este.”

La Expedición altruista que dio la vuelta al mundo desde 1803 hasta 1810, con el objetivo de llevar la vacuna de la viruela a todas las provincias ultramarinas del Imperio español, llegando a 3 continentes, desde los Virreinatos de la Nueva España y el Perú hasta Filipinas, fue una hazaña científica jamás antes realizada, que salvó la vida a millones de personas de América y Asia, convirtiéndose en la primera campaña médica internacional que se ha efectuada en la historia de la humanidad.
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— Francisco Javier Balmis murió en 1819.

–Isabel Zendal no regresó a España. Después de viajar por infinidad de lugares del territorio de la América española y de las Filipinas, se asentó en Puebla (México) con su hijo Benito.
La Organización Mundial de la Salud la consideró a mediados del siglo XX como la “Primera enfermera de la historia en misión internacional”.

–De los huérfanos españoles que salvaron a la humanidad de la viruela solo se saben sus nombres: Andrés Nay (8 años), Antonio Veredia (7 años), Benito Vélez (4 años), Cándido (7 años), Clemente (6 años), Domingo Naya (6 años), Francisco Antonio (9 años), Francisco Florencio (5 años), Gerónimo María (7 años), Jacinto (6 años), José (3 años), José Manuel María (6 años), Juan Francisco (9 años), Manuel María (3 años), Martín (3 años), Pascual Aniceto (3 años), Tomás Melitón (3 años), Vicente Ferrer (7 años), Vicente María Sale y Bellido (3 años), Juan Antonio (5 años).
Balmis se preocupó por los niños de manera especial, en México hizo todas las gestiones para que fueran alojados en una residencia adecuada, y no en la casa de expósitos de la ciudad. También se preocupó para que fueran educados correctamente, pues estaban becados por el rey de España.
Los que llegaron a México fueron adoptados por familias mejicanas, pero el destino de la mayoría de los niños que hicieron posible la expedición de la vacuna es desconocido.

–En la Domus, el Museo dedicado al Hombre en la ciudad de Coruña, en una parcela triangular, mirando al Océano Atlántico que los vio partir, se levantan 12 columnas en memoria de todos los integrantes de la Expedición Filantrópica.

–La Organización Mundial de la Salud, el 8 de mayo de 1980, declaró el planeta Tierra zona libre de viruela, la única enfermedad erradicada en el mundo por una vacuna.
La humanidad deberá estar siempre agradecida a los héroes españoles que formaron parte de la Expedición, hombres y niños salvadores de vidas.

–En la actualidad, el más espantoso virus matador de seres humanos de la historia reposa en las neveras de 2 laboratorios en todo el mundo, en Atlanta (EE UU) y Rusia. Las autoridades se muestran opacas en detalles sobre las medidas de seguridad. Diversas voces han reclamado la destrucción total de las muestras; otras han pedido que se mantengan por razones de investigación.

ROSA M. CASTRO

 

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