LA RELIGIÓN DE LOS FUERTES. SAVITRI DEVI

“Hénokia, Cité monstreuse des Mâles, Antre des Violents, Citadelle des Forts. Qui ne connus jamais la peur ni le remords…”       Leconte de Lisle, Qaïn; Poèmes Barbares

Si tuviera que elegir un lema, sería éste: “Puro, duro, seguro”, -en otras palabras: inalterable-. Éste sería el ideal de los fuertes, a quien nadie abate, nada corrompe, nada hace cambiar; de los que se puede esperar la unión con lo eterno, porque su vida es orden y fidelidad.
¡Oh, tú que exaltas la lucha sin fin, aunque sea siesperanza, únete a lo que es eterno! Lo único que existe es lo
eterno; lo demás no es más que sombra y humo. Ningún individuo, hombre o bestia, ningún grupo de individuos, ningún pueblo merece que te inquietes por él en sí; cada uno de ellos, por el contrario, en tanto que reflejen lo eterno, merecen que te consagres a ellos hasta el límite de tu capacidad. Todos los seres y grupos naturales de seres reflejan lo eterno más o menos. Lo reflejan en la medida que se aproximen, en todos los planos, al arquetipo de su especie; en la medida en que lo representen de una manera viva. Quienes no representan más que sí mismos, aunque sean de los que hacen o deshacen la historia y cuyos nombres relumbran a lo lejos, no son más que sombra y humo.
Tú que exaltas la imagen del peñasco solitario expuesto a todos los asaltos del océano —batido por los vientos, batido por las olas, golpeado por el rayo y las tempestades, siempre cubierto de furiosa espuma, pero siempre enhiesto, milenio tras milenio—; tú que querrías poder identificarte con los hermanos en la fe, con el símbolo tangible de los fuertes, hasta el punto de exclamar:
“¡Somos nosotros! ¡Soy yo!”, libérate de estas dos mortales supersticiones: de la búsqueda del “bienestar” y de la inquietud por la “humanidad” -o guárdate de caer en ellas si los dioses te han dado el privilegio de ser desde tu niñez puro y libre.

El bienestar -que, para ellos consiste en su expansión natural, sin obstáculos; en no tener hambre, ni sed, ni frío, ni demasiado calor; en poder vivir libremente la vida para la que han sido hechos; y en ocasiones, para algunos de entre ellos, también en ser amados-, debería ser otorgado a los seres vivos que no poseen el don de la palabra, padre del pensamiento. Es una compensación que les es debida. Contribuye con todo tu poder a
asegurársela. Ayuda a la bestia y al árbol, -y defiéndelos contra el hombre egoísta y cobarde.
Da una brazada de hierba al caballo o al asno extenuado, un balde de agua al búfalo que se muere de sed, uncido como está desde el despertar del día a la pesada carreta, bajo el cielo ardiente de los trópicos; da una caricia amistosa a la bestia de carga, cualquiera que sea, a la que su amo trata como si fuera una cosa;
alimenta al perro o al gato abandonado que vagabundea en la ciudad hostil o indiferente, no encontrando jamás un amo; coloca para él un plato de leche en el borde del camino, y acaríciale con a mano si te lo permite. Lleva la verde rama, arrancada y arrojada a la polvareda, a tu casa, a fin de que nadie la aplaste, y ponla en un vaso de agua; está viva y también tiene derecho a tus cuidados. No tiene otra cosa que la vida silenciosa.
Ayúdales a gozar de la vida. Vivir es para todos los seres a los que la palabra no ha sido dada, la forma de estar en armonía con lo eterno. Y vivir, para estas criaturas, es la felicidad.

Pero los que poseen el don de la palabra, padre del pensamiento, y, entre ellos, los fuertes sobre todo, tienen otra cosa que hacer que buscar ser “felices”. Su tarea suprema consiste en reencontrar esta armonía, ese acuerdo con lo eterno del cual la palabra parece haberles privado; consiste en ocupar su lugar en el
concierto universal de los seres vivientes con todo el enriquecimiento, con todo el conocimiento que la palabra puede aportarles o ayudarles a adquirir; consiste en vivir, como los seres que no hablan, según las leyes santas que rigen la existencia de las razas, pero, en su caso, consciente y voluntariamente. El placer o el desagrado, la felicidad o la inquietud del individuo no cuentan.
El bienestar —más allá del minimum que necesita cada uno para cumplir su tarea—, no cuenta. Sólo cuenta una tarea: la búsqueda de lo esencial, de lo eterno, a través de la vida y del pensamiento.

Únete a lo esencial, a lo eterno. Y no te preocupes jamás de la felicidad (ni de la tuya ni de la de los demás); cumple tu tarea, y ayuda a los otros a cumplir la suya, siempre que la de ellos no contradiga a la tuya.

A.MARTÍN

Be Sociable, Share!

    Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

    ACEPTAR
    Aviso de cookies
    Web translate