LA REVOLUCIÓN DE IKEA

 

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“Somos los de abajo y vamos por los de arriba”, eso decía un slogan del 15-M.

Está muy bien eso, puedo hasta compartirlo en un momento dado, pero convendría definir los planos y por ende el estatus asignado a los dos niveles de referencia porque si no, la confusión se apodera de los asaltantes y la hipotética revolución se acaba convirtiendo en una merienda de negros -con perdón, que es frase hecha y recurrente- donde cada revoltoso asigna el rol de “enemigo de arriba” a aquél que más molesto le resulta sin detenerse a pensar si en verdad pertenece al colectivo abatible.

Escuetamente, se ha vendido -con gran habilidad por cierto y una irreparable complicidad de los medios de comunicación- la idea de que la regeneración es una revolución en sí misma (nada más lejos de la realidad, regeneración es un concepto absolutamente reaccionario) y que la revuelta es autodidacta, un “hágaselo usted mismo” como si fuera una estantería del Ikea, vamos, aquello de “elija usted su propio enemigo y elimínelo”.

La victoria electoral por encima de sus posibilidades de la extrema izquierda (recordemos que gobiernan en muchísimos ayuntamientos pese a ser la tercera o cuarta lista más votada) ha generado grandísimas expectativas entre la ciudadanía afín e incluso entre muchos “votantes del cambio” y la imposibilidad real de cumplir con las promesas prestadas -al menos dentro del marco de la legislación actual, estado de derecho… ¿les suena?- va a generar unas enormes dosis de frustración. Tanta, que se me antoja imparable por los mismos sujetos megalómanos que impulsaron esas ideas.

Lo cierto es que en la calle se empieza a palpar – además de aires de victoria inminente- un cierto ambientillo de crispación y de revancha, aunque no se sepa muy bien con quién o contra quién.

Carmena se reúne con Ana Patricia Botín y con Paco González, los dos amos del dinero en España, para “apretarles” según la feligresía roja. Permítanme que me descojone intuyendo quién leyó la cartilla a quién.

Me da el tufillo de que se está definiendo a “los de Villarriba y Villabajo” y verán ustedes cómo los de arriba, el enemigo a abatir, acaba siendo el de siempre, el de consenso por ambas partes: ¡¡Muerte al fascismo!!
Y la democracia estará salvada.

Como Villarriba.

LARREA     JUN/2015

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