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LA TRISTE Y VERGONZOSA HISTORIA DEL BATALLÓN LINCOLN (II)

 

[1ª parte: http://elcadenazo.com/index.php/la-triste-y-vergonzosa-historia-del-batallon-lincoln/]

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Algo después de la paliza en el Pingarrón nuevos voluntarios norteamericanos llegaron a Albacete y comenzaron un período de instrucción que iba a finalizar con el inicio de la ofensiva de Brunete. Con estos hombres se iba a formar un nuevo batallón, el George Washington, que se integraría junto al Lincoln y el batallón británico en la XV B.I.

En junio Hourihan había sido destinado a la Plana Mayor del regimiento (que ahora era un regimiento enteramente anglosajón, formado un batallón británico y dos norteamericanos), entre otras cosas seguramente por el escaso respeto que le tenían sus hombres. Se nombró comandante del batallón Lincoln a un negro (afroamericano, como dirían los políticamente cursis) llamado Oliver Law y que había servido, según parece, como sargento (según otras fuentes no pasó de cabo) en el ejército norteamericano.

Durante el período de instrucción en Albacete alguien consideró inoportuno contar a los nuevos voluntarios yanquis la realidad de lo que les había pasado a sus compatriotas del Lincoln en la Batalla del Jarama, ante la perspectiva de que la dura verdad pudiese afectar negativamente a su moral. De forma que les mintieron descaradamente y les contaron que el Batallón Lincoln había derrotado a las unidades fascistas a las que se había enfrentado, haciéndolas retroceder, causándoles estrepitosas pérdidas y haciéndoles un gran número de prisioneros y todo ello sin haber tenido que lamentar como bajas propias más que a un muerto y cuatro heridos. Los voluntarios del Washington rompieron en vítores y aplausos al escuchar el relato de las hazañas de sus compañeros.

Los comisarios políticos que decidieron mentir a los nuevos voluntarios tal vez no pensaron que en cuanto éstos llegasen a la Brigada y tuviesen oportunidad de hablar con los integrantes del Lincoln se enterarían de primera mano, por boca de los protagonistas de la batalla, de que habían sido engañados. De forma que el batacazo moral se produciría horas antes de entrar en combate, con muy poco tiempo para digerirlo. Y exactamente así fue. Los nuevos voluntarios yanquis del Batallón Washington se quedaron consternados cuando, pocos días antes de recibir su bautismo de fuego en la ofensiva republicana de Brunete, oyeron a sus compañeros hablarles de lo ocurrido en el Cerro del Pingarrón el 27 de febrero.

El verano de 1937 el general Vicente Rojo reunió una formidable fuerza de 80 mil hombres en dos Cuerpos de Ejército, el V y el XVIII, con fuerte apoyo artillero, de blindados y aéreo para conseguir un doble objetivo. Embolsar a las tropas nacionales que se encontraban a las puertas de Madrid por el Oeste en una maniobra envolvente y ayudar a las fuerzas del Ejército Popular del Cantábrico que se enfrentaban a la ofensiva de los nacionales distrayendo fuerzas de éstos hacia el frente de Madrid. La concentración de una fuerza de combate tan grande en un sector tan estrecho y contra un enemigo mucho más débil y desprevenido debía provocar una ruptura total del frente en pocas horas y una explotación rápida de la ruptura penetrando hacia el Sur con rapidez para enlazar en Alcorcón con las tropas del II Cuerpo que debían romper las líneas nacionales por el Sur, en Carabanchel, antes de que Franco pudiese movilizar a sus reservas.

El frente nacional en la zona estaba muy poco guarnecido y las escasas fuerzas que lo defendían fueron totalmente tomadas por sorpresa cuando la noche del 6 de julio los rojos desencadenaron el asalto. Aun así vendieron muy caro cada palmo de terreno y ganaron tiempo para que Franco pudiese movilizar a sus reservas.

La XV B.I. había sido desplegada frente al centro del dispositivo defensivo de los nacionales. Desde la plana mayor del regimiento “anglo”, Hourihan había desarrollado un plan táctico para la toma de Villanueva de la Cañada con un minucioso despliegue de las diferentes unidades. Pero justo antes del ataque nadie sabía dónde estaba Oliver Law. Según parece había desaparecido entre las masas de tropas preparadas para el asalto y fue incapaz de encontrar el camino para reunirse con sus hombres a su debido tiempo. Se había, literalmente, perdido. Ante la surrealista desaparición del comandante del batallón Lincoln, Hourihan, visiblemente indignado, tomó el mando poco antes del inicio del asalto. Las unidades, ante la ausencia de Law, no estaban desplegadas según el plan, pero había que iniciar el ataque y Hourihan no tenía ya tiempo para reordenar el despliegue, por lo que no tuvo más remedio que atacar Villanueva de la Cañada de forma totalmente improvisada. Justo en ese momento apareció Oliver Law y, apenas unos minutos antes de entrar en combate, Hourihan y Law se enzarzaron en una discusión a gritos repleta de improperios y maldiciones, delante de sus hombres. No era, desde luego, un buen comienzo.

Cuando empezó el asalto el fuego certero de los poquísimos defensores de Villanueva de la Cañada causó, como no podía ser menos, estragos entre los norteamericanos. Varios participantes en el asalto, uno de ellos un oficial que nunca quiso dar su nombre, aseguraron haber visto a su comandante Oliver Law agazapado cuerpo a tierra, inmóvil, paralizado por el miedo, mientras sus hombres caían bajo el fuego enemigo.

No obstante, los norteamericanos bolcheviques consiguieron, después de enfrentarse a una durísima resistencia, tomar Villanueva de la Cañada en colaboración con el batallón británico y el recién llegado Washington, lugar en el que se detuvieron unas horas para recuperar el aliento y enterrar a 30 muertos. Eran tan solo las primeras horas de la batalla y solo se habían enfrentado a focos de resistencia desorganizados y tomados por sorpresa. Y sus bajas ya eran terribles. Y los reproches ya estaban, una vez más, a la orden del día.

Ya en las primeras horas el avance frentepopulista perdió fuelle en ambos flancos al encontrar fuerte resistencia que ralentizó notablemente la progresión. Sin embargo, por el centro y una vez tomada Villanueva de la Cañada, se produjo un boquete en las líneas nacionales que los rojos intentaron explotar.

Por este hueco avanzaron los anglosajones del batallón británico y de los dos batallones norteamericanos hasta las proximidades de una colina llamada el Cerro del Mosquito en cuya cima los “fascistas” del I Batallón Expedicionario de Canarias se habían desplegado con la firme resolución de detener el avance rojo el mayor tiempo posible, conscientes de que las reservas nacionales estaban en camino y de que cada hora que pasase los rojos serían más débiles y ellos más fuertes.

Los defensores del cerro, sometidos a fortísimo fuego artillero rechazaron varios intentos de asalto de los norteamericanos apoyados por más de una docena de carros soviéticos T-26. En uno de estos asaltos caería Oliver Law, en circunstancias aún hoy bastante turbias. Según el escritor William Herrick, otro judío comunista que formaba parte del Lincoln y que participó en la batalla, y de acuerdo con testimonios de otros excompañeros, las balas que acabaron con la vida de Law no salieron de fusiles nacionales. Herrick asegura que fue asesinado por sus propios hombres, muchos de los cuales no le habían perdonado su cobardía y su incompetencia durante el ataque a Villanueva de la Cañada. Incluso afirma que los autores de los disparos orinaron sobre su cuerpo y lo dejaron abandonado al sol abrasador del verano mesetario. Comoquiera que el novelista Herrick, al igual que Orwell, rompió con el comunismo algo después de la guerra de España, los apologistas del batallón Lincoln restan todo valor a su testimonio.

En cualquier caso, lo que es incontestable es que, una vez más los norteamericanos fueron masacrados frente a otro cerro defendido por soldados mucho mejores que ellos. Las bajas superaron el 50 por ciento y, como consecuencia de ello, el batallón Washington, recién creado,  se fusionó con el Lincoln. Aunque su nombre oficial pasó a ser “Lincoln-Washington”, a la hora de la verdad, siguió siendo conocido únicamente como “Lincoln”, hasta hoy.

El batallón británico, por cierto, fue igualmente masacrado y entre sus bajas también figuró su excéntrico comandante, el declaradamente homosexual George Nathan, que se paseaba por el frente con una bastón con punta de oro.

Otro dantesco epílogo al fracaso de la ofensiva roja en Brunete fue el motín de la XIII B.I., compuesta mayoritariamente por judíos bolcheviques polacos. Esta B.I. que había luchado en el flanco izquierdo de la XV B.I. había sufrido terribles pérdidas intentando tomar el Cerro Romanillos. A mediados de julio, varios centenares, casi todos los integrantes de la brigada que no habían resultado muertos o heridos, se amotinaron y, con sus armas, se dirigieron a Madrid desafiantes. Fueron detenidos en Torrelodones por un fuerte contingente de la Guardia de Asalto reforzada por blindados que procedió a desarmarlos y arrestarlos. Los mandos de la brigada fueron juzgados y la brigada disuelta. Se volvería a formar un mes más tarde con nuevos reclutas y mandos, para actuar en el frente de Aragón, una vez más junto a los voluntarios norteamericanos de la XV B.I.

Aproximadamente una semana después de recibir la paliza frente el Cerro del Mosquito los oficiales al mando de los renqueantes y desmoralizados norteamericanos, el capitán Mirko Markovicz que había sustituido a Law al frente del batallón, Steve Nelson, que era el comisario político y el teniente Walter Garland, fueron convocados por el coronel alemán Klaus Becker, comandante de la XV B.I. en sustitución de Ćopić, para recibir órdenes. Debían avanzar hasta una nueva posición en primera línea del frente para cubrir el flanco de una compañía española.

Markovicz se quedó consternado y, aprovechando que tanto él como Nelson habían nacido y se habían criado en Yugoslavia antes de que sus padres emigrasen a los Estados Unidos, comenzó a hablar con Nelson en serbo-croata, lengua que su superior no entendía. No obstante, por el tono y los gestos, el coronel Klaus (como era conocido) intuyó que Markovicz estaba insubordinándose. Y estaba en lo cierto. Les ordenó que hablasen en inglés (lengua del traductor que había sido convocado a la reunión). Markovicz dijo que la orden era una calamidad y que no mandaría a su batallón a otro suicidio como el del Pingarrón o el del Mosquito. Klaus le advirtió de que estaba desobedeciendo una orden del cuartel general de la división. Y que debía cumplirla. Markovicz volvió a insistir en que no la cumpliría y entonces Klaus, delante de los otros dos oficiales americanos ordenó a Markovicz que le entregase su pistola. Estaba destituido y arrestado. El coronel entregó la pistola al comisario político Nelson y le hizo responsable de que los Lincolns cumpliesen su orden.

Markovicz no había durado como comandante del batallón ni diez días. Cuando los norteamericanos se enteraron de que debían volver “al fregado”, comenzaron a amenazar abiertamente con desertar, como habían hecho sus compañeros de la XIII B.I. unos días antes. Nelson tuvo que convocar una especie de asamblea y, subido a una roca, intentó motivar a sus hombres. Tuvieron la inmensa suerte de que, apenas se habían puesto en marcha entre murmuraciones y quejas, un mensajero comunicó a Nelson que la orden había sido milagrosamente revocada.

Después del fracaso de la ofensiva de Brunete el alto mando del Ejército Popular de la República decidió iniciar una ofensiva en Aragón la última semana de agosto de 1937 con el objetivo de tomar Zaragoza a los nacionales. Y los hombres del Lincoln formaban parte de las tropas que tomarían parte en ella. Tampoco esta vez iban a tener mucha suerte los yanquis bolcheviques. Iban a pasar del Cerro del Mosquito a Belchite.

Al frente del batallón Lincoln, después del arresto y destitución por insubordinación de Mirko Markovicz, se hallaba Hans Amlie, un tipo que en los años veinte había llegado al rango de cabo en el U.S. Marine Corps. Por su parte, Merriman, ya restablecido del tiro que había recibido en el asalto al Pingarrón, era ahora Jefe de Estado mayor en la XV B.I. En este cargo de alta responsabilidad iba a vivir durante la ofensiva una experiencia paradójica. El día 3 de septiembre a él le iba a tocar hacer de Ćopić frente a un Amlie que iba a hacer de Merriman. Pero no adelantemos acontecimientos.

Los últimos días de agosto los hombres de la XV brigada, entre ellos los norteamericanos, tomaron Quinto después de dos días de combates callejeros. Por primera vez desde su llegada a España los yanquis capturaron a unos centenares de soldados nacionales que, copados en una fortaleza en lo alto de un cerro, se habían quedado sin suministro de agua. Según narró Merriman en sus memorias, él personalmente interrogó a los oficiales y luego ordenó su fusilamiento. Después, sus hombres, los que se suponía que venían a ayudar al pueblo español, emprendieron un concienzudo saqueo de Quinto.

El siguiente objetivo sería otro pueblo, Belchite. El día 1 comenzó el asalto. El día 3 los norteamericanos habían vuelto a sufrir un durísimo castigo. En ese momento, Merriman llamó a Amlie y le ordenó que sus hombres saliesen de las trincheras y tomasen la iglesia, lugar que por sus recios muros constituía un baluarte de la resistencia enemiga. Al primer asalto los yanquis se retiraron después perder 20 hombres. Merriman volvió a llamar ordenando otro asalto. Hans Amlie se negó y Merriman se puso furioso. Parecía haber olvidado su historia con Ćopić en el Pingarrón. Le gritó a Amlie que se iba a enfrentar a un consejo de guerra si no obedecía sus órdenes. Pero el comandante del batallón no estaba dispuesto a ceder. El propio Merriman se había amotinado en el Jarama, Markovicz había hecho lo mismo en Brunete y ahora le tocaba el turno de amotinarse a Amlie. La desobediencia y el motín se estaban convirtiendo en una seña de identidad del batallón Lincoln.

Finalmente Amlie, de mala gana, accedió a reanudar el asalto frontal, pero después de que se autorizase un previo ataque de diversión por un flanco.

Después de una semana de combates casa por casa Belchite cayó en manos frentepopulistas. No obstante, la durísima resistencia de los nacionales fue desgastando el ímpetu inicial de los atacantes y, al igual que había sucedido en Brunete, la ofensiva fracasó. A costa de un enorme esfuerzo y de soportar bajas terribles los rojos solo habían avanzado unos pocos kilómetros y no habían alcanzado ningún objetivo de valor estratégico. Zaragoza seguiría en manos nacionales hasta la victoria final.

La batalla de Belchite le había vuelto a salir muy cara al Lincoln. Hans Amlie fue herido y Merriman, que volvió a tomar el mando del batallón, volvió a ser herido, igual que el comisario político Steve Nelson. En su conjunto, el batallón había perdido casi 300 hombres y había vuelto a quedar reducido a un par de maltrechas compañías. Y aun así lo peor estaba por llegar.

De Teruel al sálvese quien pueda de Gandesa (en la próxima entrega).

JORGE ÁLVAREZ

 

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