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LA TRISTE Y VERGONZOSA HISTORIA DEL BATALLÓN LINCOLN (I)

Leemos estos días que David Simon, el famoso productor de televisión judío norteamericano, creador de la famosa serie The Wire, va a producir una serie sobre la “Brigada Lincoln”, según han publicado distintos medios con profusión de entrevistas incluidas al sujeto. Participará en el proyecto el grupo Mediapro, del millonario trotskista y catalanista Jaime Roures (cuyos ancestros hebreos resultan bastante evidentes en sus rasgos faciales).

La serie, naturalmente, nos contará muchas mentiras y nos ocultará muchas verdades. Desde el inicio, puesto que la Brigada Lincoln nunca existió. No fue más que un pequeño batallón de la XV Brigada Internacional.

Como resulta evidente que de la alianza productora entre dos narigudos progres solo puede surgir una mentira tan grande como la nariz de Roures, me permitiré contar algunas cosas del Batallón Lincoln que seguramente no veremos en la serie.

La práctica totalidad de sus integrantes eran comunistas estalinistas afiliados al Partido Comunista de los Estados Unidos de América.

Casi la mitad (como poco) de sus integrantes eran judíos yanquis. Casi la totalidad de los “Lincolns” eran de procedencia urbana, casi todos ellos criados en Nueva York y otras grandes ciudades del Este de los Estados Unidos (lugar en el que reside la mayoría de los judíos norteamericanos). Casi ninguno tenía experiencia militar y, al ser urbanitas, tampoco tenían experiencia en el manejo de armas, algo que sí tenían y tienen casi todos los norteamericanos de las zonas rurales desde su más tierna infancia (pero, en las zonas rurales no viven los judíos).

Esta siniestra banda de aventureros se alistó en las Brigadas Internacionales reclutadas por la Komintern soviética en la convicción típicamente racista de los anglosajones de que en España se estaba librando una “guerrita” de opereta latina y que iban a poder vivir una fantástica aventura romántica en la España que ellos seguían imaginando como la retratada en la Carmen de Prosper Mérimée, desfilando entre los aplausos de los atrasados españoles a los que iban a redimir y pegando tiros de vez en cuando desde las ventanas de una venta quijotesca, contra un enemigo de poca monta sin correr ningún peligro, bebiendo vino y siendo agasajados por latinas vestidas con faralaes mientras su presencia sería mitificada para la propaganda del bando frentepopulista por Hemingway, Herbert Matthews, Martha Gellhorn, etc. Solo acertaban en esto último. Su choque brutal con la realidad de nuestra guerra tuvo lugar nada más bajar de los camiones que los situaron al pie del cerro del Pingarrón en febrero de 1937 en el marco de la Batalla del Jarama, el intento nacional por cortar las carreteras de Valencia y Barcelona y aislar a Madrid del resto del territorio bajo control del Frente Popular. Su bautismo de fuego iba a ser digno de una especie de vodevil gore.

A mediados de febrero el batallón había sido concentrado en la plaza de toros de Villanueva de la Jara al mando del capitán James Harris, que durante un tiempo había alcanzado el rango de sargento en el ejército estadounidense y que habitualmente estaba borracho como una cuba. Su segundo al mando era Robert Hale Merriman, un tipo cuya única experiencia militar era haber formado parte del Reserve Officers’ Training Corps, es decir, algo parecido a los reservistas voluntarios en España. Después de atender a los discursos interminables de los jefes de la Brigada, incluido el francés André Marty, conocido como “el carnicero de Albacete”,  al anochecer llegaron los camiones para llevar a los judeoyanquis comunistas al frente.

El capitán Harris, borracho como de costumbre, había desaparecido. En la oscuridad, los dos primeros camiones de “lincolns” equivocaron la ruta en un cruce y, en vez de girar a la izquierda, continuaron de frente, justo hacia las líneas nacionales. El fuego cruzado acribilló al primer camión y el segundo chocó con él. Una veintena de yanquis cayó antes de empezar la batalla propiamente dicha. La cosa no empezaba bien, pero iba a terminar peor. Mucho peor.

Sujetando el cerro del Pingarrón, que en una semana había cambiado de mano varias veces, se habían apostado legionarios y regulares del coronel Asensio. Se trataba de soldados de verdad. Los rojos yanquis lo iban a comprobar pronto.

Los “lincolns” se habían atrincherado frente a las líneas nacionales. Como no sabían cavar trincheras en condiciones sufrieron numerosas bajas por disparos de francotiradores. Sus posiciones eran muy poco profundas y las habían cavado de forma tal que sus siluetas, que permanentemente asomaban sobre los deficientes parapetos, se recortaban perfectamente sobre el horizonte.

Sin avanzar un solo metro ya habían sufrido varias decenas de bajas, todas ellas debidas a la supina incompetencia militar de oficiales y tropa.

El capitán Harris, aparentemente recuperado de su enésimo coma etílico, reapareció sorprendentemente después de dos días en paradero desconocido y ordenó a sus hombres salir de sus precarias defensas para hacer una marcha nocturna por tierra de nadie entre los olivares que conducían a las líneas nacionales. En medio de la noche, cuando la marcha se había convertido en una especie de desordenada romería nocturna y los centinelas nacionales comenzaron a abrir fuego, Merriman, después de una fuerte discusión a gritos que atraía aún más el fuego enemigo, obligó a Harris a ordenar el regreso de los voluntarios al punto de partida. Seguramente esta decisión salvó temporalmente al batallón de la práctica aniquilación. Pero solo por unas horas.

El 23 de febrero, por primera vez desde su llegada a España, los rojos yanquis iban a tener que luchar de verdad. De los 450 voluntarios que habían salido de la plaza de toros de Villanueva de la Jara una semana antes solo quedaban 373 aptos para el combate ¡sin haber llegado a pegar un tiro ni haber conquistado un palmo de terreno! El coronel Vladimir Ćopić, un comunista croata al servicio de la Komintern y que estaba al mando de la XV Brigada, ordenó a Merriman asaltar el Pingarrón.

Los “lincolns” comenzaron a avanzar entre los olivos por los que ya habían pasado con Harris en su absurda salida nocturna unas horas antes. Un par de carros soviéticos T-26 protegían su avance. Uno de ellos fue rápidamente alcanzado y el otro optó por no seguir avanzando. Los brigadistas yanquis comenzaron a sufrir el fuego certero de las tropas coloniales de Asensio. Los que no fueron muertos o heridos al intentar avanzar primero y retroceder después optaron por arrojarse al suelo y esperar la llegada de la noche para intentar volver a las posiciones de partida. Con la oscuridad, medio a tientas y a trompicones, los norteamericanos fueron regresando a sus trincheras, dejando entre los olivos, heridos y moribundos, a muchos compañeros cuyos gritos de socorro y dolor escucharon toda la noche.

El batallón tuvo ese día 80 bajas, 20 muertos y 60 heridos entre graves y leves. De los 450 iniciales solo quedaban aptos para el combate 263 hombres. Y seguían sin avanzar un metro.

Al día siguiente llegaron setenta yanquis de refuerzo, algunos de ellos aún con ropas civiles y con la misma carencia de aptitudes militares que sus compañeros. El capitán Harris, que se había desmoronado bajo un ataque de pánico, fue evacuado en una ambulancia y nunca se reintegró al batallón. Más tarde fue asignado a la XIII BI, y cayó en combate probablemente en el verano de 1937 en el transcurso de la batalla de Brunete. Merriman asumiría el mando del batallón americano.

Ćopić volvió a insistir. Había que desalojar a los fascistas del Pingarrón. Se planeó otro asalto del Lincoln para el día 27 precedido de una poderosa preparación artillera. Merriman estaba, al igual que sus hombres, aterrado ante la perspectiva de volver a tener que lanzarse sobre las posiciones de los legionarios de Asensio. Él y sus hombres ya se habían dado cuenta de que no estaban en una guerrita romántica para hacerse fotos entre latinos desarrapados. Frente a ellos tenían a unos soldados aguerridos, muy profesionales… y muy poco piadosos.

Cuando los cañones rojos acabaron el bombardeo de preparación, los yanquis seguían en sus trincheras y no daba la sensación de que fuesen a salir. Ćopić llamó indignado al timorato Merriman y le ordenó avanzar. El yanqui comenzó a balbucear excusas incongruentes que solo consiguieron enervar más aún a Ćopić. Merriman le dijo que las granadas de la artillería no habían caído sobre las posiciones enemigas y que las unidades que debían proteger sus flancos no habían avanzado un solo metro. Ćopić, que seguía el curso de las operaciones desde una posición que le permitía tener una visión del campo batalla más nítida y amplia que la trinchera en la que estaba parapetado Merriman, le dijo que sus flancos ya habían avanzado y que las posiciones que él estaba identificando como enemigas eran realmente la retaguardia del batallón que cubría los flancos de su avance y que se encontraba 700 metros por delante de él. Ćopić, fuera de sí, gritó a Merriman que sacara a sus hombres de la trinchera y que avanzase sobre la colina de una vez. El comandante yanqui, apesadumbrado, ordenó avanzar y decidió dirigir personalmente el asalto. Apenas había avanzado unos metros cuando una bala le alcanzó en el hombro y le fracturó el omóplato. Fue trasladado a la trinchera mientras sus hombres caían muertos y heridos entre los olivos por decenas. Sin esperar a que oscureciera, un teniente, el británico George Wattis, ordenó el repliegue. Cuando los hombres sanos que se encontraban cuerpo a tierra agazapados se incorporaron para cumplir la orden de retirada ofrecieron excelentes blancos y fueron cazados por los tiradores nacionales.

Cuando después Wattis ordenó a los que permanecían en la trinchera salir a auxiliar y llevar munición a sus compañeros que permanecían en el olivar, los “lincolns”  se negaron encolerizados. Desobedecer las órdenes de sus mandos cuando les pedían arriesgar sus vidas más allá de lo que ellos consideraban razonable sería una constante entre los hombres de este batallón.

La mayoría de los pocos afortunados que siguieron agazapados, y abandonados a su suerte por sus compañeros hasta la noche, consiguieron volver con vida al amparo de la oscuridad.

La mañana del 28 de febrero quedaban unos 150 “lincolns” aptos para el combate. Y seguían sin haber avanzado un solo metro.

El 1 de marzo los supervivientes del Lincoln decidieron reunirse en asamblea con el comisario político de la XV BI, el francés Jean Barthol para exponerle sus quejas y demandas. Se trataba de un auténtico motín y así se lo hizo ver a sus hombres el comisario político del batallón, Samuel Stember y varios oficiales. No sirvió de nada. Los soldados abandonaron irresponsablemente sus posiciones defensivas dejando apenas un puñado de centinelas y se encaminaron hacia retaguardia para entrevistarse con Barthol. Básicamente exigían ser retirados de primera línea, algunos porque exigían descanso y otros directamente porque querían volver a los Estados Unidos. Y, además, que se juzgase en consejo de guerra a los responsables de haberles ordenado asaltar el Pingarrón. De hecho consiguieron que un tribunal militar juzgase al teniente Wattis por haber sacado la pistola para conseguir que los “lincolns” cumpliesen su orden de salir de la trinchera y atacar al enemigo. Wattis fue absuelto, pero nadie en el Ejército Popular de la República tomó medidas contra la banda de revoltosos que se habían amotinado por pura cobardía. Este episodio demuestra la catadura de estos sujetos, que no eran soldados, no lo habían sido nunca, sino agitadores políticos y sindicales en fábricas, puertos y universidades del Este de los Estados Unidos. Como posteriormente reconocería un miembro del batallón, Morris Mickenberg, “no parecían sino niños llorando por su mamá”. Casi con total seguridad si se hubiese tratado de voluntarios polacos, húngaros o rumanos, todos los cabecillas de la asamblea habrían sido fusilados y el batallón desbandado entre otras unidades, como veremos más adelante. Pero eran norteamericanos y el gobierno de la República no quería de ninguna forma que la opinión pública mundial se enterase de que los voluntarios yanquis, a los que se había publicitado apasionadamente y a los que Hemingway citaba elogiosamente en sus artículos, habían sido castigados por amotinarse.

Un contrataque nacional a medidos de marzo expulsó a los voluntarios de la XV BI de sus posiciones. Martin Hourihan, en ausencia del convaleciente Merriman tomó el mando del batallón. Cuando a mediados de abril el comandante Hourihan ordenó contratacar a sus hombres para recuperar el terreno perdido en marzo, estos se amotinaron de nuevo y se negaron en redondo a volver a lanzarse contra las posiciones de los legionarios y regulares que tenían enfrente. Martin Hourihan prefirió pasar por alto el incidente y cedió. Los “lincolns” se iban a quedar de momento a cubierto en sus nuevas trincheras. Hourihan reconoció en una entrevista posterior que sus hombres habitualmente le mandaban a “tomar por culo” cuando les daba una orden.

Pronto las deserciones comenzaron a ser cada vez más frecuentes. Las cifras más bajas que dan los apologistas del batallón reconocen unas 130 deserciones. Autores más críticos dan cifras por encima de los 200. Considerando que se trata de un batallón que nunca tuvo sus efectivos completos y que en sus mejores momentos rondaba los 450 hombres, la cifra es anormalmente alta, se mire como se mire. Sirva como dato comparativo que en la División Azul, una unidad también voluntaria de 18 mil hombres y por la que pasaron cerca de 45 mil, se produjeron unas 150 deserciones.

El 2 de julio el Lincoln recibía la orden de marchar hacia el Oeste de la capital, hacia la zona de Valdemorillo para participar en la ofensiva de Brunete. Una vez más, los “lincolns” iban a tener mala suerte. Iban a pasar del Cerro del Pingarrón al Cerro del Mosquito.

JORGE ÁLVAREZ

 

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