LA UNIDAD DE LA CULTURA OCCIDENTAL

(Extractos del libro La proclamación de Londres, del frente de liberación europeo)

Desde el principio, la cultura occidental ha sido una unidad espiritual. Este hecho básico y formativo universalmente contrasta del todo con el punto de vista ignorante y superficial de aquellos que mantienen que la idea de la unidad de Occidente es nueva, un elemento técnico que sólo se puede producir a partir de una base limitada y condicionada.

Desde su llanto de nacimiento en las Cruzadas, la cultura occidental tuvo un Estado con su emperador a la cabeza, una Iglesia y una religión, el cristianismo gótico, con un Papa autoritario, una raza, una nación y un pueblo que se sentía distinto y unitario, y que también era reconocido por las fuerzas exteriores. Había un estilo universal, el gótico, que inspiró y dio forma a todo el arte, desde los oficios hasta las catedrales. Había un código ético para la relación entre los estratos culturales, la caballería occidental, creado a partir de un sentimiento del honor puramente occidental. Había un idioma universal, el latín, y una ley universal, la ley romana. Incluso en la adopción de formas más antiguas, no-occidentales, Occidente fue unitario. Convirtió esas formas en una expresión de su propia alma y las universalizó.

Más importante que todo esto, esta cultura se sentía a sí misma como una unidad de poder en contra de todas las fuerzas externas, fueran bárbaros, como los eslavos, turcos o mongoles, o civilizados, como los moros, judíos o sarracenos. Diferencias nacionalistas embrionarias existieron desde entonces dentro de Occidente, pero estas diferencias no eran sentidas como contrastes, y no tenían todavía la posibilidad de convertirse en el foco de una lucha por el poder. Un caballero occidental estaba peleando por su patria ya fuera en una batalla contra los eslavos o los turcos en las ciénagas orientales alemanas, contra el moro en España, Italia o Sicilia, o contra los sarracenos en el Levante. Las fuerzas externas reconocían también esta unidad interna de Occidente. Para el islam, todos los occidentales eran catalogados como el mismo tipo de infieles.

Esta elevada unidad cultural desarrolló consigo sus ricas posibilidades en las naciones-idea, en las que se realizaría gran cantidad de la historia occidental, ya que formaban parte del plan divino que una alta cultura crea como fases de su propio desarrollo; no sólo elevadas unidades estéticas, escuelas de música, pintura, y lírica, elevadas unidades religiosas y filosóficas, escuelas de misticismo y teología, grandes instituciones de conocimiento natural, escuelas de técnica e investigación científica, sino también elevadas unidades de poder dentro de sí misma; emperador contra papado, Estados contra emperador y Papa, sublevaciones contra el rey, nación contra nación. Durante los tiempos góticos, la lucha por el poder intercultural entre emperadores y Papas estuvo siempre estrictamente subordinada, por la conciencia universal, hacia la amenaza exterior de los miembros ajenos a la cultura, el bárbaro y el pagano. Las naciones existían entonces, pero no como unidades de poder, no como organismos políticos. Los miembros de las distintas naciones se sentían a sí mismos diferentes de los demás, pero las diferencias en ningún caso determinaban por completo una distinta orientación de la vida. Un ataque eslavo, turco, o moro era recibido en Europa por fuerzas conformadas de todas las partes de Europa.

La primera expresión política de Europa fueron las Cruzadas, en donde Europa fue una unidad de poder, actuando unitariamente en contra del mundo externo en una auto-afirmación de su alma recién nacida. Paralelamente a esta forma de política se originó la tensión, que duraría tres siglos junto a la cultura, entre las facciones gemelas de emperador y Papa. Y entonces durante la mitad del siglo XIII comenzó la revuelta de los grandes barones y obispos contra el poder absoluto de los emperadores y el papado. Este fue un paso adelante contra la unidad cultural primaria, pero en ningún modo afectó la gran idea esencial de unidad de Occidente vis-à-vis cualquier fuerzan extra-cultural. Inclusive, durante este período, el Papa decretó que la ballesta era una arma barbárica y prohibió su uso contra todos los miembros de la cristiandad occidental, pero expresamente aprobó su uso contra los bárbaros y paganos.

El incremento de la diferenciación política dentro de la cultura fue el simple proceso orgánico para conformar las múltiples posibilidades del alma de la cultura occidental. Todo este proceso era necesario orgánicamente, e incluso divinamente, ya que el alma de una alta cultura es una emanación directa de la mente creadora de Dios. El desarrolló desembocó con el rompimiento de la unidad religiosa de Occidente, en el Renacimiento, la Reforma y la Contrarreforma. Este fenómeno, religioso de origen, nos muestra el significado verdadero de lo político: donde sea que una idea o movimiento supra-personal ascienda en intensidad hasta el punto donde se involucre una cuestión de vida o muerte, entonces se convierte en político, independientemente de si su origen perteneciera a la esfera de lo no-político. A partir de ese momento, los competidores son Estados, organismos políticos, independientemente de cómo se denominen ellos mismos, y la manera en que el organismo se conduce es de manera política: dividiendo el mundo en amigos y enemigos; buscando el poder, y no la verdad; persiguiendo la alianza, la guerra y la negociación, y no la conversión y la salvación. Esta es la lección que nos dejan los siglos tanto de la Reforma como los del conflicto Imperial-Papal.

El acompañamiento al rompimiento de la unidad religiosa, que se convirtió a sí misma en una lucha política, fue el ascenso del Estado dinástico, y el inicio de guerras interculturales a grandes escalas entre los Estados occidentales. De nuevo, el proceso desunificador de la cultura fue limitado. Las guerras inter-europeas que tomaron lugar estuvieron condicionadas con un gran pacto, sentido y comprendido por todos, de que los Estados europeos pertenecían al mismo mundo cultural. En consecuencia estas guerras nunca procedieron al aniquilamiento político del oponente. Eran llevadas sólo hasta el punto limitado en donde la guerra se convirtiera en objeto de negociaciones, las cuales satisficieran a ambos bandos.

La entrega de una franja de territorio, o el reconocimiento de una herencia, eran las cuestiones a las que se limitaban estas guerras interculturales. La escala de estas guerras dinásticas se incrementó gradualmente, hasta que la forma dinástica llego a su fin, hacia el final del siglo XVIII, cuando una nueva forma de lucha por el poder intercultural emergió. Fue también durante estos siglos de política dinástica, con sus guerras limitadas, y su consecuente preservación de la unidad cultural, que otro tipo de política, con otra forma de guerra, se introdujo entre las unidades políticas occidentales y las fuerzas externas: la política absoluta.

Estas guerras no estaban condicionadas bajo la mutua afiliación a la alta cultura, ni la presencia de un código de honor en común, ya que el bárbaro y el pagano no compartían el sentimiento de las obligaciones de la caballerosidad occidental. Las Guerras Husitas (1420-1436) nos muestran la naturaleza de la guerra entre un pueblo perteneciente a la cultura occidental y un pueblo bárbaro. Por dieciséis años, los ejércitos husitas ocuparon largas áreas de Alemania, quemando, ultrajando, asesinando, destruyendo. Esta explosión de nihilismo eslavo estaba desconectada por completo con cualquier objetivo militar, y fue entonces una temprana expresión de lo que hoy llamamos bolchevismo, el espíritu de negación y destrucción, donde sea que se manifieste, que clama por la aniquilación de todo lo occidental. Durante los siglos del Gótico y el Barroco, fueron primordialmente Alemania y España quienes protegieron el cuerpo de Occidente, y lo salvaron de los horrores bárbaros, los cuales serán su destino, si es que las fuerzas externas prevalecen.

Sobre el autor.

Francis Parker Yockey, con su nombre, o tal vez con su pseudónimo, Ulick Varange, pasará a la Historia como uno de los mejores ensayistas políticos de su tiempo; como el continuador de Spengler en su monumental Decadencia de Occidente. Yockey nació en Chicago en 1917. Se graduó en bellas artes y en derecho. Era economista, pianista a nivel de conciertos y conocía varias lenguas. En 1946 se le ofreció un empleo en el tribunal de crímenes de guerra que, en Wiesbaden, juzgaba a los jefes nazis de segunda fila (los de primer rango habían sido procesados en Núremberg) Yockey trató de llevar a cabo su tarea de una forma objetiva por lo que fue objeto de severas reprimendas por parte de sus superiores jerárquicos. En consecuencia, dimitió de su cargo aconsejando a los jueces que elaboraran ellos mismos su propia propaganda, por ser él un abogado, y no un periodista. De regreso a América, tuvo dificultades para reintegrarse a la vida civil, por lo que regresó a Europa. Se instaló en una posada en Brittas Bay (Irlanda), y allí, aislado, sin notas, escribió, en seis meses, su monumental obra Imperium. El siguiente paso consistió en publicar la obra, tanto por la endémica escasez de medios económicos, como por la falta de colaboración de los editores, siempre temerosos de la no por invisible menos eficaz censura democrática. Finalmente, en 1948, y bajo el nombre de Westropa Press, fue editado por Brooks y Jones & Dale, de Londres, en dos volúmenes, con 1.000 ejemplares del primero y 200 del segundo. Esa discrepancia en la cantidad y el cambio de impresores, del primero al segundo volumen, es prueba de la dificultad de financiar la obra. Posteriormente se harían más ediciones, por la Noontide Press, de Sausalito, California. La primera traducción de la obra en castellano fue en 1977. Posteriormente fue traducida al alemán. En 1949, Yockey organizó el frente de liberación europeo y en 1951 publicó un manifiesto titulado La proclamación de Londres. Sus esfuerzos no tuvieron continuidad, por falta de fe o de preparación en sus inmediatos colaboradores. En 1952, el Departamento de Estado rehusó renovarle su pasaporte. El F.B.I. le sometió a severa vigilancia, cual si se tratara de un delincuente peligroso. ¿Cuál era el motivo de esa vigilancia? Tal vez la respuesta la haya dado el propio Yockey, cuando afirmaba que sus enemigos le habían valorado mejor que sus amigos. Para William Carto, su amigo, colaborador, editor y prologuista, la razón por la cual a Yockey había que vigilarle, había que atosigarse y molestarle, había que encarcelarle, la razón, en fin, por la cual él debía morir, no era otra que la de haber escrito Imperium. El 17 de junio de 1960, la radio anunció que el extraño escritor Yockey se había suicidado con cianuro de potasio. Nadie supo dónde se lo había procurado. No hubo autopsia, pese a ordenarlo la ley. El caso se dio por concluido. Imperium es, como dice el propio Yockey, más que un libro. Es una obra que interpreta exactamente el pasado del organismo cultural llamado civilización occidental, Europa, mundo blanco, lo que queramos llamarle y partir de él, nos proporciona una visión optativa del porvenir. La opción es dual: o bien Occidente, víctima de un parasitismo cultural varias veces repetido en el curso de la Historia, aunque sin parangón en cuanto a su virulencia, se rehace y, siendo fiel a sí mismo y a su alta misión, vuelve al camino marcado por su destino, o sigue el camino actual: democracia – socialismo – marxismo – mundialismo, que le lleva a una destrucción cierta e ineluctable, y a corto plazo. Por las páginas de Imperium, tras unos atinadísimos estudios sobre las perspectivas históricas y políticas del siglo XX, se analizan, engrosados dentro del concepto de vitalismo cultural, la salud y la patología cultural – es decir, total – del organismo histórico. Acaba la obra con una exposición cruda, desapasionada y objetiva del fenómeno geopolítico llamado América, considerado por Yockey como una colonia cultural de Europa. En forma de apéndice se estudia la situación mundial, con una serie de observaciones, que eran profecías en 1948, cuando el libro se publicó, y son, hoy en día, realidades. Es importante tener en cuenta el significado del pseudónimo que Yockey eligió como autor de Imperium: Ulick Varange. Ulick es un nombre irlandés – no se olvide que fue en Irlanda donde el libro fue escrito – derivado del danés, y significa regalo de la mente. En cuanto a Varange, se refiere a los varangios, la rama de los vikingos que conducidos por Rurik y llamados por los eslavos, civilizó Rusia en el siglo IX, construyó el Estado imperial ruso y fundó la base de la aristocracia rusa que fue asesinada por los bolcheviques en 1917. Ulick Varange, pues, nombre extraído de dos conceptos anclados en ambos extremos de Europa, significa una Europa unida desde los rocosos promontorios de Galway hasta los Urales, como él mismo pide angustiosamente en su libro. Varange significa, además, un recuerdo al origen occidental de la Rusia histórica. Biografía extraída del libro La cultura de la otra Europa.

ALFRED HORN

 

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