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LA VERDAD COMO TRANSGRESIÓN

“Llegará el día en que será preciso desenvainar la espada por afirmar que el pasto es verde”.
G. K. 

Nunca he sido muy fan de Chesterton, pero la frase que encabeza estas líneas me parece una de las más definitorias de esta época de neolenguas estúpidas, dogmas aberrantes y doctrinas disparatadas.
Son muchas las batallas que se riñen en el mundo, pero el epítome y confluencia de todas ellas es la pugna entre los poderes que pretenden convertir la sociedad en un anodino, mestizo y sumiso rebaño de trabajadores semiesclavos y consumidores-deudores y los que, desde distintas, pequeñas y cada vez más cercadas trincheras, nos oponemos. No hay más.
Las doce tribus de innombrables artífices de la dogmática globalista han elevado a la categoría de virtuosismo la estrategia del “divide y vencerás”.
Detrás de toda la verborrea feminista, de la impostada ideología de género y de cualquier disparate de los que se pintarrajean en las tetas las Femen o se repiten como verdades incuestionables desde telediarios, tertulias y hasta púlpitos, subyace la cada vez menos disimulada intención de enfrentar a mujeres y varones.
Cualquier idea, delirio o moda absurda que sirva para cargarse a la familia como núcleo de la sociedad, les vale. A la familia europea, blanca y consciente de sus raíces, claro. Eso que los progres, los cursis y los imbéciles llaman “familia tradicional” con un tono ligeramente despectivo.
Para la ortodoxia políticamente correcta, esa que dicta la corrección del lenguaje, la redacción de las noticias, los libros de texto y hasta los guiones de las películas, cualquier grupo de convivencia que no sea el formado por un hombre y una mujer de raza indoeuropea con sus hijos es digno de alabanza, subvención y preeminencia.
La inmigración de grandes masas de población extraeuropea persigue – además de la precarización laboral que favorece a corto y medio plazo a la oligarquía financiera- la extinción del pueblo europeo y su sustitución por una sociedad informe y culturalmente amnésica de mestizos sin identidad.
La inevitable conflictividad social y el aumento de la delincuencia son camuflados mediante la ocultación y manipulación de la información y burdos pero efectivos trucos del lenguaje.
Desde las bien aleccionadas y controladas tribunas periodísticas, se oculta sistemáticamente que, por ejemplo, la gran mayoría de los casos de violencia doméstica en España son protagonizados por extranjeros. Se oculta asimismo la nacionalidad de los delincuentes cuando éstos son extranjeros mientras que se airea farisaicamente cuando son españoles. Incluso cuando son falsos españoles o falsos europeos en general, es decir, extranjeros a los que se les regala cada vez con mayor facilidad la nacionalidad española, francesa o alemana aunque sean africanos, caribeños, andinos o devotos guerreros del Profeta Mahoma.
El día al que se refería Chesterton, ya ha llegado. Ya hay que desenvainar la espada para defendernos de los inquisidores que vendrán a silenciarnos cuando digamos que el pasto es verde. Que un gato que nace en una perrera no es un perro. Que un hombre disfrazado de mujer, no es una mujer. Que un africano o un amerindio no son – y nunca serán- europeos por muchos documentos que así lo proclamen.

J.L. ANTONAYA

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