LAS CIFRAS DEL GULAG

Quienes, en cantidades industriales y desde principios de los años 20′ hasta mediados de los años 50′ del pasado siglo XX, tenían la desgracia de cruzar los umbrales de los campos concentracionarios levantados en la Unión Soviética podían leer, a la entrada de los mismos, lemas de un cinismo tal que “El trabajo es una cuestión de honor, gloria, valor y heroísmo” (sic) u “Honor y gloria al trabajo, ejemplo de entrega y heroísmo” (sic).

Y es que las cifras son (según las propias estadísticas elaboradas a partir de los Archivos de la Federación Estatal Rusa) alucinantes: unos 5’5 millones de ciudadanos soviéticos sufrieron represión política entre 1921-1953, unos 2’5 millones las colectivizaciones forzosas entre 1930-1933 y unos 2’3 millones fueron deportados a los campos de trabajo ubicados en Siberia, Asia Central, Kazajistán, los Urales o el lejano Oriente entre 1937-1944.

A los que hay que añadir alrededor de 36 millones juzgados por algún tipo de delito (desde criminales a simples ofensas) entre 1918-1953 y cerca de 18 millones condenados en base a los llamados “decretos de guerra” entre 1941-1956.

Así, el GULAG (culminación al arresto, la cárcel, los interrogatorios, las torturas y el transporte) se convirtió en el destino final de una cantidad ingente de personas (además de rusos, ucranianos, bielorrusos, letones, lituanos, estonios, kazajos, armenios, georgianos, chechenos, cosacos, polacos, moldavos, rumanos, alemanes, griegos, españoles, japoneses…) a los que aquél se tragaba (rigores del clima, trabajos extenuantes, falta de alimentación, malos tratos y enfermedades) cual gigantesca máquina de picar carne humana.

Ocurre que si hoy los nombres de Kolimá, Vorkutá, Intá, Karagandá, Magadán o Kengir no se conocen en toda su dimensión es porque sobre el sistema más totalitario, represor y criminal de la Historia (ése que aquí apadrinó al Frente Popular y que formó alianza con “los buenos” en la Segunda Guerra Mundial) continúa operando una propaganda tan inicua como eficaz que solapa sus innumerables crímenes bajo un ideario de aparente anhelo de justicia social

Un ideario que, por ser la fachada de un fraude homicida, destrozó la vida de aquellos obreros y campesinos que, no ya en la “Patria del Proletariado” (allí donde un tercio de los salarios era retenido por el Estado o el 80% de la producción quedaba en manos de la Nomenklatura), sino a lo largo del mundo, abrazaron semejante distopía.

NO NOS ROBARÁN LA HISTORIA NI LA MEMORIA.

CACHÚS 

 

 

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