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LAS EXTRAORDINARIAS AVENTURAS DE FLIP EL ANTIFA: EL REGRESO DE VIOLETA

 

La noche estaba irascible.
El final de cada rayo alargaba las sombras de los objetos en la estancia convirtiéndolos en lúgubre comparsa del pertinaz sonsonete de la lluvia arrojada violentamente contra los vidrios de los ventanales.
El fuego moribundo de unos leños agotados brillaba a hurtadillas en la oscuridad con cada golpe de aire que se deslizaba por debajo de la pesada puerta de maciza mobila vieja, prendiendo a duras penas en la chimenea durante miserables segundos.
Mientras, las ramas de los árboles venían y se iban trémulas y quebradas, mecidas en el baile dantesco de la furia desatada, y todo en el interior se ensombrecía ante la certeza de que no es la mano de Dios sino del mismísimo Belcebú la que maneja la ira tempestuosa de los elementos.

Largos, prolongados aullidos que encogen el alma: ¿serán de alimañas?, ¿serán del viento?, se levantan entre el remolino de las hojas muertas del hayedo que ayer tapizaban la senda hasta alcanzar la cerca.
Unos pasos se escuchan lejanos, lentos, cual si más que caminar arrastraran el pesado lastre de su propio cuerpo.
Con cada trueno más y más próximos, ya el oído distingue con nitidez el suave crepitar del encaje de unas ropas femeninas mientras de fondo se escucha -sutil- una canción de Los Pecos.

“Felipe, soy yo, he vuelto”.
El corazón de Flip salta ligero de su retiro prostrado en pos de su cuerpo, que ya se encuentra afanoso descorriendo cerrojos y doblando llaves por franquear la entrada a su amada.
“Hola Flip, ¿t’acueldas de mí?”.
¡¡¡Aaaaaaaahhhhhhh!!!

“¿Otra vez esa pesadilla Felipín?” dijo Margarita abriendo las cortinas y dejando pasar violentamente el sol de mediodía a la habitación.
Flip, con la cabeza aún sumergida bajo la seguridad de la almohada, se despereza sonoramente y protesta por la súbita irrupción en su cuarto del brillante astro con cuya presencia se agita la vida de esta sucursal.
Despega los ojos alternativamente para comprobar que su madre ya salió por la puerta; mientas, desde la pared, atrapados con chinchetas y a tamaño natural, el Che Guevara despeinado y espléndido, y el Cojo Mantecas rompiendo a muletazos una farola municipal e inocente, le ignoran fíjamente.

Con una mano rascándose los huevos y la otra tanteando las paredes, alcanza Flip la mesa de la cocina donde ya mamá ha depositado amorosamente el Tulipán, una bolsa de croissants acabados de hornear en el obrador de confianza, una humeante taza de café Marcilla -mi café- con leche apta para celíacos, un zumo de navelinas valencianas recién exprimido, dos tostadas de pan Bimbo -sin corteza-, sacarina, cuchara, cuchillo y tenedor, y un par de servilletas de papel primorosamente decoradas por Agatha Ruiz de la Prada en su última colección de papilomas cerebrales majestuosos, de venta exclusiva en el supermercado de El Corte Inglés.

Haciendo caso omiso del maternal despliegue capitalista, Flip se dirige al refrigerador -nevera, en el argot de los pobres- y se hace con una litrona de Choleck de chocolate que se aprieta al galló mientras despanzurra con sus torpes dedotes una caja de Donetes blancos.
Margarita le mira desaprobadora en tanto indica con gesto displicente de la mano a la asistenta peruana que ya puede retirar el servicio frustrado.
-No puedes alimentarte solo de esa porquería industrial, Felipín.
-Pos a mí me mola.
-Me preocupa, pero me preocupa más tu recurrente pesadilla, estoy pensando en pedirle una cita a don Gaspar…
-Don Gaspar es un puto lokero.
-Es un profesional, uno de los mejores psiquiatras de la capital, y llegará hasta el fondo del problema, y… bla, bla, bla…

Flip aparcó a su madre cual ruido de fondo y centró su mirada, ausente y ensoñadora, en el reloj de la pared, rememorando aquella tarde pasada en el Burger King con Violeta, su perro y sus diábolos voladores.
¿Cuánto tiempo había pasado?, ¿un año?, tal vez más.
Y no había conseguido sacársela de la cabeza. Al principio de la ausencia, todos los días preguntaba por ella a Berta; ésta, siempre esquiva, afirmaba no saber nada de su paradero, pero Flip intuía que mentía. Luego las preguntas se fueron espaciando en el tiempo hasta que dejó de hablar de ella, aunque en realidad, la frágil Violeta seguía prendida a fuego en su corazón.
Una larga correlación de pitidos que anunciaban escuetos mensajes de whatsapp sacó a Flip simultáneamente de su atontadera y del eco perdido de la cháchara de su madre.
Era el Guevara.
“Alerta antifascista”, “Todos contra VOX”, “Pablo Iglesias el puto amo”, “Movilizar batucada”, “Parada de metro Vallekas”, “Pilla mandanga al Mojamé que yo estoy boquerón”.

Cerca de las 6 de la tarde, el Puente de Vallecas quedó convertido en el sueño húmedo del fabricante de Filvit champú. Un par de cientos de truñales (2.000 según La Sexta y 20.000 según la Organización) pertrechados de sendos tambores y bombos se dispusieron a saltar los tornos del apeadero del Metro ante la despreocupada presencia de un par de madelmans de servicio con instrucciones precisas de silbar y mirar al cielo mientras el desaseado rebaño se entregaba al cometido.
A Flip, antaño le molaba ser de los primeros y chulearse a los guardias mientas botaba el resto de la manada; hasta que un buen día, su colega el Pollo se pasó de listo viéndose en aplastante mayoría y allí mismo se quedó muñeco. Desde entonces, nuestro valeroso antifa escoge con gran sentido común los discretos segundos planos en las movidas.
Saliendo por las escaleras de Tetuán, Flip reconoció de inmediato la plenitud de los límites geográficos de Berta. Ésta, lucía una camiseta con vagina desbocada estampada y la leyenda “me lo como todo” sobre su espalda, y blandía una bandera del arco iris en una mano mientras con la otra parecía aferrarse a alguien.
“Esa Bertuki” gritó Flip, y girándose la morsa dejó a la vista de sus ojos la fina silueta y la cara angulada de Violeta.

Instantáneamente a nuestro héroe se le paró en seco el corazón.
-Vi, Vi, Vi, Vi…oleta
-Hola Felipe, ¿cómo estás?
-Pos ya ves, por akí
-Ya te veo, ya. De hecho, he venido por verte
El alrededor se congeló en torno a la pareja, y mientras ambos se querían reconocer en la mirada del otro el mundo entero les ignoraba, y ellos al mundo.
-¿Damos un paseo?
-Pero, ¿y la manifa?
-No he venido por la mani, ya te dije que había venido por verte

Violeta cogió suavemente la mano de Flip y los dos caminaron en silencio hacia la línea donde el sol comenzaba a ocultarse entre las tuyas y los cipreses.
-Te fuiste
-En realidad, no.
-¿Cómoooooo?
Y la malabarista vicetiple del diábolo y las mazas comenzó a relatar a Flip cómo efectivamente aquella mañana del día después salió dispuesta a dejarle, pues por entonces no soportaba la intransigencia impuesta por los roles sexuales burgueses. Y cómo tras disponer de billete para Londres, ella misma empezó a encontrarse indispuesta. Y cómo tras diagnosticarle una enfermedad tropical erradicada, de contagio furibundo, le descubrieron un segundo diagnóstico de pronóstico mucho menos esperanzador. Y cómo había pasado el último año al cuidado de la institución religiosa que la acogió, tocando la bandurria en la rondalla y ayudando en lo que podía. Y cómo había pasado un año entero reflexionando sobre su tiempo, el vivido y el que inexorablemente se agotaba.

-¿Has pillao el cáncer?
-No Felipe, tengo la otra.
Ella siguió hablando, y hablando sin parar, mientras Flip la observaba sin encontrar palabras. Cada vez que intentaba abrir la boca, un trago de saliva caliente acudía a su boca y sus ojos se humedecían, amargos y perdidos.
“Te eché de menos, aunque no al principio, solo a partir de que Berta me dijera que preguntabas por mí todos los días… ¿sabes?, nunca me habían amado de verdad, y eso a pesar de la putada que te hice. Me gustaría tener la oportunidad de otra vida, la viviría de otra manera y, tal vez, te dedicara un buen tiempo de ella. Pero tiempo en ésta, es lo que ya no me queda. Y no quería irme sin decírtelo”.

La tarde ya cerraba sus sombras cuando Flip dejó a Violeta en el lugar que se había convertido en su hogar.
Pocas semanas después, Berta llamó de buena mañana pero Flip no le cogió el teléfono, ya sabía que Violeta se había ido.
Esa misma madrugada, en su recurrente sueño, la noche estaba irascible… pero cuando Flip abría la pesada puerta de maciza mobila vieja, Violeta le besaba con dulzura en los labios.
Y lentamente, amaneció.

LARREA  EN/2018

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