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LAS INCREÍBLES AVENTURAS DE FLIP EL ANTIFA PRESENTA: FLIP Y LA MÁQUINA DEL TIEMPO (VII)

CAPÍTULO 7: UNA RAVE ANTIFA

-Si tengo que ir personalmente a buscar ese listado alguien esta noche se verá montado en un taxi de camino al columbario de Aravaca”

-Mire don Tomás que hago lo que puedo pero la lista de desaparecidos de la Lincoln es casi imposible de elaborar en tan poco tiempo porque a los cadáveres aún en la ladera hay que sumar los desertores… parece que tras la batalla hubo una asamblea de soldados y se negaron a acatar las órdenes. Hay casi dos centenares de brigadistas -un número ciertamente inusual- que han abandonado las armas y deambulan por las carreteras con la intención de volverse a Manhattan o a Miami. Ahora mismo, ni a Andorra le harían ascos

El Matacuras por enésima vez volvió a extender sobre su mesa la relación de bajas confirmadas del Pingarrón y de la Colina del Suicidio, y ayudándose de una regla para que no escapara ninguno a su vista buscó el nombre que le atormentaba… pero nada. Ni con escuadra y cartabón aparecía entre los muertos el soldado McFly. “Cabrón de Flip, te libraste… sí me aparece el Garicuper, herido en el hombro y evacuado, pero esa parte yo ya lo sabía, pero tú… ¿dónde te escondes pajarito?”.

Miguel y Flip apeados de su transporte en la Castellana encaminaron sus pasos hacia el centro de la urbe.

-¿Dónde me llevas tronko?, ya empiezo a tener gusa…

– Al Palacio de Zabálburu sede de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, tengo algunas ideas para acercar la cultura a nuestros soldados y elevar la moral de guerra

El edificio requisado a los condes de Heredia Spinola era un magnífico caserón de arquitectura racionalista neogótica que ocupaba en tres plantas todo el chaflán de la calle, con invernadero propio y pabellón con terraza abalaustrada para tomar limonada cuando los rigores del estío.

“¡Casoplón, colega!” dijo Flip entusiasmado mientras el poeta tocaba el picaporte del portalón de madera y por las ventanas se escapaban alegres voces y música de jazz.

-¡Coño Miguel!, esta sí que es una sorpresa, verás qué alegría va a llevarse Teresa cuando te vea.

-Flip, te presento a Rafael Alberti. Rafa, este es Flip, soldado de permiso, como yo.

-Pasad hombre, no os quedéis plantados, precisamente estamos dando una fiesta para unos amigos, todos grandes luchadores antifascistas

“Ostias, ¡si es una rave!” exclamó Felipín cuando entró en el amplísimo salón.

La aguja del gramófono atravesaba una pizarra con los últimos éxitos del baile de moda, a tal volumen que los Sorolla y los Madrazo parecían seguir el ritmo desde su lugar en las paredes mientras un tipo negro arremangado en camisa y pantalones enseñaba los pasos a la parroquia.

Dos recias mesas de banquete soportaban, una las viandas y otra las bebidas, ambas manteladas y generosamente surtidas, en tanto los invitados iban de aquí para allá con su cháchara ajenos a nada que no fuera el ágape.

-¿Qué es esto Rafael?

-Es jazz, el negro es el poeta Langston Hughes… ¡hay que ver cómo baila el tío!, vive aquí, lo ha traído Dos Passos, ¿conoces a John?, el muy cabrón ha comprado enterita una requisa de vino a la Checa de Fomento, pero la tiene guardada para él solito en su habitación del Florida… ¡el poder del dólar, amigo!

-No… no te preguntaba por la música, me refería a la comida, la bebida…

-Bueno, intentamos que no falte de nada pero percebes con el cabrón de Franco ocupando el norte, está últimamente complicado. Pero tienes champagne francés, queso manchego y jamón serrano al corte y un chivo recién sacado del horno, todo ello ¡a la salud de la República!

Miguel Hernández miró a su alrededor y recordó las privaciones de las trincheras de las que recién llegaba… Y vio el reflejo de sí mismo en el descomunal espejo de alabastro labrado a mano que presidía la estancia: su pelliza negra hecha jirones, su mono azul, tan de obrero, que hasta tenía agarrado en propiedad el olor a sudor, sus manos cubiertas de raspones y su cuello de picaduras de chinches, sus ojos profundos y tristes que habían visto morir en aquel primer año de guerra a tantos chiquillos idealistas…

-Rafa, lo que yo aquí veo es mucho hijo de puta y alguna puta…

-¿Cómo dices?

El poeta alicantino cogió una tiza y escribió en grandes letras sobre un encerado exactamente la frase que acababa de largar al anfitrión.

Solo la música de fondo daba testimonio del inmenso silencio que en aquel momento se produjo en la sala. Alberti estaba lívido. Teresa León, mujerona ella que doblaba tamaño y peso de Miguel y triplicaba en salud fue la primera en reaccionar y dirigiéndose al menudo poeta le asestó un derechazo que le hizo saltar un diente.

“Vaya ostión kolega” pensó Flip mientras se apresuraba, aprovechando la confusión, en llenar los bolsillos de su guerrera con el papeo que tenía a mano, intuyendo que la fiesta para él y su amigo, estaba a punto de acabar.

León Felipe y el propio Alberti hicieron los honores y tiraron a patadas a los dos entrometidos en lo que se tarda en decir “salud”.

(continuará)…

LARREA

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