LAS INCREIBLES AVENTURAS DE FLIP EL ANTIFA PRESENTA: THELMA Y FLIP (capítulo1)

 

Cuenta una leyenda medieval que en los primeros años de nuestra era, varias personas de la provincia romana de Judea íntimamente relacionadas con Jesús el de Nazaret tuvieron que huir de la persecución desatada por el Sanedrín contra los seguidores del Mesías ejecutado. Embarcados, atravesaron el Mare Nostrum impulsados por un viento celestial hasta la costa francesa, donde desembarcaron en una pequeña localidad marinera próxima a Arlés.
Allí, José de Arimatea (que llevaba consigo el vaso con el que se consagró la última cena), María Magdalena, los hermanos Marta y Lázaro de Betania, María Salomé y María de Cleofás, se instalaron secretamente.
Les acompañaba como sirvienta una adolescente de origen egipcio llamada Sara…

La pequeña Sara con el fin de mantener oculta la identidad de sus señores limosneaba por las poblaciones cercanas. Las gentes del lugar debido al color tostado de su piel la conocieron como “Sara la gitanilla”.
El pueblo caló la conoce como Santa Sara, o con el cariñoso apelativo de Sara Kalí.
La Iglesia, aunque nunca ha admitido su santidad, sí reconoce y autoriza su culto milenario.

Desde hace cientos de años, gitanos de toda Europa se reúnen en La Provenza para orar, cantar, bailar y sacar acompañada de caballos blancos en procesión a su patrona hasta sumergirla en la mar, en una alegre y sentida romería que se celebra a finales de mayo en el pequeño pueblo marinero de Saintes-Maries-de-la-Mer.

La vida es como una caja de bombones, nunca sabes que te puede tocar…
Nada parecía indicar que la Venta hubiera conocido tiempos mejores. Ni siquiera un luminoso chillón, de aquellos que periódicamente anuncian en las carreteras solitarias atisbos de civilización, señalaba la presencia del polvoriento parking donde un camionero había apeado a Flip con su macuto de las ocasiones especiales.

Apenas hacía 24 horas que había salido de su casa, pero ya eran 15 más de las que había previsto para llegar a su destino: el Maratón Musical Antifascista de Lisboa.

Las cosas de la vida –un morao prematuro a cuenta de lo que vendrá- le habían dejado como un leño en un banco de la estación de Atocha justo cuando los paneles anunciaban la inminente salida de su Alsa.

Sacado de Morfeo a los malos modos por un vigilante posiblemente fachoso, nuestro héroe lejos de volverse a su keli se dirigió a la Autovía de Extremadura lanzando al aire su pulgar, con su macuto y el envés de un cartón de Zumos Vida donde había escrito “LISVOA”, como toda compañía.

Los primeros días de junio estaban castigando singularmente las áridas tierras del Extremo Duero, y Flip ya estaba echando en falta el fresco airecillo que emanaba del salpicadero del camión que le había recogido en las estribaciones de Navalcarnero, y que además de aliviar los rigores de la calor, dulcificaba los aromas a sobaco y tabaco que fluían alegremente de la camiseta interior modelo imperio que lucía –exterior- el amable conductor.
Flip, plantado en medio de ninguna parte, observó al Pegaso de cuatro ejes desapareciendo en una nube de polvo que tardó varios minutos en desvanecerse completamente para abrir a los ojos del antifa el paisaje donde, nuevamente, quedaba reconvertido en extraviado peatón.

Una breve mirada periférica bastó para ubicarse en un cruce de caminos que tal vez en los años 50 fuere parada de postas con pretensiones pero que ahora tan solo ofrecía el sabor agrio de los sueños frustrados en un motel de dos plantas con “restaurante moderno” a pie de calle; unos sombrajos de cañizo pillados por los pelos con esquejes de alambre oxidado y a duras penas sustentados por tuberías desechadas como todo soportal; un par de casetas anexas y añejas, de salubridad inquietante, levantadas con bloques de hormigón repintados y deslucidos eternamente donde podía leerse “wc damas” y “wc gentleman”; una amplia explanada que reclamaba a voces destempladas varias pasadas de zahorra y asfalto que alguna vez sirvió de aparcadero para vehículos pesados, enfrentando una gasolinera con dos únicos surtidores sin franquicia ni estándar de calidad reconocible; todo ello enmarcando un aparatoso e inerte pozo de recia piedra de rio, eje central del lienzo, con su apolillado armazón tramado de madera que pretendía elevarse trémulo al cielo para ingenuo anunciar: “Fonda La Coneja. Habitaciones y self service”.
Media docena de señales del MOPU resumiendo la equidistancia a Badajoz, Salamanca y Portugal completaban la foto de familia.

“Pos ya estoy más cerca” razonó positivo Flip caminando intuitivamente hacia el lugar de donde exudaba a su libre albedrio un intenso olor a papeo acompañado de un humo denso que sería considerado contaminante en cualquier otro lugar del planeta.
De un solo brinco superó los tres o cuatro escalones que le separaban de la puerta, no sin antes dejar caer un par de monedas entre los pies de un anciano que recostado en los peldaños de la arcada dormitaba con un cartel de rendición en el que se leía: “a cualquier parte”.

-Un paquete de donetes negros y un calimocho
-¿Perdón?.
-No… que, ¿qué se come aquí?.
-Hoy tenemos de menú, liebre con arroz.
-¿Y qué más?.
-De la carta… sopa de menudillos de codorniz, jabalí con castañas, migas de pastor con perdiz, caldereta de setas y venado, pajaritos fritos con ajo y pan rallado… no hay mucha parroquia últimamente por estos lares y no hacemos acopio, apañamos lo que la tierra presta.
-Pos yo es que soy animalista, estoy contra la caza, el maltrato animal y tal…
-¿Chuletas de cordero con patatas?.
– ¡Cojonudo!, y un litro de Mahou.

Un ventilador de techo distribuía equitativamente el bochorno por el comedor vacio, mientras Flip terminaba de sacar brillo a su plato con sendos tropezones de pan sobao que trasegaba sin dificultad sorbiendo la cerveza a morro.

“La plaza estaba abarrotá, Linterna” se choteó el antifa al hostelero mientras abonaba la comanda.
-Sí, atravesamos una mala racha desde que la reconversión industrial consumó la muerte del mundo rural, aquí pasamos de los caciques al desierto en un santiamén. Con todo y con ello, el ir y venir de los autobuses con las gentes que iban a servir a los señoritos de Madrid fue nuestra época de esplendor, pero la llegada de la democracia con las autovías y sus variantes y la puta Guía Michelín, nos quedamos para vestir santos.
“Puto capitalismo” dijo Flip con sus cero años cotizados mientras se inmortalizaba en la fonda con un selfie de su Samsung última generación, cámara de 600 megapíxeles y asombrosas funciones.

-No obstante, estamos en temporada alta. No tardarán en llegar los romeros, si las cuentas no me fallan están al caer.
-¿Romeros?
-Los gitanos de Portugal que acuden todos los años donde los gabachos a la Romería de Saracalí, hacen parada y fonda aquí, a la ida y a la vuelta.
“Pos vaya clientela” pensó Flip acomodándose en el único rincón umbrío del exterior para fumarse el porro reglamentario del mediodía y echar una cabezadita en tanto valoraba como diablos iba a escapar de aquel agujero.

En ello estaba cuando detuvo bajo el sombrajo su descapotable Citroen 2 CV amarillo canario, melena al viento, una rubia con silueta de maniquí y toma pan y moja.

-Esa mierda que fumas te va a matar.
Flip cambió el enfoque para reparar en que tras él se encontraba inadvertido, menudo y avispado, el viejo del cartel.
-¿Qué pasa contigo abuelo?
-Abuelo… tiene gracia, si fuera tu abuelo ya te habría zurrado la badana y enseñado modales. Eso que respiras te va a dejar las meninges como pasas de uva. No eres muy inteligente si pretendes luchar así contra el Sistema.
-¿Y tú eres?…
-Don Onésimo, octogenario y maestro nacional jubilado.
-Soy el Flip

Ambos personajes, cada uno de ellos llegados hasta aquel hoyo extremeño desde distintos planetas, se estrecharon cordialmente la mano formalizando las presentaciones y de manera intuitiva a pesar del desencuentro original, empatizaron.

CONTINUARÁ…

LARREA

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