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LAS INCREÍBLES AVENTURAS DE FLIP EL ANTIFA PRESENTA: THELMA Y FLIP, EL DESENLACE

“Buenos días nos dé Dios” saludó el personaje que avanzadilla de la partida entró magnífico en el comedor.
“Buenos días don Facundo y ¡viva la Saracalí!” respondió solícito y servicial el tabernero.
Don Facundo Cabrales, patriarca del Clan mudaba cómodo para viajar: un Borsalino ajado, tal vez pardo, tal vez ocre, cubría ladeado su cabeza en la que destacaban las pobladas cejas de una sola pieza a juego con un mostacho rematado en punta, y mosca quevedesca sub labial. Terno de riguroso negro con clavel blanco en el ojal y reloj de bolsillo Roskopf en el chaleco sobre la camisa solapera y floripondia imposible de combinar sin que fuera considerado delito en los países civilizados, abierta sobre un pecho más que velloso: frondoso, en el que destacaban no menos de media docena de cordones de colorao del tamaño de cadenas de bicicleta. Botines de petimetre y bastón de mando con flecos de cuero completaban la finísima estampa.
Sus manos, con más anillos que dedos, aferraban firmes una pequeña talla de madera ante la que el anfitrión insinuó media genuflexión en señal de respeto.
Tras el patriarca pegados a sus talones como su propia sombra, dos maromos cetrinos tal que el de en medio de Los Chichos pero mazas, con el pelo engominado hasta la nuca rematando en caracolillos, gafas oscuras, ropas oscuras y oscuros bultos entre los riñones y el cinturón, inundaron de inquietud con su mera presencia la estancia.
-Señor Geovani, señor Sarandueses, encantado de recibir nuevamente a los custodios en mi casa.
“Gracias hombre, ¿quiénes son los gachós?” preguntó uno de ellos con un gesto de la cabeza indicando la dirección del trío lalalá.
-Solo clientes de paso…
En pocos segundos el comedor llenó hasta el más recóndito de sus confines de una parroquia alegre y colorida, sedienta, hambrienta y sobre todo con ganas de estirar los músculos. El tabernero se acercó a la mesa del ventilador e informó:
-Los romeros… ya les dije. Llevan veinte horas de viaje sin detenerse, con sus furgonetas, rulotes y remolques de caballos, son personas de costumbres. Va a haber una fiesta en el parking y con seguridad que durará hasta el amanecer, me encarga don Facundo que les informe que serán bienvenidos si quieren participar de ella.
“Seguro que sí, ¡el flamenco me chifla!, mis manos son pajarillos” dijo la de Santurce poniéndose en pie y enredando sus brazos en el aire mientras taconeaba como si se hubiera apoderado de ella el espíritu de Antonio Gades.
-Oiga, ¿y esos tipos tan siniestros?
-Son los custodios. El honor de sus familias, juramentados de generación en generación desde hace siglos para la custodia de la reliquia.
-¿Qué reliquia?.
-La Imagen de Saracalí, la Virgen de los gitanos. Según cuentan fue tallada en el siglo primero con la mismísima quilla del naufragio de la parentela del Nazareno, allá donde el francés. Se le atribuyen poderes mágicos y dice la leyenda que mientras esté en poder del pueblo romaní, éste pervivirá.
“Debe valer una fortuna” pensó Thelma en voz alta mientras observaba por la ventana el fuego de las primeras hogueras levantándose hasta las estrellas entre los corros de zíngaros dando palmas y vivas, y las reatas de caballos abrevando de pozales, con sacos de paja colgados del cuello y pateando tranquilamente el polvo con los cuartos traseros y las orejas gachas.
-No tiene precio señorita.
“Curiosa etnia” reflexionó don Onésimo: han permanecido fieles a sus ritos y costumbres durante siglos, impermeables a la sociedad que les rodea…
La fiesta fue subiendo de temperatura con el calor que imprimían al que venía de serie, el yantar, el beber y las guitarras. Flip y Thelma bailaron todos los palos durante horas como genuinos zíngaros con don Onésimo observándoles, a ratos divertido y otros somnoliento, sentado sobre una silla de playa en compañía de los ancianos del Clan.
Despuntando el alba, la rubia despertó siseando al maestro.
-Venga abuelo, que nos vamos.
Sonámbulo, don Onésimo se vio a sí mismo acurrucándose en la parte trasera del Citroen donde Flip ya roncaba la merluza que había atrapado. Apenas si llegó a girarse para observar como fugazmente se desvanecía tras de ellos el Motel, ahora en penumbra, durmiente y apacible.
El airecillo fresco del día que rompe, sumado a la zozobra del 2CV rodando pasado de vueltas espabiló bruscamente a los pasajeros. Al volante, Thelma con unas estrambóticas gafas de espejo, un foulard de topos recogiendo las greñas, barba de dos días y empalmando un cigarrillo con el siguiente conducía como si estuviera a dos pasos de ganar el Dakar.
“¡Ni que llevaras pescao tía!” dijo Flip riéndose de su propia ocurrencia al recordar la procedencia de la ría vizcaina del piloto.
Mientras tanto, a poco menos de dos horas…
No las había pasado más putas desde que en El Aiún y en vísperas de la Marcha Verde le tocó plantón a 3 metros de la garita donde apareció degollado un recluta. Entonces pensó que su mala fortuna en el sorteo de las quintas le había puesto sobre brasas, sin saber que cuarenta y tantos años después iba a conocer el significado literal de la frase.
El campamento se había despertado temprano por el desproporcionado volumen de la música que salía de un automóvil. Sin embargo no habían ni palmas ni bailes si no cierto rictus fúnebre en todos los romeros, en apariencia enfrascados en sus labores.
Sentado con sus dos calcetines metidos en la boca precintados con esparadrapo y las manos fuertemente amaradas por la espalda a una silla de hierro colado, el deslenguado tabernero mantenía forzosamente sus dos pies hasta las pantorrillas dentro de las ascuas de la noche anterior ayudado por sendos pedruscos atados a sus tobillos.
-Se ha vuelto a desmayar.
“Sacadlo y espabiladlo” dijo don Facundo mientras largaba al señor Geovani un trapo empapado en amoniaco, y un hedor a carne al punto se apoderaba del entorno.
-Cuéntamelo otra vez payo a ver si ahora me convences.
– Le digo la verdad sr. Sarandueses, no estoy compinchado con los ladrones yo solo mencioné la antigüedad de la talla, no podía imaginar que estarían tan locos de afanarla.
-Entonces… ¿quedamos en que uno iba a Puerto Urraco, el otro a Lisboa y el tercero a cualquier parte?.
-Como se lo digo.
“Está diciendo la verdad, ponedle los pies en una jofaina de agua fría y que alguien lo suelte y le dé una Mirinda” dijo don Facundo mientras los aullidos del desafortunado competían en decibelios con los de Camela en el estéreo de la auto caravana.
-Entonces… ¿pa dónde pegamos?.
“Lo de Puerto Urraco era el señuelo, ¿quién con la sesera en su sitio iba a poner un hotel rural allí?” opinó el señor Sarandueses mientras sacaba del carromato la clásica eibarresa recortada del 12 y una UZI de aquellas que los colonos de Gaza llevan para bajar al Mercadona. El señor Geovani se puso al volante del BMW serie 5 del año la picor pero aún sobrado de caballos, y derrapando sobre el polvo anunció: “A Portugal”.
Y entre tanto, camino de tierras lusitanas…
-¿A Portugal?
-Sí, a Portugal. Lo facturo a usted en el primer apeadero de la Renfe que encontremos y yo me voy con el Flipi de concierto antifascista, y luego a cantar fados, comprar toallas, beber vino verde y perder la cabeza y la virtud en las tabernas portuarias más cutres de Montijo.
-Molaaaaaaaaaa.
-¿Y ese cambio repentino?.
-Intuición femenina.
Una vida laboral –que se dice pronto- entregada a la educación de generaciones y generaciones de enanos cabroncetes, y la dosis precisa de gramática parda adquirida por el camino, que agudiza el ingenio y aviva el seso; con magisterio estrenado en los tiempos de la Formación del Espíritu Nacional y jubilado con la Educación para la Ciudadanía, habían hecho de aquel joven maestro de escuela y hoy octogenario, un auténtico especialista en la desconfianza de las frases hechas y los cambios repentinos de planes.
Con la discreción precisa del que se sabe en las manos de un perturbado, hurgó en el bolso de Thelma para instantáneamente toparse los dedos con la reliquia sagrada romaní.
Pálido y convencido de que a no pasar mucho tiempo los tres iban a verse sentados y de la manita en la barca de Caronte, improvisó: “Hay que hacer una parada de emergencia señorita, la próstata manda”.
De mala gana el de Santurce arrimó el coche a la cuneta, justo donde unas señales de madera repartían a derecha e izquierda las sendas del Castillo de Monfragüe y del Salto del Gitano.
-Vamos a orinar Felipe.
-No tengo ganitas.
-Ven y verás los buitres planeando.
-Molaaaaaaaaaa
“Hay prisa nenes, no perdáis mucho tiempo mirándoos las pollitas” dijo Thelma fijando con inquietud la vista en el retrovisor donde una nube de polvo se aproximaba veloz en el horizonte como el rayo que anuncia la tormenta.
-¿Sabes correr?.
-Ya te digo tronko, una vez que unos neonazis con nunchakus…
-¡No me cuentes tu vida y corre!, corre sin mirar atrás… ¡¡ya!!.
Flip dudó por unos instantes, pero la autoridad que desprendía la voz de don Onésimo despertó en él un instinto primitivo desconocido que lo llevó de cero a cien en 3’8 segundos mejorando cualquier marca establecida anteriormente por Usain Bolt, en el preciso instante en que un BMW serie 5 posiblemente del año la picor pero a todas luces sobrado de caballos se detenía junto al viejo maestro y éste le entregaba un misterioso paquete mientras con su índice señalaba el cruce de caminos donde se encontraba estacionado el Citroen.
“No me cogeréis viva cabrones… ¡¡yo soy Thelmaaaaaa!!” gritó Francisco Izquierdo de Santurce a pleno pulmón y melena platino al viento acelerando pedal a tabla su 2CV y lanzándose sin ningún pudor, ni reflexión alguna por la ironía del destino… sobre el Salto del Gitano.
LARREA  AB/2019

 

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