LAS MILICIAS POPULARES O EL CAOS INFERNAL

Coincidiendo con las primeras horas de la mañana del 18 de julio de 1936, las emisoras madrileñas empiezan a soliviantar los ya exaltados ánimos de los militantes frentepopulistas, instándoles a hacerse con armas (de hecho, se les señala los puntos exactos en los que pueden apoderarse de ellas)

En medio del desorden originado, las cárceles abren sus puertas y miles de maleantes de la peor calaña quedan libres, la mayoría de los cuales se arman para, a partir de ese momento, perpetrar tropelías sin freno con la excusa de defender a una por momentos desbordada República.

Incautados cuantos coches hallan a su paso (siniestra y ridículamente rotulados: “Los leones rojos”, “Águilas de la República”, etc.), esta canalla criminal se entrega a una inenarrable orgía de sangre, alcohol y destrucción que va a aterrorizar no sólo Madrid sino cuanta localidad quede bajo dominio frentepopulista en aquellos trágicos meses de verano.

Así las cosas, desbordadas las Fuerzas del Orden e incluso del Ejército, van a ser las Milicias Populares (cada una de ellas dependiente de un partido o sindicato: PSOE, CNT, PCE, UGT, FAI, POUM, PSUC, ERC, PNV, etc) las que se hagan con el cotarro, imponiendo su caótica y arbitraria ley.

Ahora bien, ¿estamos hablando de una situación de descontrol absoluto en los primeros compases de la contienda? Únicamente hasta cierto punto.

Porque, frente al argumento de quienes intentan todavía hoy justificar la barbarie acontecida entonces atribuyéndola exclusivamente a la acción de “descontrolados”, hay que decir que siendo cierto que a las autoridades republicanas la situación se les fue de las manos, no es menos cierto que parte de tal barbarie pudo haber sido evitada, ya que dichas autoridades tenían perfecto conocimiento tanto de la actividad homicida de semejante chusma (los cadáveres se amontonaban en las cunetas de los alrededores de la capital) como de dónde ésta perpetraba sus asesinatos y saqueos.

En ese sentido y contra lo que ahora nos pretenden vender los “memoriadores” de turno, la realidad es que las Milicias Populares contaban con el beneplácito de instancias próximas al Gobierno, al punto de actuar en numerosas ocasiones como “sucursales ejecutoras” de la Dirección General de Seguridad (con la cual nunca dejaron de tener línea directa) en la tarea de perseguir y eliminar a sus enemigos políticos.

La situación, desde luego, no empezará a cambiar hasta otoño de ese año, especialmente a primeros de diciembre, cuando Melchor Rodríguez (el apodado “ángel rojo”) obtenga plenos poderes para el cargo de Director General de Prisiones y frene bastantes de los desmanes producidos en la retaguardia republicana, al menos en la provincia madrileña.

Sin embargo, el daño a la imagen de la Segunda República en los foros internacionales estaba hecho, pues a esas alturas los crímenes cometidos eran de tal magnitud que su causa ya sólo encontraría pleno eco en la URSS, potencia de la que sería rehén hasta su derrota final en 1939.

NO NOS ROBARÁN LA HISTORIA NI LA MEMORIA.

CACHÚS 

 

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