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LAS NUEVAS PURITANAS

 

Cuentan las crónicas que, allá por los años cuarenta, cuando la Sección Femenina empezó a fomentar el deporte entre las mujeres, hubo indignadas protestas por parte de algunos curas y beatas que veían “indecente” el atuendo deportivo de las muchachas.
En la misma época, algunas hojas parroquiales especialmente asilvestradas clamaban por la prohibición del baile “agarrao”, del cine, del teatro y de cualquier tipo de entretenimiento que no consistiese en triduos, novenas y sesiones maratonianas de rosarios y avemarías.
El principal exponente de este integrismo fanático fue el pelmazo Cardenal Segura, de triste memoria, del que hasta Franco decía que era “la cruz que me ha mandado Dios”.
La mojigata censura de los espectáculos públicos, con su enfermiza obsesión por el sexo dictaba, con meticulosidad digna de mejor causa, la medida exacta de escotes y los centímetros de pantorrilla que estaba permitido mostrar en pantalla.

Una vez que los aliados de Stalin ganaron la guerra mundial, la pugna entre la España alegre y faldicorta que pretendían los falangistas y el meapilismo cateto de la derecha más chupacirios, se decantó del lado de esta última.
Arrinconados de forma vergonzante los últimos vestigios fascistas, con su concepción deportiva y luminosa del cuerpo femenino, fueron los tecnócratas opusinos los que impusieron su hipocresía y su fofo puritanismo.
El rechazo y hartazgo de los españoles ante este oscurantismo hizo que la casta política beneficiaria de aquel gran tocomocho llamado Transición promocionase como símbolo del nuevo régimen –en uno de esos movimientos pendulares tan típicos de nuestro devenir político- el paso de la gazmoñería al desparrame de una tacada.
Fue lo que se llamó “el destape”que básicamente consistía en mostrar, de forma gratuita y sin venir a cuento, desnudos femeninos a tutiplén. Aquí siempre nos ha gustado pasar, sin solución de continuidad, de estar calvos a lucir dos pelucas.
Tan absurdo y surrealista fue el oscurantismo ultracatólico como el casi siempre injustificado, -aunque cachondo- destape de las jamonas que pululaban por las películas de Pajares, Esteso y Ozores.
Actualmente -patrocinado por Soros, el FMI y el resto de logias, cuadrillas y sanedrines del Nuevo Orden Mundial- ha surgido un nuevo puritanismo intransigente y fanático que hace que las beatonas más carcas de la posguerra parezcan unas frívolas vicetiples comparadas con la jauría de hirsutas feministas y orcos de Mordor que predican, con la sumisión y aplauso de instituciones, medios de comunicación y centros docentes, el nuevo catecismo demente de la ideología de género.
Además de sus neologismos subnormales, del adoctrinamiento en todo tipo de aberraciones sexuales desde la guardería y de la apología de la fealdad y de la cochambre como modelo social, las nuevas puritanas son especialmente beligerantes contra cualquier exhibición de la belleza femenina.
Ya han conseguido privar a los ciclistas del cariñoso homenaje de las chicas que les entregaban unas flores cuando ganaban una etapa de la Vuelta a España. Han mandado al paro a las azafatas de la Fórmula Uno y hasta han conseguido que nombren Miss España a un travestorro.
El talibanismo de las feas acojona a productores de cine, programadores de televisión y equipos deportivos. Juanito Navarro y Ozores serían quemados en la hoguera si volviesen. Han conseguido que una mujer guapa, por el hecho de serlo, se convierta en una hereje contra el dogma sagrado de lo políticamente correcto.
La única esperanza para que no nos sepulte esta ola acomplejada y fanática del nuevo puritanismo es que, a semejanza de lo que ocurrió en la época del “destape”, las mujeres españolas se pasen por el forro la tiranía de lo políticamente correcto y reivindiquen, como un derecho inalienable frente a la inquisición de la fealdad obligatoria, la minifalda, el top less en la playa y el escote generoso.
Eso, o, en un futuro alarmantemente próximo, acabarán ataviadas obligatoriamente con burka o como espantajos feministas.
J.L. ANTONAYA

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