LAS OLÍMPICAS. HENRY DE MONTHERLANT

“Ningún atleta gira
como él, sin tropezar, sobre la arena
La multitud lo mira
¿a quién la faz no encanta
de tan bello garzón y hazaña tanta?”

Píndaro compuso las Olímpicas y las Odas triunfales para alabar las hazañas de los deportistas que participaban en los Juegos de Olimpia. Los dioses danzan en Olimpia, escribió Píndaro en la Grecia antigua. Todo lo comenzó Enomao, cuyos caballos le habían sido dados por Ares y eso lo hacía invencible. Este rey desafiaba así a los pretendientes de su hija para librar una carrera a muerte si querían desposarla. Si perdían eran decapitados y sus cráneos servían para erigir un templo inmortal. Pero Pélope, un héroe, recibió la ayuda del dios Poseidón, quien le dio unos caballos tan veloces que con ellos pudo conducir su carroza hasta la victoria. El triunfo le salvó la vida, le dio a la princesa y lo coronó rey.

Ocho siglos antes de Cristo, la palabra se puso al servicio del deporte. Los vencedores de Olimpia, los semidioses de Delfos, los superhombres de Corinto y Nemea, todos tuvieron odas y laureles con los que coronar sus gestas y epopeyas deportivas. Aunque, sin duda, no fue el primero, Píndaro se convirtió en el máximo exponente de una larga tradición de bardos deportivos y con sus odas arrancó un nuevo tema literario: el deportivo.

La belleza del cuerpo en el lanzamiento del disco. La elasticidad del músculo en la lucha. El sudor empapando el dorso en la carrera de carros. Un anfiteatro que ruge al contemplar el vuelo de la jabalina. El polvo que araña los ojos en el pentalón. La gloria de la victoria en la maratón, la inevitable tragedia de la derrota. Las lágrimas del campeón coronado de laureles. Afloraba en los versos el agon y, con él, la estética y la ética del deporte, su intensidad y su épica. Aquellos primeros deportistas atrajeron los adjetivos de Píndaro, arrancaron versos a Mirón, sedujeron a las crónicas de Homero. Aun así, algunos bardos, como Jenofonte de Colofón, advirtieron que la sabiduría siempre debía estar por encima de la fuerza física.

Los Juegos en la Edad Antigua alcanzaron una magnitud tal que los griegos contaban los años por Olimpiadas. Fueron esenciales en la civilización romana y la etrusca. Se representaba a los atletas en los frisos de los templos, en las piezas de cerámica, en los frescos. El cuerpo heleno alcanzó sus cotas más altas de belleza en la escultura. Hasta el 393 a.C., año en que se terminó con aquel ritual deportivo. Teodosio I el Grande prohibió los Juegos Olímpicos por la creciente devoción pagana que arrastraban, y provocó que, durante la Edad Media, el tema deportivo se desligara del arte para relacionarse con la brutalidad bélica.

No sería hasta 1896, con los Juegos de Atenas, cuando el deporte volvió a subir los peldaños del pódium. Y volvió, igualmente, a convertirse en objeto artístico.

ALFRED HORN

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