LIBERALISMO

A menudo nos hemos referido a que en el liberalismo están las raíces de buena parte de los males del decrépito presente, sin embargo pocas veces nos hemos detenido a explicar (aunque sea brevemente y a grandes rasgos) qué es eso del liberalismo.

Para empezar, estamos hablando del modelo socio-económico-político hegemónico en esta aún inconclusa fase del Mundo Actual (1945) post Edad Contemporánea (1789-1945), al que se llegó por medio de una serie de etapas previas.

De hecho semejante engendro tuvo una larga gestación, cuyo embrión habría que buscarlo en la Baja Edad Media (con la “navaja intelectual” de Ockham) hasta su nacimiento en el último suspiro de la Edad Moderna (con la “navaja física” de la guillotina francesa), jalonado en medio por el protestantismo (provocando la ruptura de la Cristiandad Occidental), el declive del Imperio Español (gran “katejón” contra la Modernidad durante los siglos XVI-XVII) o el mercantilismo (que, implementando una primigenia acumulación de capital, finiquitó el sistema económico feudal, antesala de la Revolución Industrial del siglo XIX e incluso, andando el tiempo, del desquiciado turbocapitalismo financiero actual).

De manera específica, podríamos definir al liberalismo como un principio ideológico multiforme capaz (cual buen sofisma) de afirmar una cosa y la contraria sobre todo lo habido y por haber (filosofía, política, antropología, etc.) desplegado desde 1789 acá bajo disfraces variados (anarquismo, constitucionalismo partitocrático, comunismo) caracterizado fundamentalmente por intentar adecuar (violentar, sería lo propio) la realidad a la ideología de turno.

Partiendo de la base de colocar al hombre como centro del Universo tras desplazar a Dios y de encumbrar a la razón por encima de la Fe, el liberalismo exalta la materia sobre el espíritu, la inmanencia sobre la trascendencia, la individualidad sobre la comunidad, el Estado sobre la sociedad, el voluntarismo frente el sentido común, el bien particular frente al bien común, el derecho positivista frente al derecho natural, el progreso tecnológico frente al progreso moral…

Esto supone (entre otras cosas) la absoluta soberanía del individuo con entera independencia de Dios, la absoluta soberanía de la sociedad con entera independencia de lo que no nazca de ella misma o el absoluto derecho de los pueblos para gobernar con entera independencia de aquellos criterios que no sean los de su voluntad.

Pero quizás la característica por antonomasia del liberalismo sea su habilidad para vender “libertad” y “democracia” a partes iguales, al punto que dichos conceptos diríanse inherentes a aquél, cuando el fondo lo que encubren es un puro y duro proyecto totalitario.

Ello es así porque la libertad o libertades que pregona son abstractas, no concretas, al venir determinadas por el sufragio y por la aritmética parlamentaria, no por límites o referencias morales; y también porque, en lo que se refiere a la democracia que cacarea, ésta sólo vale mientras uno sea liberal de derechas o liberal de izquierdas, a veces incluso liberal de centro, pero nada más.

El resultado, por tanto, de un modelo per se nihilista no puede ser otro que su imposibilidad manifiesta para construir nada estable, nada permanente, nada auténtico, relativizando primero y destruyendo después todo lo que en la vida merece la pena: la patria, el arte, la familia, la belleza, el bien, la verdad, la naturaleza… la Tradición en definitiva.

CACHÚS 

 

 

 

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