LIBRO DE PARTE CONTRARIA. DURRUTI EN EL LABERINTO

“La historia de nuestra guerra civil está llena de cuestiones cuya resolución objetiva es una necesidad para aquellos que luchan contra la destrucción del conocimiento histórico emprendido desde el poder, porque la liquidación de la memoria histórica asociada al proletariado significaría la eliminación de toda perspectiva revolucionaria. La figura de Durruti, en tanto que personificación de la revolución proletaria anarquista 1936, concentró muchas de esas cuestiones, verdaderas heridas del movimiento libertario, que en su propio beneficio conviene mantener abiertas para hurgar en ellas. Si duelen, es signo de que sus ideas perviven. Esas ideas no tienen precio. Quienes trataron de venderlas, se vendieron sólo a sí mismos. El anarquismo o es radical o no es nada. Ahí está la verdadera ortodoxia. Sin embargo, en los tiempos del espectáculo y la cultura de masas, el pasado vendría a ser una mercancía moderna, consumible como cualquier otra; un objeto cultural de entretenimiento asequible en cuadernos coleccionables, DVD o series televisivas. La banda de historiadores de la universidad ya no tiene por función la falsificación o la ocultación del pasado, como hacían los estalinistas, sino su conversión en espectáculo. El primer paso de esa preparación para el consumo ha sido la museificación; el segundo, la banalización. La historia para la pandilla universitaria sería un enorme panteón de cadáveres a los que se puede despedazar y analizar como se haría con las momias de Egipto. La distancia que nos separa de ellos debería ser tan fabulosa que nada hay que temer.”

«¿Quién ha muerto a Durruti?» es la pregunta que ha perdurado como una de las cuestiones cruciales de la revolución, la guerra y la contrarrevolución que, entre 1936 y 1939, se disputaron aquel presente a vida o muerte. Pero, como muestra Miquel Amorós, dicha pregunta no encierra sólo la duda sobre las circunstancias concretas del óbito de Buenaventura Durruti, sino también el interrogante sobre quiénes contribuyeron y cómo a la derrota de la revolución social que se estaba produciendo en mitad de la lucha contra el fascismo.

Acompañando los pasos de Durruti desde los días posteriores a las jornadas de julio, cuando la columna que llevó su nombre se dirigía a Zaragoza, hasta su llegada a Madrid, esta investigación va dibujando los sujetos y las ­figuras que conforman el laberinto que el revolucionario tuvo que recorrer durante sus últimos meses. Comunistas y agentes estalinistas, el Gobierno y la propia dirección comiteril cenetista jugaron diferentes papeles hasta conducirlos, a él y a su columna, a una ratonera —en el sentido menos metafórico de la expresión—. Si enviar parte de los milicianos a Madrid sirvió para postergar para siempre una victoria decisiva como era la toma de Zaragoza, en la capital —de donde había huido el Gobierno— la columna fue destinada, sin descansar, al avispero de la Ciudad Universitaria, que estaba a punto de caer en manos del ejército de Franco.

Durruti en el laberinto aporta nuevos testimonios que abundan en la hipótesis de la responsabilidad de agentes estalinistas en su muerte, aparentemente fortuita; sin dejar de lado la complicidad de la burocracia cenetista en el Gobierno, tanto en llevarlo hacia el callejón sin salida al que fue conducido, como en el ocultamiento posterior de las circunstancias reales de la tragedia y en la fetichización de su fi­gura. Recuerda Amorós que Mariano Rodríguez Vázquez, Marianet, el entonces secretario general de la CNT, «reunió a todos los testigos y les conminó a guardar silencio» y concluye que «a Durruti le mataron sus compañeros; le mataron al corromper sus ideas».

LORENZO LAMAS

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