LIQUIDAD PARÍS O LA MUERTE DE LOS CARA TIZAS

“A veces, la picadura del escorpión hiere más que una manada de bisontes”. (Charlier)

No busquen la cita, no creo que la encuentren. Solo aquellos muy aficionados al género la situarán. Jean Michel Charlier la pone en boca de un guerrero chiricaua dibujado por Giraud en “El Aguila Solitaria”, el primer libro que adquirí, allá por 1970 con mis 8 añitos y las estrenas navideñas.

Volveremos a la cita más adelante.

Confesaré orgulloso un pecado venial: de no haber nacido español, me hubiera gustado hacerlo parisino. No francés, ni romano, ni alemán, ni en cualquier otro lugar europeo. Lutecia es mi amor platónico.

Por encabezar estas líneas he tomado prestada la foto de Notre Dame humeante con el cielo de París en llamas, como una amenaza inapelable. Y el título de otro viejo libro, éste de mi adolescencia: “Liquidad París” (1967) de Sven Hassel.

En su novela, el noruego Hassel (en realidad B. Redsted Pedersen) describe un perverso plan nazi para dinamitar a través del alcantarillado la Ville Lumière y reducirla a escombros. Un delirio atroz, vamos, pero escrita en los años del “qué buenos son los yankees, qué buenos son que nos llevan de excursión” siempre resultaba garantía de ventas. Que le pregunten si no a Dominique Lapierre y Larry Collins que un par de años antes habían firmado el best seller “¿Arde París?” basado en el testimonio del último Gobernador de la ciudad ocupada general Von Choltitz, quien afirmó al rendir sin lucha la ciudad “haber recibido y desobedecido la orden de volar París directamente de Hitler” asunto por el que pasó ladino de represor a salvador. Eran aquellas las fechas en que los Aliados arrasaban desde los cielos Bremen, Dresde, Hamburgo… y todo ello sin contar los anteriores “bombardeos estratégicos” de la RAF sobre la Francia ocupada dejando miles de civiles muertos. La hipótesis de la destrucción del Sacré Coeur tenía el don de la oportunidad.

Lo cierto es que ese plan nunca ha sido probado, sin embargo a día de hoy se sigue hablando de la ciudad que no fue destruida por los alemanes en lugar de las joyas del gótico de Bremen (por citar una Villa cualquiera) que quedaron reducidas a cenizas por los Aliados.

Y que el tal Hassel que tanto nos entretuvo con sus novelitas “biográficas” en los 70 fue en realidad un fraude integral: soldado voluntario que nunca conoció el frente ni salió de Copenhage, su ceguera incipiente no fue consecuencia de ninguna batalla librada sino de unas fiebres contraídas en 1957, y hasta es dudoso que fuera el autor de su obra pues todo indica que Pedersen ponía la imaginación y su señora la redacción.

Así se escribe la historia.

Volvamos al objeto de este ensayo, que no es el París de ayer, sino el presente.

Estos días está corriendo como la pólvora una carta desesperada publicada por una veterana profesora francesa titular en Historia y Educación Cívica, en la que desdice con patente frustración personal el discurso oficial y la política de integración a la que califica directamente de “suicida”.

La carta es encabezada por su currícula docente que abarca desde los suburbios hasta zonas consideradas “de violencia”.

Afirma que durante más de 20 años han pasado por sus manos no menos de 4.000 jóvenes musulmanes y que jamás le faltó abnegación para ayudarles a superarse en los estudios.

La estadística abrumadora demuestra que la inmensa mayoría de estos jóvenes abandona los estudios y solo un porcentaje residual llega a la Universidad, y la sociedad francesa blanca y burguesa se pregunta “mon Dieu, ¿en qué estamos fallando?”.

La maestra en su epístola responde sin pelos en la lengua:

“Qué aberración y qué visión tan falsa de la realidad. La instrucción que reciben los niños musulmanes es exactamente igual que la que recibe cualquier niño francés. Y gratuita, aunque las ayudas que reciben para material escolar se gasten sistemáticamente en cualquier otra actividad. Llegados estos alumnos desastrosamente al final del Tercer Grado, lo cierto es que no se puede proponer razonablemente a un adolescente de 15 años que considere la posibilidad de continuar su educación superior o universitaria cuando todavía no se ha dignado aprender a contar o escribir correctamente en francés. ¿Ignoráis la resistencia al aprendizaje del francés en nuestras escuelas?

El francés es para ellos un “idioma extranjero”, el idioma de los  “infieles” como les gusta repetirme.

Estoy en primera línea para dar testimonio de los medios financieros, humanos y técnicos puestos a disposición de estos jóvenes durante décadas (sí, millones gastados en escuelas secundarias para estas poblaciones).

A título de ejemplo: el colegio donde trabajo pone a su disposición permanente 14 TNI (uno en cada clase ), 2 salas informáticas que contienen 50 PC con conexión a internet, una biblioteca magnífica en dos pisos, decenas de horas de apoyo semanales y tutorías de todo tipo (que cuestan mucho dinero al Estado porque son pagadas a los maestros como horas extras), servicio de comedor casi gratis, visitas a museos, viajes a España, Italia, Inglaterra y Alemania, etc..  ¿Sigo?

Los niños franceses de las zonas rurales, están lejos de tener esos privilegios.

Aún así, estos “adolescentes de los suburbios” desprecian Francia. Su único deseo es sustituir la cultura nacional por la propia y ni siquiera se esconden para decirlo: lo reclaman con orgullo. Esto hace inoperante cualquier intento de instrucción e integración.

Sea cual sea el tema que aborde en clase ya sea historia, geografía o educación cívica, solo encuentro desprecio y hostilidad hacia nuestro pasado, hacia nuestros valores europeos y nuestra visión de la democracia. Ni siquiera me atrevo a pronunciar la palabra “laicismo”, por miedo a ser insultada.

Lamentablemente, creí un tiempo -como ustedes- que era posible transmitirles conocimiento, sabiduría y fe en el futuro de nuestra comunidad nacional… pero ellos no sienten ningún aprecio ni por nuestra historia ni por los “Caras de Tiza′′, como nos llaman”.

Hasta aquí la carta de la maestra, que sin pretenderlo ha traído a mi memoria el magnífico “El Desembarco” (“El Campamento de los Santos”), de Jean Raspail.

En este libro im-pres-cin-di-ble el autor se revela un visionario tal que el mismísimo Verne, adivinando y enunciando casi al pie de la letra allá por 1973 lo que el futuro nos depararía este siglo: la sustitución del europeo nativo por el africano.

Decía Raspail: “Pero el muy pequeño burgués sordo y ciego sigue siendo un bufón que ni se entera. Aún disfrutando milagrosamente de la abundancia en sus fértiles prados de Occidente grita mirando de reojo a su vecino más inmediato: ¡que paguen los ricos!. ¿Se entera al menos, pero en fin se entera, de que el rico es precísamente él?. ¿Se entera de que ese grito de todas las revueltas es clamado contra él y es contra él solo, contra quien pronto se alzará?”.

Ante la ceguera de que París será liquidada, como lo serán Atenas, Viena o Madrid por la horda alógena, solo nos queda hacer callo, persistir, escribir cartas y libros e intentar transmitir cada uno de nosotros a aquél que acepte escucharnos, que el tiempo se acaba.

No me vale que seamos pocos: a veces la picadura del escorpión hiere más que una manada de bisontes.

LARREA   AG/20

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    1 thought on “LIQUIDAD PARÍS O LA MUERTE DE LOS CARA TIZAS

    1. “(…) solo encuentro desprecio y hostilidad hacia nuestro pasado, hacia nuestros valores europeos y nuestra visión de la democracia. Ni siquiera me atrevo a pronunciar la palabra ‘laicismo’, por miedo a ser insultada (…)”. Sin saberlo (o sí), la maestra de la carta nos da la respuesta. Yo también siento desprecio por el pasado reciente, por los “valores europeos”, y la miserable visión de la democracia (partitocracia). El mismo desprecio que siento por el “laicismo” (anticristianismo).

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