LOS 360 DE SÁNCHEZ

Afirma Pedro Sánchez ser licenciado en Económicas, acaparador de “másteres” e incluso profesor universitario en la Camilo José Cela, asunto que debería dar por zanjado que de matemáticas algo sabe.

Y aunque el Presidente en su ópera prima “Manual de Resistencia” guste de presentarse ante sus crédulos lectores tal que Leónidas al frente de 300 espartanos, a este paso la historia lo recordará mejor por “Pedro y los 360 babilonios”, porque siendo éstos los que dividieron en grados el arco de la circunferencia, nuestro Hiparco socialista se ha empecinado -clase magistral- en demostrarnos la cuadratura del círculo: tanto doblegar la curva le ha quedado un hula hoop.

Y es que, a estas alturas con casi casi cubierta una vuelta completa al sol desde el estallido de la pandemia, va y descubrimos con estupor que estamos en el punto de partida.

Es decir y por ir al grano: todo lo hecho hasta aquí no ha valido para nada.

¡Hombre!, para nada no, porque de hecho nos hemos empobrecido y endeudado soberanamente, valga la expresión. Un año después estamos igual de enfermos y además, arruinados.

Con la curiosidad con que Karina hurgaba en el baúl de los recuerdos busco entre los míos aquello que decíamos ayer…

Decíamos que los confinamientos eran prácticas medievales, absurdas en una sociedad tan avanzada como es la nuestra. También decíamos que los índices de mortandad que se barajaban no justificaban tales medidas.

Y poníamos a la historia por testigo: en los tiempos en que la peste diezmó a la población mundial las gentes confinadas abandonaban a sus hijos o padres agonizantes en las calles, después hervían las ropas y daban una mano de cal viva a las estancias.

Cuando fue la viruela, tal cual. Se relata que una procesión de monjes que salía orando por las calles para alivio de los creyentes, en el transcurso del vía crucis iban cayendo muertos, hasta que no quedó ninguno.

La Gripe de 1918 o “Española” y sus 50.000.000 de muertos…

Amigos: eso es morir en pandemias.

Pero en Europa y en el siglo XXI donde sobran medios, tales praxis se nos antojaban absurdas.

Intente el lector hacer un ejercicio de abstracción y ubíquese en “los lejanos tiempos” cuando el COVID no existía.

Por aquel entonces -anteayer- cuando alguien sufría por cualquier dolor acudía a su ambulatorio (por cierto, ¿qué fue de ellos?) o a un hospital y le suministraban un analgésico. Si sufría un proceso vírico era tratado con los antibióticos indicados. Si la patología lo requería era hospitalizado e incluso intervenido.

La aparición del Coronavirus trajo consigo un hecho sorprendente: tras la primera ola de infectados (superada de aquella manera), ya ninguna Administración se preocupó de aliviar, ingresar y sanar; todos los esfuerzos y las intenciones con la dosis machacona diaria de información fueron para la vacuna salvadora.

Proteger el Sistema de Salud se convirtió en prioridad, aunque fuere ignorando al usuario, y olvidando al paso que somos nosotros los que con los impuestos directos sobre nuestro trabajo hacemos pública la sanidad.

Decíamos entonces que la protección a las poblaciones de riesgo era la mayor de las prioridades, y que para el resto no había más camino que enfrentar la pandemia en lugar de esconderse de ella. ¿Cómo? Por ejemplo: habilitando edificios ya públicos o privados cómo “lazaretos”, invirtiendo en camas, en respiradores, en antibióticos y en personal sanitario.

En definitiva: curando a los enfermos, que es de lo que trata la medicina, en tanto se alcanzara la inmunidad de rebaño o se encontrara una vacuna eficaz y pro-ba-da.

Créanme: nos habría salido más barato.

No fue así -doctores tiene la iglesia- y tras un año estamos donde empezamos, empero con una espada de Damocles terrible sobre nuestras cabezas: los mismos que no han sabido gestionar la crisis sanitaria nos dicen que confiemos en unas vacunas sin testar cuya novedosa tecnología jamás ha sido experimentada sobre seres humanos.

Que seguramente será la ostia… o no.

Ciento y pico días estuvimos confinados (incluidas dos semanas a cal y canto) y mansos… abrumadoramente mansos, aplausos a las 8, “Resistiré” y papel higiénico, el ERTE que nunca llega, controles en las carreteras y estado policial… ¡ah! y mascarillas manu militari desde junio.

Y todo eso ¿pa-qué?.

“La pandemia está fuera de control y es culpa vuestra” nos dice la tele mientras los portadores asintomáticos (ergo: sujetos sanos) se multiplican en progresión aritmética a los test que ayer no se hacían, y ahora sí.

Cuentan la anécdota del dictadorzuelo de una de las Taifas hispanas que tras escuchar a su equipo de expertos pandémicos dictó un toque de queda a las 10. “Presidente, que ese horario ya lo tenemos”. “¡Pues a las 8!, respondió.

Lo importante es que parezca que hacemos algo, que es el precio del pánico.

Ahora que Sánchez ya se ha reivindicado a sí mismo haciendo la circunferencia perfecta, tal vez sea el momento de que el licenciado Illa haga lo propio y aplique la Lógica Filosófica.

Por ejemplo: la Verdad, que dicen es la coincidencia entre una afirmación y los hechos.

Porque si de algo estamos los españoles hasta los huevos, más incluso que del Covid, es de que nos tomen por idiotas.

LARREA  EN/2021

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