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LOS CORRUPTORES DEL CANAL

Apenas tendría yo diez primaveras cuando mamá nos dejó a mi hermano chinorris y a mí a pasar la tarde en el cine Savoy, a dos manzanas de casa.
Nunca supe qué tuvo que hacer, a lo mejor, simplemente dedicarle un rato a papá alejados ambos de la “alegre” compañía de sus vástagos… ¡¿quién sabe?!.
Lo cierto es que desde la perspectiva que nos otorgan los años vividos, solo puedo reconocer admiración por aquella generación de padres que se entregó en cuerpo y alma a su familia.
Pero, pero… ¡sí recuerdo el programa vespertino! y la fenomenal tarde que pasamos Pepe y yo.
Tres películas, ¡tres!, en un cine de reestreno, de barrio, en el que te podían alojar tranquilamente tus progenitores sin temor adicional.
Una de guerra, una con trama policiaca a la que a mi madre debió escapársele el título (“Tatuajes indiscretos”), y la estrella de la sesión: “Las locas aventuras del rabí Jacob”, una peli francesa francamente divertida y que me trae los gratos recuerdos citados.

En el cole había niños que tenían la fea costumbre de escupir, y mi madre (por cierto, maestra de escuela) siempre nos decía: no lo hagáis nunca, escupir es de judíos.
Supongo que por eso, cuando nos recogió del cine lo primero que le pregunté fue: “mamá, ¿en Francia hay judíos?”.
No supo qué decir.

Los años transcurridos han llenado mi rostro de arrugas, mis sienes de canas, mis huesos de curvas, mi cuerpo de cicatrices, y algunas respuestas a preguntas que quedaron en su día sin respuesta…
Tras la tempestad llega la calma y nunca mejor dicho en este caso, ya que tras la caída del Gobierno (finalmente, una tormenta en un vaso de agua) la calma apareció en forma de nuevo Gabinete bendecido por todos los estamentos sociales -incluyendo círculos de empresarios- y medios de comunicación.
Sánchez que alcanza la presidencia de la nación dos años despues de haber enfrentado el ridículo con solo el 22’63% del censo (5.443.846 votos de los 36.521.000 posibles), logra formar gobierno apoyándose en la extrema izquierda y en fuerzas minoritarias supuestamente antagonistas.

No es, ni mucho menos la primera vez en la historia, ni desde luego será la última, en que la corrupción hace caer un gobierno, un Estado o incluso un rey.
Los que sí suelen salir de rositas siempre, son los corruptores.
Con cierta regularidad, cuando trato el asunto del Holocausto con personas dispuestas a escuchar, avanzando la conversación y ante determinadas evidencias suelen recurrir a aquello de “no puedo creer que algo tan universalmente aceptado haya sido urdido, sencillamente: no puede ser mentira”.
No es un argumento muy científico, ¡vive Dios! (o Yahvé).

Llegados a este punto, rememorar algunas trolas que alcanzaron proporciones de la copa de un pino facilita la comprensión o el acercamiento a los hechos históricos con otra mirada.

Corrupción, corruptores y un gigantesco embuste se dieron cita en 1889 en Francia (una de las naciones más cultas del mundo) con el Escándalo del Canal de Panamá, y que como consecuencia lógica generó una ola de antisemitismo por todo el país.
Antes de entrar en materia, recordar -de pasada- que por aquellas mismas fechas y en Rusia (según relata en sus memorias “Ochrana” AT Wassiliew, el último jefe de la policía zarista, que digo yo, que algo sabrá del asunto) el Gobierno tuvo que enfrentar con decisión el “problema judío”.
En su intento de neutralizar la enorme influencia de que gozaban en la nación a través del comercio, la banca, la prensa y la bolsa (además de su infiltración en los movimientos revolucionarios), el zar Nicolás I quiso reconvertirlos en campesinos: les entregó tierras y aperos de labranza (todo ello a cuenta del Estado) y hasta concedió ciertas prerrogativas (exención del servicio militar, obligatorio para todos los rusos).
El resultado fue un sonoro fracaso.
“En la incapacidad de los judíos para un trabajo sano y productivo estaba el fundamento de todo el mal”.
El judío solo era capaz de procurarse el sustento a través de los negocios, y subarrendando las tierras y aperos que habían recibido de gañote, acabaron controlando el mercado del pan (Proceso de Nichni Novgorod).
“El campesinado ruso era demasiado ingenuo, ignorante y bonachón para defenderse por sí mismo de la astucia y falta de escrúpulos de esta gente. El Gobierno no hubiera tenido el menor motivo para tomar medidas contra los judíos si no hubiera sido verdaderamente imprescindible para proteger al pueblo ruso y en particular a los trabajadores”.
Ni quito ni pongo coma, Wassiliew dixit.
Pero cerremos paréntesis y volvamos a Panamá.

Tras su éxito en Suez, el ingeniero Ferdinand de Lesseps fue elegido por un grupo financiero francés encabezado por el Barón Jacques de Reinach (en realidad, Jacob Reinach, judío de origen alemán) para la construcción de la gran obra del siglo: el Canal de Panamá.
Numerosos errores en el diseño y desarrollo de la construcción (que no vienen al caso) sumados a la alta tasa de mortalidad entre los obreros (se calcula que perdieron la vida por distintas causas -la mayoría por enfermedades- en torno a los 20.000 trabajadores) fueron alargando el tiempo estimado de finalización y consecuentemente disparando el presupuesto inicial.
Con la Panama Canal Company al borde mismo de la bancarrota, los financieros Reinach, Cornelius Herz (judío alemán) y Emile Arton (en realidad Aron, hijo de un comerciante judío alsaciano) en compañía de otros desaprensivos del mismo pelaje, idearon un sistema para refinanciarse que, a grandes rasgos, consistía en apropiarse con subterfugios de los ahorros de una vida de trabajo de la pequeña burguesía y trabajadores franceses (NdlR: ejem, cómo recuerda esto el asuntillo de las Preferentes…).
Para llevar a cabo su monumental estafa necesitaban de la coincidencia de dos puntos fundamentales: que el Parlamento aprobara su propuesta y que la prensa la vistiera de “negociazo” mintiendo acerca de la situación real de quiebra y caos que existía en la construcción de ultramar.
Dicho y hecho.

Emile Arton, que ya había tenido que huir de Brasil involucrado en casos de corrupción y que había sido salpicado por la estafa de la Banca Romana fue designado “agente corruptor” .
Este “hombre de fiar”, compró -y es literal- la voluntad de no menos de 50 diputados (según algunas fuentes muchos más) y de los principales Medios de Comunicación y así sacó -aún con las acciones por los suelos- adelante la emisión del Préstamo de Lotes Reembolsables (una lotería con bonos de la Compañía que garantizaba una gran rentabilidad a medio plazo, muy atractiva para ahorradores y además, garantizada por el mismo Parlamento).
El 4 de febrero de 1889 sería liquidada la empresa, dejando en la ruina a más de 850.000 suscriptores de los Bonos.
Debido a la gravísima lesión patrimonial que ocasionó la quiebra de la Compañía, se originó la peor crisis financiera de la Tercera República Francesa, lo que provocó no sólo la pérdida de los ahorros de muchos franceses, sino la caída de la imagen de Ferdinand y del ingeniero Gustav Eiffiel al acreditar su deshonroso papel en el proyecto del Canal de Panamá, y por supuesto, de toda la clase política de la época.
Como dato adicional, desprovisto posiblemente de interés: todos los nombres citados hasta aquí, incluido el arquitecto de la famosa torre icónica de París, pertenecían a la misma logia masónica.

Las consecuencias políticas de la gran estafa descrita en este ensayo fueron la dimisión de varios diputados, el juicio y condena de algunos otros, la posterior absolución en la Casación de muchos de ellos (incluidos Eiffiel y Ferdinand), el escándalo sin precedentes que impulsó el antisemitismo en Francia descrito y liderado por Edouard Drumont en su muy recomendable obra “La Francia judía”, una nueva novela (“París”) de Zola, y el “suicidio” de Reinach que acabó siendo el chivo expiatorio, mientras su yerno Joseph quemaba en la chimenea la documentación que iba a aportar en su defensa ante la Corte Penal de París.

De toda esta historia, ¡qué curioso!, lo único que se recuerda con gravedad en la actualidad, es el cómo influyó aquel antisemitismo desatado por Drumont, en Charles Maurras y el posterior desarrollo del incipiente fascismo francés.
Por concluir el relato, algún autor -sin duda, un malpensado- afirma que gran parte del inmenso apartado económico destinado a maquinaria en la obra de Panamá (incluyendo rieles y locomotoras) acabaron construyendo la línea Jaffa-Jerusalén, que fue concluida sin problemas en 1892, de nuevo curiosamente, por una Compañía francesa.

Pues sí mamá, aquella pregunta que te hice saliendo del Savoy, tiene respuesta: en Francia sí hay judíos.
Sin ir más lejos, el director de aquella película (Gérard Oury) que tanto nos hizo reir a mi hermano y a mí, la tarde que te tomaste libre.
Y muchos otros… a los que no verás doblando el lomo.
No lo digo yo, lo dijo el Zar Nicolás.

LARREA  JUN/2018

 

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