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LOS CRÍMENES DE LOS BUENOS. HIROSHIMA Y NAGASAKI

 

Sumemos un poco, por macabro que sea. Sin hablar de los heridos y mutilados, éstos son los muertos por los bombardeos anglo-norteamericanos: Hiroshima y Nagasaki (250.000), Tokio (150.000), Hamburgo (50.000), Dresde (250 .000), otras ciudades alemanas (Kassel, Darmstadt, Pforzheim, Swinemünde, etc.: 60.000). El presente artículo sólo trata, sin embargo, de aquellos cuyo septuagésimo aniversario ahora conmemoramos.

Hace setenta años Harry Truman daba la orden de bombardear Japón con el arma nuclear: probablemente la decisión de más duras consecuencias tomada por un solo hombre en toda la historia de la humanidad. En vísperas de este aniversario, el instituto de sondeos YouGov formuló a los norteamericanos la siguiente pregunta: “¿Tuvo razón Estados Unidos o se equivocó al lanzar dos bombas atómicas sobre Japón?”. Un 46% respondió sí tuvo razón, y un 29% no. En el mismo momento en que miles de sus compatriotas se conmueven por la muerte (vil) de un león en el fondo de las selvas de Zimbabue, el resultado de este sondeo parece incomprensible. La explicación hay que buscarla, sin duda, en la propaganda oficial lanzada por Washington desde el día siguiente de los bombardeos, a saber: un mal necesario para acortar la guerra y ahorrar un número aún mucho mayor de vidas. Lo chocante es que al cabo de tantos años el pueblo norteamericano aún pueda creerse semejante fábula. ¿Será tal vez que el crimen es demasiado horrible para ser mirado de frente?

La verdad —irrebatible ante los cuantiosos documentos de toda índole actualmente desclasificados— es la siguiente. Dos días después de la primera bomba sobre Hiroshima, el primer ministro Kantaro Suzuki se dirigió a los miembros de su gobierno diciéndoles: “Dadas las actuales circunstancias, no nos queda más remedio que capitular sin condiciones”. Lo declarado en el curso de dicha reunión fue hecho público de inmediato. Pero ello no fue óbice para que el día siguiente se tirara una segunda bomba. Japón “era incapaz de sostener una invasión más allá de octubre, y el Estado Mayor estadounidense lo sabía”, declara Paul H. Nitze, subsecretario de Estado de Defensa, en su libro From Hiroshima todo Glasnot (pp. 44-45). Japón “se había resignado a una rendición sin condiciones mucho antes de agosto”, insiste Ralph A. Bard, subsecretario de Estado de Marina (US News & World Report, 15 de agosto de 1960). El país “estaba dispuesto a capitular, era totalmente inútil golpearlo con semejante monstruosidad”, confesó el general Eisenhower, interrogado por Newsweek en noviembre de 1963.

Para explicar lo injustificable, la historiografía relativa a este acontecimiento destaca dos tesis. La primera la resume el secretario de Estado de Defensa Henry L. Stimson en los siguientes términos: “En el departamento de Estado ganó la idea de usar la bomba atómica como un arma diplomática (en contra de los soviéticos)”. Una tesis contra la cual Paul H. Nitze (antes citado) lanzó esta mortífera frase: “Para impresionar a los rusos hubiese sido sumamente simbólico lanzar las bombas sobre una de las islas desiertas del norte del archipiélago (nipón) que Stalin quería recuperar después de la guerra”. Otra idea parecida nos la proporciona el general de brigada Carter W. Clarke, entonces responsable del contraespionaje: “Era inútil y sabíamos que lo era: queríamos utilizar a los japoneses como cobayas en una experimentación a tamaño real”, escribe en The Decision to Use the Atomic Bomb (p. 359). Sin comentarios.

Hace ahora exactamente 73 años.

A. MARTÍN

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