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LOS DUENDECILLOS Y EL MAGO. Cuento (no tan) infantil

 

Érase una vez una pequeña aldea en los confines del País de los Duendecillos llamada Aldea Feliz. Los duendecillos de Aldea Feliz pasaban su vida trabajando en los bosques y vendiendo la madera a las aldeas vecinas. Con el dinero que obtenían por la madera, los duendecillos de Aldea Feliz compraban a las otras aldeas comida, buena cerveza, zapatos cómodos y el resto de cosas necesarias para la vida de un duendecillo feliz.

Un buen día, llegó a la Aldea un extraño Mago.

– Duendecillos de Aldea Feliz -proclamó el Mago en la Plaza de Reuniones- Soy el Mago Sanedrini y vengo a mejorar vuestras tristes vidas.

Los duendecillos se pararon a escuchar al Mago, sorprendidos al enterarse de que sus vidas eran tristes.

– ¿Por qué son tristes nuestras vidas? -preguntó el Duendecillo Anciano, que era también el alcalde de Aldea Feliz por ser el más sabio de los duendecillos felices.

– Mira a tu alrededor, viejo duendecillo -respondió el Mago Sanedrini- Vuestras ropas son viejas y pobres, vuestras cabañas son pequeñas ¿Acaso no merecen los duendecillos de esta aldea vestir suaves trajes de seda y vivir en hermosos palacios de piedra como los duendecillos de otros reinos que conozco?

Los duendecillos descubrieron de pronto que toda su vida habían deseado vestir suaves trajes de seda y vivir en hermosos palacios de piedra. Pero el Duendecillo Anciano no parecía tan convencido.

– ¿Y cómo vamos a conseguir dinero para comprar esas cosas que dices? -preguntó al Mago- Los suaves trajes de seda y los hermosos palacios de piedra son caros y nosotros no tendremos dinero hasta que vendamos la madera.
– Yo os prestaré el dinero. -respondió el Mago- Os daré veinte monedas de oro a cada uno si os comprometéis a devolverme veintiuna cuando vendáis la madera.

Mientras decía esto, el Mago Sanedrini sacó una bolsa llena de monedas y la hizo tintinear ante los duendecillos.

– ¿Y si no logramos vender la madera? -preguntó el Duendecillo Anciano.

– Tampoco tendréis que preocuparos por eso -dijo el Mago- Si no podéis devolverme las monedas, me quedaré con vuestros árboles y vuestra deuda estará saldada.

– Si te quedas con nuestros árboles ¿de qué viviremos entonces?

– No hay ningún problema. Yo me comprometo a contrataros para que sigáis trabajando en el bosque a cambio de un salario. ¿Qué me decís?

Los duendecillos ignoraban lo que era un salario, Tampoco entendían del todo por qué, si les prestaban veinte monedas, tendrían que devolver veintiuna. Pero prefirieron no darle más vueltas al asunto y pensaron en los suaves trajes de seda y los hermosos palacios de piedra que podrían comprar con aquellas relucientes monedas que les mostraba el Mago.

Lo que no sabían era que el oro que les enseñaba no era suyo, sino que se lo habían confiado los duendecillos de otras aldeas para que lo custodiase y protegiese de los bandidos. Algo digno de mérito si tenemos en cuenta que en el País de los Duendecillos nunca había habido bandidos.

Ese era el dinero que ahora ofrecía a los duendecillos de Aldea Feliz.

Ni que decir tiene que todos los duendecillos de Aldea feliz excepto el Duendecillo Anciano aceptaron encantados el préstamo del Mago Sanedrini.

Una vez que tuvo firmados todos los contratos, el Mago Sanedrini se marchó de Aldea Feliz y recorrió las aldeas que solían comprar la madera de los duendecillos felices. Casualmente, eran las mismas aldeas que le habían confiado su dinero para que lo custodiase.

En todas ellas pronunció un discurso parecido:

– Duendecillos: Me habéis confiado la custodia de vuestro dinero y, a pesar de los muchos desvelos que eso me supone, he aceptado esa labor sin que me tengáis que pagar nada por ello. Como soy un Mago generoso, he accedido a garantizar la seguridad de vuestras miserables monedas. Sin embargo, las Circunstancias Económicas me obligan a avisaros de que la situación puede cambiar y en ese caso tendría que cobraros por mis servicios.

Los duendecillos, que no sabían lo que eran las Circunstancias Económicas, se preocuparon mucho ante las palabras del Mago y le preguntaron angustiados qué podrían hacer para que eso no ocurriera.

– Sólo una cosa. Un pequeño favor, en realidad. Tenéis que dejar de comprar la madera de Aldea Feliz. A partir de ahora, compraréis la excelente madera que produce el bosque de mi primo el Mago Jacolevini, que es, como yo, un Mago generoso. Os cobrará, eso sí, un poco más que lo que pagáis ahora, pero pensad en lo que os estáis ahorrando al no tener que pagar nada por la custodia de vuestro oro. Si hacéis cuentas veréis que os compensa.

Los duendecillos, aunque no sabían mucho de cuentas, aceptaron el trato para no parecer unos ignorantes ante un mago tan sabio. Y también por miedo a las Circunstancias Económicas que, sin duda, debían tener muy mal genio, fuesen lo que fuesen. Y dejaron de comprar la madera de Aldea Feliz.

Como los duendecillos de Aldea Feliz no pudieron vender su madera, no pudieron pagar el préstamo y perdieron sus árboles.

El Duendecillo Anciano protestó y acusó al Mago Sanedrini de haberlos engañado. Al día siguiente falleció, sin duda porque era ya muy viejo, según dijeron los médicos que había contratado el Mago Sanedrini para que lo cuidasen.

Aldea Feliz pasó así a ser propiedad del Mago Sanedrini. Los duendecillos siguieron trabajando los bosques a cambio de un sueldo mísero, pero no protestaron.

Estaban agradecidos al Mago Sanedrini por contratarlos y permitirles seguir viviendo en Aldea Feliz. Los escasos protestones que se atrevieron a hablar de suaves vestidos de seda y hermosos palacios de piedra, fueron castigados por magófobos. Aunque nadie sabía muy bien qué era un magófobo, los duendecillos sabían que era la más grave acusación desde que el Mago era el dueño de Aldea Feliz y no volvieron a protestar.

Al fin y al cabo, en la Escuela de Cuentacuentos de Aldea Feliz se les estaba enseñando la Historia de la Gran Matanza de Magos: Millones de magos habían sido asesinados y perseguidos sañudamente por todos los pueblos por los que habían pasado. Pueblos desagradecidos que no supieron apreciar el progreso y la riqueza que los Magos prodigaban generosamente.

La prueba de la veracidad de la Historia de la Gran Matanza era que se castigaba con la cárcel a cualquiera que osase ponerla en duda.

Y así, nadie se atrevió nunca a cuestionar la autoridad de los Magos y los duendecillos no protestaron demasiado cuando su ya escaso salario fue siendo reducido cada vez más.

Y, colorín colorado, este cuento ha terminado. O no.

J.L. ANTONAYA

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