LOS KAMIKAZES. FERNANDO CASTRO

Además de las operaciones suicidas llevadas a cabo por las misiones Kikusui, a partir de abril y en el marco de una amplia estrategia coordinada entre la Marina y el Ejército japoneses contra la flota norteamericana ocupada en la Batalla de Okinawa, fueron efectuados otros ataques no previstos en el Plan General de defensa de la isla ni coordinados con las misiones Kikusui.

Estos ataques, ciertamente esporádicos, contra los americanos en Okinawa, procedieron de bases menores de la Marina o del Ejército y muchas veces fueron planeadas y ordenados por los comandantes de las bases sin la previa autorización de los respectivos Estados Mayores.
Como uno de estos ataques podemos catalogar el caso del “Kamikaze Solitario” De él existen testimonios de fuentes niponas como americanas, siendo precisamente la aclaración de un combatiente norteamericano lo que permitió completar los datos que se poseían sobre el protagonista de la acción.
Un semanario de Chicago publicó, en octubre de 1946, la narración de un Sargento de Marines, Adam Wooster, sobre sus experiencias de guerra en la zona de Ryukyu, archipiélago al que pertenece Okinawa. El eje de esta narración, constituye la acción de un avión japonés.
Este articulo fue inmediatamente reproducido por la prensa nipona. Luego el periodista y escritor Yako Hitaki, interesado de manera especial por la historia de los Kamikazes, logró encontrar entre los documentos relativos a las misiones suicidas de los pilotos nipones lo que podía ser el principio del caso referido por Adam Wooster.
Hitai hizo otras averiguaciones, comparo datos y fechas, y finalmente tuvo la certeza de haber reconstruido toda la historia y conocer el nombre de su protagonista: Shiogi Kanako.
El Guardiamarina de Complemento Shiogi Kanako formó parte del primer grupo de voluntarios para el Cuerpo Especial de Ataque reclutado por Onishi en los Centros de adiestramiento de pilotos cuando la Batalla de Filipinas estaba llegando a su fin.
Kanako, entonces, no había logrado llegar a la zona de operaciones por falta de aviones y permaneció en Formosa.
De aquí, después de la reorganización de la Primera Flota Aérea y de la Aviación combinada de base terrestre, fue trasladado, con una sección kamikaze, a una pequeña base de la isla Tokora, al oeste del archipiélago de las Ryukyu. De aquélla partió para un ataque suicida no coordinado el 20 de abril de 1945.
La acción llevada a cabo por cinco Zeros y tres cazas escolta, pretendía atacar una formación naval estadounidense descubierta al Sudeste de las Islas Ogasauara y probablemente en camino hacía la zona de Okinawa.
La exigua escuadrilla despegó de la base a las 02:20 hs de la tarde, pero como sucedía a menudo, encontró pésimas condiciones atmosféricas en la posición indicada y no logró localizar las naves enemigas, protegidas por un intenso chubasco. Además, fue interceptada y atacada por una formación de cazas estadounidenses.
Lo que sucedió fue referido por uno de los pilotos de los Zeros de escolta, el único que logró regresar.
“Según las ordenes recibidas, habíamos concluido el vuelo de aproximación a la posición indicada, a más de 6.000 metros pero al hallar en la zona una densa cortina de nubes el capitán Mijika, que dirigía la operación, nos dio la orden de descender por debajo de las nubes con la esperanza de avistar las naves enemigas; la maniobra nos había llevado a unos 3.000 metros de altura, justo encima del mar de nubes, cuando una formación nos atacó. Probablemente, la flota enemiga se hallaba muy cerca y su radar había señalado nuestra presencia.
El combate fue breve. Cuatro Zeros de ataque especial y dos de nuestros cazas de escolta cayeron envueltos en llamas uno tras otro.
Quedaba un solo avión de ataque especial y lo reconocí como el del Guardiamarina Kanako. A pesar de su carga de bombas, estaba haciendo prodigiosas piruetas intentando huir de los cazas enemigos. De repente, lo vi lanzarse contra un grupo de cazas americanos que le impedían refugiarse entre las nubes, mientras otro grupo le atacaba desde lo alto. Tuve la impresión de que iba tocado. De todas maneras, intentó entrar en colisión con un aparato enemigo y éste logró evitar el choque; el Zero de Kanako se perdió entre las nubes y un grupo de Grumman le siguió para darle caza.
También logré salir de apuros, refugiarme entre las nubes y desaparecer de la vista de los americanos.
Intenté luego, por todos los medios, tomar contacto con el avión del Guardiamarina Kanako, pero debió precipitarse en el mar; aunque su caída fuera sólo una maniobra para huir de los Grumman creo que si avión había sido alcanzado en un ala.”
Hasta aquí los datos que aportan los documentos sobre las misiones Kamikazes.

En efecto, lo que Kanako hizo fue una maniobra. Refugiado entre las nubes, y después de un largo picado, debió evidentemente recuperar el control de su Zero, ya que dos días más tarde se encontraron señales del avión a 400 Km al Sudoeste del lugar donde se desarrolló el desigual combate aéreo.
Entonces ¿Por qué el joven piloto no regresó a la base? He aquí, según el periodista Yako Hitaki, lo que debió ocurrir.
El Zero nipón fue alcanzado, pero aunque la avería no era grave el joven Guardiamarina comprende que no le queda ninguna esperanza de salvación porque los cazas enemigos lo atacan por todos lados; ha visto caer uno a uno sus compañeros y no le queda más que intentar acabar su misión estrellándose contra un avión norteamericano. Pero esté logra evitar el mortal choque y entonces Kanako intuye la posibilidad de huir de los cazas enemigos poniendo en práctica las instrucciones recibidas en el breve curso de adiestramiento.
Kanako continúa su picado hasta rozar las tumultuosas olas del océano azotadas por la lluvia, logra recuperar el control del aparato y continúa volando a ras del agua reduciendo al máximo la velocidad.
Los Grumman han perdido contacto con él y los pilotos americanos deben pensar que se ha precipitado en el mar.
Kanako prosigue su vuelo seguramente con la esperanza de encontrar una unidad naval estadounidense contra la que estrellar su avión. Pero no logra avistar ninguna.
Después de un tiempo parece suficiente para haber burlado la vigilancia enemiga, el joven guardiamarina gana altura evidentemente con la intención de dirigirse hacia su base.

Pero, ¿dónde se encuentra su base? La tempestad magnética que acompaña a las precipitaciones ha hecho enloquecer la aguja de la brújula y Kanako ha perdido el rumbo, o quizás el motor del avión no responde, o quizás el joven guardiamarina no se ha dado cuenta del paso del tiempo y el carburante se está acabando. Lo cierto es que en medio de la tempestad advierte de improvisto un pedazo de tierra y decide intentar un aterrizaje de emergencia.
El pequeño avión no queda destruido por verdadero milagro al tomar tierra bruscamente en un suelo lleno de zarzas. Por el contrario; estas mismas zarzas frenan su carrera y logran detenerlo en el borde de un profundo barranco.
Kanako está herido, acaso permanece sin sentido durante horas; sólo por la mañana del 21 de abril puede darse cuenta de que ha aterrizado en un pequeño espacio abierto entre una lujuriante vegetación, en la ladera de una alta montaña.
Este breve espacio sobre el que ha logrado aterrizar milagrosamente el avión forma una dura pendiente hasta una amplia ensenada, a unos 500 o 600 metros en línea recta.
Advierte un gran movimiento de hombres y vehículos en aguas de la ensenada y a lo largo de la costa. La atmósfera está muy despejada y Kanako puede ver con claridad lo que sucede y darse cuenta de que se trata de tropas norteamericanas; en el horizonte se destacan las siluetas de unos grandes buques…

La isla es la de Kamiyana, muy próxima a Okinawa, en donde el 31 de marzo de 1945 ha desembarcado un contingente EEUU, operación que forma parte del amplio plan de de ataque a Okinawa.
Del contingente de Marines que ocupa la isla formaba parte el Sargento veterano Adam Wooster y el 22 de abril todavía se encontraba allí. He aquí su relato relativo a aquella jornada:
“El día 20 de abril, ya avanzada la tarde, la tempestad estaba en su máximo apogeo sobre la isla, el agua caía a mares desde hacía varios días. Precisamente aquella tarde, a pesar que se habían desencadenado los elementos, hubo una alarma aérea hacia las 6, pero minutos más tarde cesaba.
Durante la noche la tempestad se alejo; el cielo se despejo, relucían las estrellas y de las playas de Okinawa llegaba el fragor de la lucha que allí se desarrollaba.
El 21 fue un día tranquilo, y también la noche siguiente; hasta el alba del 22 no sufrimos ninguna molestia por parte de los japoneses. Ni un solo aparato nipón había sobrevolado nuestra posición, ni siquiera para atacar nuestra flota en Okinawa, como había sucedido otras veces.
Todos pensábamos que en el ataque del 16 los japoneses perdieron sus últimos aviones.
Así, en el alba del 22 nadie de los que estábamos en la isla de Kamiyama podíamos imaginar lo que acababa de ocurrir pocos minutos antes.
En la bahía habíamos construido un pontón de desembarco para hacer más fáciles las operaciones de descarga de lanchas.
Junto a la costa se hallaban algunos portaaviones; de ellos, cuando, eran cerca de las 6:30 hs de la mañana, se elevaron un centenar de cazas para efectuar vuelos de reconocimiento. ¡Podíamos estar tranquilos con aquella protección!.
Una escuadrilla de Grumman pasó por encima de nosotros a baja altura y despareció tras la cima de la montaña que estaba a nuestras espaldas.
La seguí con la mirada; poco después vi regresar a tres aviones y descender en picado, casi paralelamente, a la ladera de la montaña.
En aquel momento apareció de improvisto otro avión, como si hubiese salido del corazón de la montaña, a unos 400 metros de altura.
En un primer momento pareció que iba a caer, pero en seguida me di cuenta de que estaba picando precisamente hacía el punto donde me encontraba. Necesite unos momentos para darme cuenta de que se trataba de un avión japonés.
Me precipite rodando hacia el refugio. ¡El japonés iba a estrellarse contra el pontón de desembarco! Pero en el último instante – estaría quizás a unos 5 metros del suelo – cambió de rumbo y ganó altura seguido por nuestros tres Grumman. Los vi dirigirse directamente hacia los buques fondeados y poco después se produjo una gran explosión; una columna de fuego y humo subió hacia el cielo.
“Llegó la orden de reunir una patrulla para llegar hasta el punto de la montaña del que parecía haber salido el avión. Yo también fui porque era el único que lo había visto desde el primer momento y recordaba perfectamente la posición.
Subimos unos 60 hombres con grandes precauciones y haciendo las más absurdas deducciones: ¿Habían los japoneses excavado bases en las montañas desde las que lanzar ataques suicidas? Era posible, los japoneses eran capaces de todo y lo habían demostrado.
Pero cuando llegamos allá arriba no podíamos dar crédito a nuestros ojos: un pequeño espacio rocoso entre los árboles mostraba señales inequívocas de que un avión había aterrizado… Sin embargo, parecía que no podía servir ni de plataforma para una mariposa.
Todo estaba lleno de arbustos y matas segados y arrancados; algunos con manchas de sangre.
Imaginábamos lo que debió ocurrir. Un avión japonés había logrado efectuar un casi imposible aterrizaje de emergencia en la tarde del 20 de abril, durante la tormenta que azotó la isla; de otra forma lo habríamos visto.
El piloto debió haberse herido en el aterrizaje -la sangre lo demostraba-, pero a pesar de ello durante del día 21 y la noche del 21 al 22 trabajó como un condenado para arreglar su aparato y ponerlo en condiciones de volar. Si el “Zeke” hubiera estado en condiciones, el piloto nipón hubiera llevado a cabo su ataque el 21 y no hubiera permanecido allí todo el día expuesto al peligro de ser descubierto por nuestros aviones de reconocimiento, como ocurrió en la mañana del 22. Demasiado tarde, por cierto.
Yo creo que si el Japón no se hubiera rendido, con o sin bomba atómica, nos hubiera resultado muy difícil desalojarle de la isla; mucho más que de Iwo Jima y Okinawa. ¡Y Dios sabe que costó sacarle de allí!”.
¿Por qué Yako Hitaki atribuyó esta empresa al Guardiamarina de Complemento Shiogi Kanako?.
Porque ningún otro Kamikaze fue lanzado contra los norteamericanos el día 20, y el único avión que pudo haberse salvado de los que componían la formación suicida de aquel día, salida de la Base de Takora, era el pilotado por Kanako. Y que fue el avión del joven piloto el que logró efectuar un aterrizaje de emergencia en la isla de Kamiyama se desprende de la narración de Adam Wooster, quien afirma que solo pudo hacerlo en la tarde del día 20.
Una ulterior confirmación del caso se tuvo al saber que el día 22 de abril de 1945 un crucero EEUU fue alcanzado por un aparato Kamikaze en aguas de Yamiyama.

ALFRED HORN

Be Sociable, Share!

    Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

    ACEPTAR
    Aviso de cookies
    Web translate