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LOS MALDITOS. SAINT-PAULIEN

 

“No, amigo mío; seremos comparados a los seres que nosotros odiamos más… A los peores individuos de la Gestapo, a los espías, a los traficantes y vividores más indeseables, a los chivatos, a los que se han dedicado a denunciar, a los traidores más viles… Pero los sinvergüenzas encontrarán defensores: tienen dinero y, a veces, incluso compinches en el otro lado. En cambio, nos otros no tenemos ni dinero ni cómplices; no hemos jugado a dos y tres barajas. Por eso nadie nos defenderá…”

Con la transcripción de esta frase de Christian Gauvin, protagonista principal de Los Malditos, creemos queda resumida la tragedia y el problema moral que Saint-Paulien nos hace vivir en esta novela, que, a poco que en ella ahonde el lector, verá se encuentra ante un documento histórico tan vigoroso, tan fiel y tan biográfico -no autobiográfico- como Los Proscritos, de Ernst von Salomón.

Los “malditos” de Saint-Paulien -“malditos” para quienes les ha interesado llamarles “malditos”- son los heroicos, este adjetivo ni aun quienes les llamaron “malditos” ha podido discutírselo, soldados de la Legión de Voluntarios Franceses, posteriormente convertida de oficio en la 33.ª Waffen S.S. División “Charlemagne”, que lucharon contra el bolchevismo junto a los alemanes hasta el último minuto de la Segunda Guerra Mundial.

Impresiona este libro por el verismo con que el gran novelista que es Saint-Paulien narra escenas de tanta violencia como la lucha cuerpo a cuerpo en los túneles del Metro de Berlín, en la que la guardia Roja cargó a la bayoneta alumbrándose con reflectores y entonando el canto A Vorochilof, y la encarnizada, heroica, suicida defensa palmo a palmo que le ofreció la División “Charlemagne”. Quizá resulte sorprendente al lector enterarse de que el último combate callejero -cuando ya se habían iniciado entre el Alto Mando alemán y el mariscal Tchuikov conversaciones encaminadas a una tregua o armisticio- lo libraron en las ruinas de Berlín los franceses, y que la última bandera y el último cántico que flotaron entre la humareda de los incendios fue una bandera francesa y la Ajaccienne.

Además de ofrecernos con Los Malditos una gran novela y un valioso documento histórico, Saint-Paulien nos ofrece una novela realmente original, pues nos demuestra que pueden escribirse novelas—y buenas novelas—de la Segunda Guerra Mundial sin recurrir a feroces alemanes matando niños judíos.

Servirá también este libro para demostrar que los “malditos” no fueron tales “malditos”, aunque para demostrarlo basta con transcribir esta sorprendente frase del general De Gaulle, pronunciada el 21 de junio de 1961: “Por el simple hecho de que Alemania y Francia se unan, Europa comienza a ser Europa.”

Después de esta frase de Charles De Gaulle, es probable que Los Malditos sea incluida en el género tragedia.

A. MARTÍN

 

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