LOS ÚLTIMOS DE FILIPINAS O EL SOLDADO ESPAÑOL

A la memoria del Tío Gino.

¿Vieron Apocalipse now? Sí, hombre, aquella película que arruinó a Coppola, con Brando, Duvall y Sheen como protagonistas.
La película entera se rodó a escasos kilómetros de una iglesia, que se convirtió en fortaleza por las circunstancias, en una pequeña aldea Filipina que se llamó Baler, muy cerquita de donde murió Magallanes.
Baler fue fundada en 1609 por los españoles y como curiosidad les diré que el primer presidente de Filipinas, nació en esta ciudad.
Cuando el maestro Coppola presentó la peli lo hizo con estas palabras: “Ésta no es una película sobre la Guerra de Vietnam, esto es Vietnam”.
Tal fue el infierno en que se convirtió el rodaje en un entorno absolutamente inhóspito como es la jungla filipina.

Y eso que no tenían que sufrir las emboscadas de los Tagalos.

Allí, 50 soldados españoles en 1898 escribieron una de las más bellas páginas de heroísmo de nuestra historia.

Allí, un destacamento español se entera de que EEUU ha declarado la guerra a España y del desastre de Cavite con la destrucción de la flota española. Fue el último correo que recibieron del General Augustí.

Allí y tras un ataque nocturno y traicionero de los nativos a los barracones donde se alojan los soldados, decide la guarnición hacerse fuerte en los muros del único edificio de piedra que hay en el pueblo, la iglesia.
En ella es izada por última vez -sin que ellos pudieran imaginarlo- la bandera de España.

Allí se fortifica la iglesia cavando pozos de tirador, quemando las chozas más próximas, construyendo un pozo y un horno y terraplenando puertas. Mientras tanto, los Tagalos que han sido ya rechazados varias veces, cavan trincheras. Ambos bandos se preparan para un sitio prolongado.

Allí y a lo largo de 337 días vivieron y murieron los soldados españoles sin arriar la bandera, defendiendo un pedazo de tierra que el gobierno español ya había vendido a la potencia emergente por 20 millones de dólares.

Allí el capitán Las Morenas, agonizante por la fiebre, antes de morir. . . ¡¡ firma una oferta de perdón a los sitiadores si deponían las armas !!.

Allí la tropa escenifica por las noches juergas con cante y guitarra para mostrar a los sitiadores su espíritu irreductible.

Allí efectúan una salida desesperada, quemando el pueblo y robando las huertas, venciendo así al beri-beri.

Allí y mientras se alimentan de todo bicho que se mueve, rechazan cualquier intento de negociación de los sitiadores, incluso los periódicos que éstos muestran donde se acredita la rendición de España. Los filipinos ya no saben qué hacer y envían un niño con una propuesta de rendición en la mano, desde gran distancia un tirador se la vuela sin rozarle.

No voy a extenderme sobre el asunto porque, con toda humildad, les aseguro que mi relato jamás haría ni sombra a tan abundante información y bibliografía como disponen, de manos infinitamente mejores que las mías.
De entre tanta fuente, me he permitido extraer algunas líneas redactadas por el maestro Azorín como prólogo del libro que escribió uno de los oficiales sitiados, Saturnino Marín Cerezo.
Que las disfruten.

LARREA    ENERO/2021


Al cabo de muchos años he vuelto a leer la Numancia, de Cervantes. He leído una obra nueva. He leído una obra maravillosa. No volvía de mi asombro. No me explicaba cómo una obra de tal naturaleza no es conocida, comprendida, admirada por las gentes.
Numancia era un pueblecito de ocho mil habitantes. Se hallaba a siete leguas de Soria, en el monte Garray. Al pie de ese altozano se levanta hoy el pueblo del mismo nombre. Durante veinte años resistió Numancia a Roma. Se estrellaron contra sus murallas los más famosos capitanes. No nos explicamos hoy ni la obsesión de Roma ni la obstinación de Numancia. ¿Necesitaba Roma el vencimiento de Numancia? Tan lejos como estaba, ¿qué le importaba la indomitez de este pueblecito perdido en la altiplanicie de España? Y a Numancia, ¿qué le importaba el llegar a una composición con Roma? ¡Y sin embargo, el heroísmo es el heroísmo! No se rindió Numancia. No quiso entregarse viva. Entregó sus escombros, sus cenizas, sus ruinas, sus cadáveres.
No se rindió Numancia y no se rindió Baler. No se acaba en España la santidad. No se acaba el heroísmo. Baler nos atestigua que el espíritu de Numancia no se ha extinguido. La guerra con los Estados Unidos fue un desastre; pero fue también una demostración magnífica del espíritu heroico de España. Ninguna página más bella que el heroísmo de los marinos españoles en Cavite. Y en Santiago de Cuba. El combate de Cavite fue entre una escuadra poderosísima, escuadra de acero, y una escuadra debilísima, escuadra de madera. Mostraron los españoles, mandados por Patricio Montojo, una serenidad, un estoicismo, una perseverancia, una intrepidez extraordinarias. Sabían que iban a ser destruidos, aniquilados, y serenamente se presentaron en línea de batalla y abrieron el fuego. Sabían que iban a jugar con ellos, como una fiera juega con un cordero, y se dispusieron sin vacilaciones, resueltamente, al combate.
Cosas muy admirables se han visto en la gran guerra europea, no se ha visto ninguna superior a la defensa de Baler.
La iglesia era reducida y de muros débiles. Se encerró en ella una cincuentena de hombres. Se taparon las ventanas. En torno de la iglesia, muy próximo a sus paredes, el enemigo formó una recia trinchera. Comenzó la defensa. Iban pasando los días, las semanas, los meses. Los víveres se acababan. El sitio seguía riguroso. La defensa era obstinada. Se les enviaban a los sitiados, de tarde en tarde, mensajeros de paz; pero los sitiados los desdeñaban. Hubo precisión de llevar los enfermos, sentados en sillas, para que durante las seis horas, con el fusil entre las piernas, hicieran la guardia en lo alto de los muros.
La serenidad y constancia de los sitiados no se alteraba. Había formado unas listas en que figuraban todos los más o menos próximos a morir. Estaban los más enfermos los primeros. “Tú vas a ser el primero en morir”, se le decía a un enfermo. Y el enfermo, sonriente, sin dar importancia a su muerte, donaba una cantidad para el que había de abrirle la fosa.
La bandera española que flameaba en la torre se había consumido por el sol, la lluvia y el viento. Afortunadamente, en la iglesia pudieron encontrar telas de color amarillo y rojo. La bandera que amparaba a todos fue rehecha.
Duró la resistencia 337 días. Se escribe eso rápidamente. Sí, desde Numancia no se ha dado caso tan extraordinario en España. ¡Y casi sin gloria! ¡Sin gloria clamorosa, resonante, trompeteada! ¡Estaba aquello tan lejos y tan solitario!.
La capitulación se hizo con todos los honores, los máximos honores, para los sitiados. Treinta y dos soldados fueron los que quedaron. ¿Qué nación en Europa puede mostrar ejemplo tal de heroísmo? .
AZORÍN

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