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MAGDA GOEBBELS. “SER MADRE”

 

“¡Madre! En esta palabra se resume todo, lo que para el ser humano significa infancia, juventud y patria, y en esta palabra se encierran todas las penas y bienaventuranzas que la vida terrena nos depara. Dolor profundo y supremo gozo, es algo que sólo puede vivirlo una madre. Paciente ya por naturaleza, su camino de penas y su tarea misma comienza en el momento en que concibe a su hijo. Corporal y anímicamente sacrifica todo al ser futuro, y esta entrega y sacrificio se eleva al máximo cuando regala la vida al niño.

Ahora, tenemosas y silenciosas esperas dejan paso a preocupaciones reales y serias obligaciones. Los diarios esfuerzos por el desarrollo del niño, la continua inquietud por su salud, el trabajo sin descanso y las noches en vela, tienen como recompensa más preciada su primera sonrisa, su enternecedora torpeza y desamparo y encuentra su propia dicha en el buen desarrollo del niño. Bajo su protección crece lentamente hacia un hombre sensible y con entendimiento.

En el primer plano se halla la madre como educadora. Lo que al niño le fue dado en valores anímicos del padre y la madre a través de la sangre, todas las cualidades heredadas, virtudes y defectos, dormitan en él, y ella toma sobre sí la sagrada misión de despertarlos, de fomentarlos o reducirlos, en definitiva, de crear al Ser interno. ¡Cuánto infinito trabajo, cuántas preocupaciones y esfuerzos, cuánto amor y dureza necesita un tal corazón de mujer, hasta que de un ser pequeño que casi vegeta, se hace un niño sensato!

Obediencia, amor a la verdad, lealtad al deber, bondad, formalidad, limpieza… todas estas son cosas que la naturaleza no nos da completas, sino que en mayor o menor grado deben ser aprendidas duramente. Escuchemos en este instante nuestros primeros recuerdos, y así la voz amonestadora y bondadosa de nuestra madre resonará en miles de ocasiones, pequeñas y grandes, demostrándonos que lo que hoy llevamos dentro, casi sin darnos cuenta, ha sido laboriosamente inculcado por ella.

Hasta aquí nos ha cuidado y protegido ella sola. Ya se acerca el día en que debe compartir estos deberes: El primer día de clase. Con ardiente impaciencia y orgullosa alegría es ansiado por el niño, y también por la madre, pero con inquietas preocupaciones y cierto pesar de corazón. Su más propio ser, hasta entonces exclusiva propiedad, su uno y todo, debe pasar a manos extrañas. Y no sólo el colegio, también el padre exige ahora su derecho como educador. El hombre educa con dureza, la madre con amor. Cuanto mayor su dureza, tanto mayor su amor y con este amor continua todo su comportamiento, obrando compasivamente y atenuando. Orgullo sin límites y profunda preocupación alternan y dejan templar su corazón.

Pero el tiempo más duro aún tiene que llegar: los años tempestuosos del niño. Sin éste saberlo, ella lucha con él en todas las penas de su tiempo. Su empuje hacia la independencia espiritual es vivido por ella y la eterna lucha generacional es soportada por ella con infinita paciencia. La juventud se interesa en todo de forma impetuosa, se siente incomprendida por la madre. Sus puntos de vista juveniles y sus fines son los únicos que le parecen aceptables y buenos. Abierta o subrepticiamente, empieza aquí el duelo entre dos generaciones, en la cual una parte debe resignarse con la comprensión y el perdón y la otra empuja hacia adelante con un egoísmo que no atiende a razones.

Más que antes por la salud y el desarrollo del niño, sufre ahora la madre en el corazón. El refrán: “Los niños pequeños pesan a la madre en el regazo, los niños grandes en el corazón” encuentra aquí su amarga verdad. Comprendiéndolo y perdonándolo todo, siempre dispuesta a perdonar y ayudar, así se halla la madre en los años de nuestro desarrollo espiritual, siempre a nuestro lado, y ninguna ofensa o falta -por mayor que sea- podrá reducir su amor. Se acerca el tiempo en el cual los niños han crecido y entran en la vida. Con todo el alivio aparente que esto parece que vaya a ser para la madre, la preocupación por ellos no la dejará descansar. Un hijo está en la lejanía y el otro se ha casado, pero el futuro de cada uno de ellos, lo vivirá la madre como si fuera el propio.

La alegría más pura, la felicidad sin sombra de la madre, la experimentará ella en sus nietos. Con ello solo ya es feliz y es por este medio como la naturaleza paga su continua vida de sacrificios. Aquí podrá mimar sin obstáculos, aquí ella se podrá alegrar con toda el alma, sin estar cargada con duros deberes, y aquí los hijos casados deberían saber conceder sin límites esta felicidad para ella, bien merecida. Nunca podrá ser equiparado lo que pueda contribuir la abuela a una deficiente educación del nieto, con la enorme deuda de agradecimiento contraída con la madre, y aunque la abuela pueda dificultar la educación de los nietos, no puede ello ser comparado con la inmensa alegría que experimenta. Dejemos a nuestras madres este privilegio y no nos embarquemos en temerosas preocupaciones educativas. Las madres de nuestra actual generación, tienen más derecho que las anteriores a ver reconocida su laboriosa entrega y sacrificio: Son las madres de los años de la guerra y la inflación, las que vivieron los años de esplendor y decadencia de Alemania. No sólo han vivido el duro destino de todas las madres, sino que además son las heroicas luchadoras por la libertad, el honor y la patria. Los logros de la mujer en los años de guerra, no quedan de ninguna manera por detrás de la heroica lucha de los hombres en el campo de batalla. Dio sus hijos a la patria. Mientras fuera los hombres mantenían la gigante lucha contra un mundo de enemigos, diariamente miles de cuchillos atravesaban el corazón materno en la patria. Palabras nos bastan para describir el sinnúmero de sacrificios que diariamente se prestaron, y pese a todos los tormentos del alma, encontraron la fuerza para sustituir al padre ausente, para sustituir a la ausente fuerza de trabajo paterna. Llena de continuas preocupaciones y temores por el destino de su marido y sus hijos, iba al puesto por ellos dejado y aún encontraba tiempo y fuerzas para ayudarles en su desesperada lucha, con sacrificio y amor.

Pero no bastaba con esta carga espiritual que representaban los ausentes. Su corazón se rompía en pedazos a diario al ver el hambre de sus hijos en el hogar. Este supremo esfuerzo corporal y esta pesada carga espiritual, la tomaba sobre sí a gusto.

Su vida era más que nunca una eterna preocupación y esfuerzo, lucha y objetivos alcanzados, y en este tiempo enseñó al mundo todo lo que una madre es capaz de hacer. ¡Cuántos corazones maternos han sido heridos de una manera incurable! ¡Cuántas esperanzas maternas han sido enterradas, y cuántos heroicos corazones de mujer han sabido, cuando el temible destino les arrebató al padre de sus hijos y sustentador de la familia, echar sobre sí de forma decidida la lucha por la existencia, y han sido para sus hijos, padres y madres, educadores y profesores!

Lo que esto significa, lo sabemos nosotros de los años de postguerra. Hemos vivido en los años de la inflación cómo la propiedad y la riqueza se convertían en nada. Cómo la propiedad duramente conseguida, era aniquilada en un día y cómo pese a todo el trabajo y al máximo esfuerzo, la preocupación por el futuro era inútil. Los más sagrados valores del pueblo alemán se derrumbaban. Moral, Honor, Amor a la Patria… debían ceder ante el poder destructor de un modo de pensar ruin y falto de piedad. Así, también el valor de la madre fue degradado, y el absurdo de una época frívola la apartó violentamente de su puesto ancestral de portadora y defensora de la familia y la degradó a compañera del hombre, cuyo último fin era estar al nivel del hombre o sobrepasarlo, en los terrenos de la política y el trabajo. No fue ningún milagro que cuando un hombre surgió del pueblo, portador de una nueva época y luchador por una nueva moral y un nuevo honor, la mujer, y sobre todo la madre, ya de forma instintiva se pusiera a su lado, y tras comprender sus altos fines morales y espirituales, se convirtiera en su más entusiasta seguidora y fanática militante. El sacrificio de las madres ha sido de nuevo incalculable durante esta lucha. El número de maridos e hijos que durante esta lucha por Alemania cayeron asesinados, es grande, pero el número de lágrimas que han derramado las mujeres alemanas es inconmensurable… Y si hoy Alemania sale de la miseria y la desesperación camino de nuevo hacia la fe y la esperanza, la madre alemana tiene en ello una participación considerable. Y esto no lo queremos olvidar ni nosotros ni Alemania.”

 

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