MALDITOS REFRANES

“A ver, Edecán, ponme otro copazo de Johnny en las rocas”. El rey libró una sonora carcajada con su propia ocurrencia: hay que ver lo viejuno que soy… “en las rocas”… no había vuelto a pedir así un whisky desde que lié a Franco en el 58 para hacer una “visita oficial” al Perú.

-¿Cómo se llamaba la fulana aquella, Edecán?

-Gladys Zender, señor. Y fue Miss Universo…

-Sí… qué buena estaba la condenada. Y el cabrón del Caudillo interceptando mis cartas de cortejo, ¡pues no me dijo que mi caligrafía era lamentable!.

Juan Carlos, envuelto con sus recuerdos de aquellos tórridos paseos por Lima, perdió su mirada entre las nubes mientras tarareaba a Gardel, conquistador empedernido y medio francés como él “si arrastré por este mundo la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser, ahora cuesta abajo en mi rodada…”

Una ciudad como un punto diminuto apareció repentina cuando el Jet privadísimo tomó altura para dar un giro y abandonar el espacio aéreo español.

-¿Qué ciudad es esa, Edecán?

-Es Cartagena, señor

-¿Y por qué se me antoja tan familiar?

Años ha, en la década de los 50, los españoles habían dejado atrás (con enorme esfuerzo colectivo) el hambre de la posguerra y la nación comenzaba un desarrollo sin precedentes en la historia de España, con un cambio social que ya hubiera gustado imaginar Rousseau para su “Contrato”: el proletariado de ayer estaba pasando a convertirse en la sólida clase media sobre la que, con el devenir de los tiempos, se asentaría el cambio de régimen que sin ningún meritaje para ello lideraría el rey, convirtiéndose en su aval personal para hacer literalmente lo que le saliera de los cojones.

Aquella naciente clase media de los 50/60 -que no burguesía- estaba formada por la clase trabajadora, y con la seguridad del empleo estable, tras adquirir primera vivienda y utilitario, se lanzó a la compra del “terrenito” (el eterno sueño español) que básicamente eran casetas -las más de las veces sin luz y el agua de aljibe- con algunos frutales, sombrajo para lavar el Seat o hacer ascuas, y balsa que bien servía para riego tanto como para el baño de la zagalería cuando el rigor del verano.

Con el paso del tiempo (70/80) aquellas humildes casetas se agruparon formando urbanizaciones asfaltadas y hasta Club Social. Y no hace tanto, ya refundadas en chalet, sirvieron para que los nietos de los primeros moradores pudieran salvar la penúltima crisis económica de “este Sistema que nos hemos dao”, vendiendo aquella propiedad legada, a rusos y chinos.

Pero esa es otra historia, la que me interesa contar es mucho más amable:

Era típico de aquellas construcciones adornar los porches con jazmines, geranios y bouganvilleas… además de colgar de las paredes azulejos con barómetros “de la cola del burro” y refranes castizos para cada ocasión. Justo es reconocerlo: menudeaban las bromas machistas. En mi casa había uno que Juan Carlos debería haber conocido y tomado buena nota… mejor le habría ido: “los enemigos del hombre son tres: suegra, cuñada y mujer”.

Sustituyan “suegra” por “nuera” y en el refrán tienen la respuesta a alguno de los problemas que el Emérito está purgando a la vejez. Porque la venganza es un plato que se sirve frío, y nada hay más peligroso que el fuego amigo.

Se comenta en los mentideros políticos que gran parte de la información que en las próximas semanas se hará pública acerca del ciudadano Borbón ha salido de su entorno más próximo, que no es Corina.

Ya se lo advirtió el Gallego en el 59: “a usted no se le dan bien las cartas de amor”.

Y es que, no hay peor sordo que el que no quiere ver…

O como se diga.

LARREA  AG/20

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