MATAR AL MENSAJERO

Aquéllos que fuimos alumbrados y aún vivimos en ciudades históricas (que en Aquí somos mayoria) sabemos del axioma de los constructores cuando van a hacer tal o cual ñapa en el casco antiguo: si salen ruinas, échales tierra.
Abrir una mera canalización de alcantarillado ahondando ocho o díez metros es frecuente que tropiece con una necrópolis íbera o una calzada romana, alterando los planos de la obra y congelando sine die los trabajos.
Sencillamente: es un mal negocio.

Meter el hocico bajo siglos de pasos perdidos tiene algo de inmoral, además de la escasa practicidad: muchas de nuestra grandes capitales se levantan sobre los restos de antiguas urbes, domus y culturas florecientes que fueron dejando paso a otras cuyo asentamiento nos ha traído hasta aquí.
A pesar de lo dicho, la última década ha visto desarrollarse un negocio de pseudo funerarios empeñados en alumbrar huesos de difuntos con el estrambótico argumento de dignificar su memoria, cuando es hecho sabido que la dignidad está en el recuerdo emocionado, que no en una carcasa descarnada por larvas de mosca.

La “Memoria Histórica” (hoy renombrada con el título mucho más certero de “Memoria Democrática” pues solo interesa un bando de los dos contendientes) ha dispuesto presupuestos enajenados de todos los bolsillos con la intención de apuntalar un discurso maniqueo sobre unos hechos históricos, con la clara intención de manipularlos en beneficio de parte.
Pero la verdad es testaruda y con cada nueva exhumación, o no aparece nada, o lo hacen seminaristas y monjas víctimas de la represión republicana.
Y es que se olvida algo de Perogrullo: Aquí hubo una guerra y en las guerras los soldados mueren, y se les da tierra allí donde cayeron.

La izquierda española, que es una cloaca ponzoñosa desbordante de rencor, incorporó a su imaginario colectivo un discurso carente de rigor histórico aunque bien alimentado por sus lacayos habituales: “España el segundo país del mundo con más fosas comunes tras Camboya”.
El disparate no se sostenía ni con las matemáticas, ni con el censo, ni con la praxis de la profanación de cadáveres y por tal causa ha pasado a un segundo plano del discurso habitual, aunque todavía se mantengan chiringuitos y chirigotas financiados por caudales públicos que bien podrían destinarse a asuntos más urgentes para los vivos tales como la Dependencia.
Pero ya que hablamos de fosas que no fueron cunetas en frente de batalla alguno, permítanme contarles de unas cuantas, y éstas sí: bien documentadas.

Corría el año de 1941 cuando los ejércitos de Hitler toman Kiev y ocupan la casi totalidad del territorio ucraniano. Un año despues son descubiertas en Vinnytsia unas fosas comunes que albergaban 9.432 cuerpos de ucranianos étnicos (entre ellos 149 mujeres).
Los alemanes sospechan que pueden haber muchos más y crean una Comisión Internacional formaba por eminentes patólogos forenses de 11 naciones europeas.
Todos coinciden en datar los crímenes entre 1937 y 1938, es decir: durante la ocupación soviética.
Finalmente los cuerpos volvieron a ser inhumados levantándose un monolito en su recuerdo que decía así: “Aquí yacen ucranianos víctimas de las purgas Stalinistas”.
Acaba la guerra con la victoria de los Aliados el monolito fue mantenido aunque renombrado: “Aquí yacen las víctimas del terror nazi”.
Tendría que llegar este siglo para que alguien rizara el rizo de la cobardía y la traición a los que allí descansan: “Aquí yacen las víctimas del totalitarismo”.
Matando al mensajero, así se ha escrito la historia.
Pero lo cierto es que los soviéticos habían realizado en un cortísimo especio de tiempo una limpieza étnica en la zona, sobre los polacos (Katyn) y los ucranianos (Vinnytsia).
No fueron las únicas… aquél que tenga curiosidad por saber de asesinatos y enterramientos en masa que busquen: Bykivnia (Ucrania), Kurapaty (Bielorusia), Bútovo (Rusia), Communarka (Rusia), Sandarmoj (Carelia).
Ya del Gulag de Kolymá, mejor ni hablamos.

¿Fosas franquistas?, iros a tomar por culo.

LARREA   ABR/2022

 

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