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MEMORIA HISTÓRICA: EL COMANDANTE CASTRO Y LAS PUTAS MILICIANAS

Enrique Castro, comandante del 5º regimiento, cuenta en sus memorias (publicadas por Caralt en España) su enfrentamiento con Dolores Ibarruri, la Pasionaria, a costa del empecinamiento de ésta por crear un batallón de milicianas.
Este fragmento da una idea. Pero el libro ¡el libro es tremendo e imprescindible!

GUTIÉRREZ


—¡Porque yo he sido soldado antes de ahora, Dolores! Porque yo sé lo que es un cuartel. Y porque yo he visto en el Aeródromo de León, cada domingo de dos años seguidos, cómo salían los soldados y cómo al llegar a la ciudad se iban a las casas de prostitución que había detrás de la Catedral… ¡A vaciarse!… ¡A enfermar!… Y no olvides, aparte de esto, que en las guerras no falta mucha gente cobarde que busca el contagio venéreo para librarse del frente… ¡Tú quizá no supieras esto!… Pero yo sí tenía la obligación de saberlo… Y la obligación de contarlo… ¡Arrojando a patadas a las putas; y acomodando en los servicios del cuartel a esas mujeres que tanto me recordaban a mi madre.
—¿Y tú quién eres para hacer eso?
—¡El comandante Castro!
—El comandante Castro y el camarada Castro tendrán que vérselas con el Buró Político.
—Confío en el Buró Político.
—¿Y en mí?
—¿Me permites hacerte una pregunta?
—Habla.
—¿Por qué entre los combatientes y las putas das preferencia a estas últimas?
—Hemos terminado.
Él salió dando un portazo. Y pasó delante de la guardia como antes: sin mirar ni saludarla. Y cuando las patrullas le daban el «alto» seguía sin detenerse. Y cuando llegó al Cuartel llamó al comandante Oliveira.
—¡Quedan disueltas las compañías de milicianas!… La gente útil la incorporaremos a los servicios de intendencia y al de los hospitales… Las demás… ¡Que las curen y después las echen de aquí!
—A tus órdenes.
Al poco rato Oliveira había hecho la separación… Las mujeres que eran el ejemplo constante de la dignidad de la mujer española se incorporaron a los otros servicios.
Las demás esperaban.
Y Castro bajó. Y mandó que las metieran en la iglesia. Y luego allí, desde un pequeño púlpito de madera, en presencia de la Virgen, del Hijo de Dios y de santos y santos habló:
—¿Queréis saber por qué os echo?
—Silencio.
«Por putas, oídlo bien, por putas»… Y sentiros contentas de que no os saque esta noche a las afueras de Madrid y os ametralle delante de una fosa inmensa… ¡Putas más que putas. Si el enemigo supiera lo que nos estábais haciendo posiblemente os condecoraría!… ¡Iros!… ¡Iros!… ¡Iros de una puñetera vez a la mierda!».
Y salieron silenciosas.
Algunas distraían su caminar mirando a los santos, a la Virgen, al Hijo de Dios y a las bóvedas…
Castró salió después.
Y pidió el coche.
—A la calle de Serrano, camarada.
Y pensó.
«Sí, ellas unas putas… Pero ¿y ellos?… ¡Habría que esterilizarlos para que sólo pudieran pensar en la guerra!».
Entró Tomás.
—Comandante, tienes una visita y unos detenidos.
—Yo te llamaré… ¡Ahora déjame solo!

 

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