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MI TERRIBLE INFANCIA

Hace ya un par de días, con Gabriel -un buen amigo mío- tuvimos una extensa serie de charlas en ocasión de varias trasnochadas; de ésas en las que uno habla de los buenos viejos tiempos, de los antiguos amigos de quienes ya no sabemos qué les pasó y de aquellos que sí sabemos pero que por desgracia ya no están con nosotros.

La cuestión es que, entre una cosa y otra, salió el tema de la ideología de género, los mandatos culturales, la cuestión del feminismo, el patriarcado, la educación sexual progresista y el larguísimo etcétera relacionado con esas cosas del liberalismo de izquierda que es la única izquierda que queda. La verdad, me sorprendió mucho enterarme de que mi amigo no estaba para nada al tanto de todo eso. Bueno, en parte es comprensible: el tipo labura como un condenado para mantenerse razonablemente apenas bien y no le queda tiempo para ponerse al día sobre esa clase de menudencias ideológico-filosóficas.

Sea como fuere, se nota que mi buen amigo reflexionó mucho sobre lo que conversamos porque un tiempo después me mandó un largo e-mail. Lo leí y, por cierto, lo encontré tan interesante que (obviamente con el permiso de él) aquí lo transcribo en forma íntegra para edificación e ilustración de mis queridos lectores.

Léanlo con atención. Creo que vale la pena.

MI TERRIBLE INFANCIA

Querido Denes:

Creo que llegó la hora de sincerarme y por eso quiero compartir esto con vos. Tengo ya unos cuantos años y siempre creí que había tenido una infancia feliz. Pero, ahora que hemos conversado largamente el tema, he reflexionado mucho y me doy cuenta de que no fue así.

Tengo que confesarte la verdad, y la verdad es que crecí en el seno de una familia sexista con roles absolutamente definidos, donde mi papá salía a trabajar y mi mamá se encargaba de la casa y de nosotros (éramos 4 hermanos). En este arcaico y patriarcal ambiente, para describir el calvario que fue mi infancia, basta con relatar un día cualquiera.

Por la mañana temprano mamá me despertaba con un beso y me traía a la cama una chocolatada caliente. Jamás tuve la oportunidad de elegir qué quería tomar. Eso me perjudicó toda la vida. Todos los barman que conozco -y son unos cuántos- siempre tienen que esperar media hora hasta que por fin me decido por el trago que quiero tomar.

Luego de prepararme para el colegio, mamá me despedía con una suave caricia y un beso en la frente. Nunca supe cuál era la intención oculta detrás de esa actitud. En 20 años de terapia, tampoco logró dilucidarlo mi psicólogo. Cada vez que terminábamos una sesión él también me acariciaba suavemente la cara, me daba un beso en la frente y se me quedaba mirando con una sonrisa pícara en los labios. Pero yo nunca entendí el gesto y la cosa jamás prosperó.

Luego llegaba a la escuela, donde saludábamos a la bandera y cantábamos “el Aurora”. Un claro signo del chauvinismo retrógrado y autoritario en el que estábamos inmersos. Tardé veinte años en entender que el “altaenelcielo” que repetíamos como loros significaba simplemente que el águila guerrera estaba alta-en-el-cielo. Y tardé otros diez años más en enterarme que la canción era parte de una ópera escrita por Héctor Panizza. Lo mismo, claro, me pasó con Suvín hasta que aprendí que no se trataba de un héroe nacional. Pero ¿te das cuenta, Denes? Todos los benditos santos días forzaban nuestras infantiles y tiernas voces obligándonos a cantar ¡el aria de una ópera!

Cuando la maestra entraba a clase, teníamos que pararnos para saludarla. Imaginate la humillación. ¡Indescriptible! Pero lo que pasaba es que en esa escuela decimonona, sarmientina y enciclopédica nos exigían hasta extremos inhumanos imponiéndonos dictatorialmente los conocimientos que el Programa de Estudios exigía por fuerza de ley. Imagínate que lograron de nosotros, que finalmente escribiéramos: “huevo” en vez de “guebo”, “hacer” en vez de “aser”, “haber” en vez de “aver” y “a ver” en vez de “haver”; y Argentina en lugar de “Arjentina”. En resumen: un absoluto ataque a nuestra libertad de expresión y una deliberada y criminal destrucción de nuestra creatividad literaria.

Nosotros los más chicos nunca pudimos tomar la escuela. Los más grandes, a su vez, jamás pudieron tomar un colegio. Nosotros lo único que tomábamos era sopa. A veces los más grandes se tomaban un café y -muy a escondidas- alguna cerveza; pero, si tu viejo te agarraba con olor a alcohol o a pucho, te pegada tal soplamoco que te daba vuelta la cabeza. Una verdadera tortura.

A la vuelta del colegio mamá nos esperaba con un rico y abundante plato; como, por ejemplo, milanesas con puré. Lo que jamás me preguntó es qué deseaba yo para el almuerzo. Una clara muestra de su personalidad autoritaria. Todavía hoy me cuesta elegir algo del menú del restaurante. Nunca me dejaron elegir la comida. ¿Entendés los traumas que una cosa así te genera?

Por la tarde jugaba, tomaba la leche y hacía los deberes. ¡Los deberes! Un verdadero martirio inventado por la burocracia sindical docente para laburar menos y compensar robándole horas a la tarde de los chicos. ¿Para qué corno nos hacían ir a la escuela si de todos modos terminábamos teniendo que estudiar en casa? Tardé años en entenderlo. Al final lo conseguí gracias a los reclamos de Baradel y su patota.

A la noche llegaba papá de trabajar. Y para la cena era sagrado que todos estuviéramos sentados a la mesa, reunidos para comer y compartir nuestros comentarios sobre las cosas del día. Para colmo, al no haber celular, no teníamos más remedio que comunicarnos por medio de frases bien construidas y formuladas de tal modo que el otro las entendiera. Contar una miserable anécdota que había pasado en la escuela ya requería lo que hoy serían aptitudes avanzadas de oratoria, gramática y sintaxis.

Y los programas de TV…. ¡Ah, el televisor era todo un drama! Mamá ni en un estado de derrame de generosidad permisiva nos hubiera dejado pasar toda la tarde mirando televisión. Solo podíamos ver un programa por día (¡a lo sumo y únicamente si nos portábamos bien!). Para colmo, el programa en cuestión lo elegía ella. Jamás me dejaron ver mi serie favorita. Mamá siempre decía que esa serie era una reverenda idiotez norteamericana. Por otra parte no teníamos cable. Y no solo carecíamos de cable. ¡Ni NETFLIX teníamos!

Mientras fui pequeño había dos fechas clave que esperaba con ansiedad: Cumpleaños y Navidad. Ahí me llenaban de regalos. Recibí infinidad de autitos, pelotas y rifles de juguete. De este modo digitaron mis tendencias hacia lo masculino y no me dejaron chance alguna de elegir mi orientación sexual. Me inculcaron valores absurdos como el de respetar a las damas, dejarlas pasar primero por la puerta y cederles el asiento en el transporte público. ¿Por qué no entendieron lo de la igualdad de género?

Además, también me impusieron valores con los cuales resulta completamente imposible progresar en este mundo. Por ejemplo el culto a la responsabilidad y al sentido del deber con el que destruyeron todas mis ansias de libertad. O el mandato cultural de la honestidad. ¿Cómo se supone que uno puede triunfar en la vida con esos prejuicios y esa mentalidad?

Así y todo, te confieso que a veces extraño a mis viejos. Se llamaban Julio y Susana. Llegaron a la Argentina en Enero de 1950, después de haber huido de las bombas, el hambre y la desesperación de la Segunda Guerra Mundial. Llegaron con mi hermana mayor enferma y una maleta llena de ilusiones.

No sabían el idioma, no tenían oficio, no tenían plata, ni auto, ni casa, ni nada de nada. Pero no vivieron a costa del Estado. No hicieron piquetes ni marchas. Tampoco salieron a robar, traficar, ni matar a nadie.

Durante muchos años se dedicaron a una sola cosa: a laburar.

Ahora ya los dos descansan en paz, junto al Creador.

Discúlpame. A veces me cuesta entender algunas cosas.

Te mando un abrazo.

Gabriel

DENES MARTOS

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